Lo que empezó como uno de los momentos más virales de la nueva gira de Bad Bunny se ha convertido también en uno de los más polémicos. “La casita”, esa estructura inspirada en una casa caribeña donde el artista puertorriqueño sube a bailar y cantar rodeado de invitados durante parte del concierto, ya no genera conversación solo por la cercanía con el cantante o por las celebridades que aparecen sobre el escenario. En las últimas semanas, las redes sociales han empezado a fijarse en otro detalle: el perfil de las mujeres que consiguen entrar.
La escena se repite concierto tras concierto. Varias asistentes han explicado en redes cómo fueron seleccionadas por el staff mientras estaban en pista general. Poco a poco, todos esos relatos han terminado dibujando un patrón demasiado concreto como para parecer casual.
@guille_rubinoo Pd: era el que decidía quien entraba a la casita 🏠, pero lo intentamos #conciertobadbunny #badbunnyconcert #badbunnypr
Cómo seleccionan a las chicas de “La casita”
No basta con ser fan ni con saberse todas las canciones. Según cuentan muchas de las jóvenes que han logrado entrar, el equipo parece fijarse en una combinación muy específica de estética, actitud y presencia física. Varias asistentes coinciden en que no se busca proyectar la imagen de la fan “descontrolada”, sino una estética relajada, segura y perfectamente integrada en el imaginario visual del concierto.

Los relatos también repiten otros detalles: el staff suele acercarse a chicas situadas lejos de la primera fila, cerca de escaleras o zonas de paso, y en grupos pequeños. La actitud parece igual de importante que la imagen: bailar, disfrutar y mostrarse cómodas, pero sin sobresalir demasiado.
La polémica terminó abriendo una conversación mucho más profunda que la simple curiosidad por saber cómo entrar en la famosa casita. Porque detrás de todos esos testimonios empezó a aparecer una pregunta incómoda: ¿qué tipo de mujer encaja realmente en ese espacio?
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Los perfiles que aparecen sobre el escenario responden casi siempre a una misma estética: mujeres jóvenes, normativamente atractivas, con una imagen muy cuidada y una sensualidad concreta, pero controlada. El patrón parece alejarse deliberadamente de la imagen de la fan obsesionada o excesivamente efusiva. Lo importante no es demostrar fanatismo, sino encajar visualmente en la narrativa estética del espectáculo.
Cuando el cuerpo femenino se convierte en parte del show
Ahí es donde “La casita” deja de ser solo un momento divertido del concierto para convertirse en un reflejo bastante preciso de ciertos códigos culturales que siguen dominando el entretenimiento y las redes sociales. Porque aunque oficialmente se vende como una fiesta espontánea y abierta al público, la selección parece responder a un imaginario visual muy concreto: Cuerpos femeninos convertidos en parte de la escenografía.
La psicóloga especializada en violencia de género Miryam Al-Fawal explica que este tipo de dinámicas “refuerzan la cosificación cuando el cuerpo femenino deja de ser presencia y pasa a funcionar como reclamo visual”. Según señala, el problema no está en que una mujer quiera participar en el espectáculo, sino en que “la selección parezca depender de juventud, atractivo o ajuste a una estética determinada”.
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“Ahí la mujer no aparece como sujeto completo, sino como parte del decorado emocional y visual del evento”, añade. Para la experta, la cosificación no siempre se presenta de forma explícita o agresiva: “Muchas veces llega vestida de privilegio, de ser elegida o de vivir una experiencia exclusiva”.
La discusión resulta especialmente interesante porque Bad Bunny ha sido durante años uno de los artistas más celebrados por romper ciertos códigos tradicionales de masculinidad dentro del reguetón. El puertorriqueño ha construido buena parte de su identidad pública jugando con la moda, maquillándose, utilizando prendas asociadas históricamente a lo femenino y defendiendo públicamente causas feministas y LGTBIQ+.
Sin embargo, la dinámica alrededor de “La casita” ha reabierto un debate que acompaña desde hace tiempo a buena parte de la industria musical latina: Hasta qué punto la mujer sigue ocupando un lugar decorativo dentro del espectáculo.
La diferencia entre deseo y cosificación
La psicoterapeuta especializada en mujer Bárbara Zorrilla distingue entre preferencia personal y cosificación. “La preferencia tiene que ver con el gusto o la atracción, pero reconociendo a la otra persona en su conjunto”, explica. “La cosificación aparece cuando la persona deja de ser vista como sujeto y pasa a ser tratada solo como una imagen, un cuerpo o una función”.
Según Zorrilla, en dinámicas como las de “La casita” lo relevante no es tanto quiénes son las mujeres seleccionadas, sino lo que representan visualmente. “Cuando eliges únicamente el rasgo y conviertes a la persona en un medio decorativo, ahí desaparece parte de su identidad”.
La conversación se volvió todavía más incómoda cuando comenzaron a circular comentarios insultando a las chicas seleccionadas. Algunas fueron acusadas de no ser “verdaderas fans” y otras recibieron mensajes machistas cuestionando su físico o sugiriendo que estaban allí únicamente por su apariencia.

Para Miryam Al-Fawal, este fenómeno también está relacionado con las dinámicas de poder que existen dentro de la industria musical. “Cuando hay una diferencia tan grande de fama, dinero e influencia, el consentimiento social se vuelve más complejo”, explica. “Ser vista, seleccionada o subida a un espacio privilegiado puede vivirse como reconocimiento. Y eso puede dificultar que muchas mujeres identifiquen si participan libremente o si están siendo integradas en una lógica de exhibición”.
Zorrilla coincide en que existe una “coerción sutil” derivada del prestigio y la validación social que rodean al artista. “No se vive como una humillación directa, porque aparentemente se presenta como un regalo o un privilegio”, señala. “Pero al final se sigue filtrando a las mujeres por cuerpo, edad o estética”.
La presión de encajar en el canon
El debate alrededor de “La casita” también ha vuelto a poner sobre la mesa el peso que siguen teniendo los estándares de belleza dentro del entretenimiento. Porque las chicas que aparecen sobre el escenario responden casi siempre a una misma imagen: cuerpos jóvenes, delgados, sexualizados y perfectamente adaptados a la lógica visual de TikTok e Instagram.
“La industria del entretenimiento no solo vende música; vende aspiración, deseo e identidad”, explica Al-Fawal. “Y en ese paquete visual, los cuerpos femeninos suelen ocupar un lugar muy concreto”. Para Zorrilla, el problema va mucho más allá de un concierto. “La belleza funciona como una moneda social”, afirma. “Desde muy pequeñas, las mujeres aprendemos a autoevaluarnos y a sentir que parte de nuestro valor depende de encajar en determinados cánones”.
Esa lógica termina trasladándose también al público. Entrar en “La casita” ya no significa únicamente acercarse a Bad Bunny durante unos minutos. Significa ser vista, aparecer en vídeos virales y formar parte de la narrativa visual del artista latino más importante del momento.
Y quizá lo más inquietante no sea siquiera que exista ese filtro, sino la naturalidad con la que miles de chicas han aprendido a identificarlo, asumirlo e incluso adaptarse a él para intentar formar parte del espectáculo, aunque sea solo durante unos minutos.
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