Carmen Posadas lo explicó durante la rueda de prensa del Premio Planeta: La casa de los espíritus fue el libro que le hizo pensar que ella también podía ser escritora. Conserva aquel ejemplar subrayado, lleno de anotaciones. Su confesión permite comprender una parte del lugar que ocupa Isabel Allende en la literatura latinoamericana: la posibilidad de reconocerse en una autora, imaginar una carrera y encontrar lectores para historias que durante mucho tiempo habían recibido menos atención.
El premio a La hora antes del alba, que recupera a Alba y cierra el universo de su primera novela, invita a revisar esa influencia. Publicada en 1982, La casa de los espíritus convirtió a Allende en un fenómeno internacional. En sus páginas, Clara, Blanca y Alba intervienen en una historia familiar atravesada por las desigualdades, la violencia política y el poder de un patriarca. La experiencia de las mujeres organiza el relato y determina cómo se conserva la memoria.
Aquella aparición se produjo después del reconocimiento mundial de una generación identificada principalmente con García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Carlos Fuentes. El éxito de Allende amplió la presencia de las narradoras latinoamericanas en las librerías y acercó a un público masivo asuntos como la autonomía femenina, los abusos dentro de la familia y las consecuencias íntimas de la represión. Sus personajes aman, trabajan, se rebelan y toman decisiones bajo condiciones que limitan su libertad.
Las escritoras anteriores
Esa transformación tenía antecedentes fundamentales. Rosario Castellanos había abordado la condición femenina y las jerarquías sociales; Elena Garro publicó ‘Los recuerdos del porvenir’ en 1963; Elena Poniatowska construyó una obra atenta a las vidas y los testimonios que quedaban fuera de las versiones oficiales. Recordarlas permite situar a Allende dentro de una tradición extensa, con autoras que escribieron antes de que las editoriales y la crítica concedieran mayor espacio a las mujeres.
Con Allende, Ángeles Mastretta o Laura Esquivel, muchas lectoras encontraron novelas donde el matrimonio, el deseo, la maternidad y la dependencia económica tenían consecuencias históricas y políticas. ‘Arráncame la vida’ y ‘Como agua para chocolate’ contribuyeron también a esa ampliación del público. Sus protagonistas permiten examinar quién decide dentro de una casa, qué oportunidades tiene una mujer y cuánto cuesta desobedecer las expectativas familiares.
En Allende, la defensa de las mujeres se ha prolongado fuera de los libros. La fundación que creó en memoria de su hija Paula apoya proyectos para mujeres y niñas. Su compromiso público acompaña una narrativa en la que aparecen con frecuencia la solidaridad, el desplazamiento y la necesidad de reconstruir una vida después de la violencia.
Otras formas de contar
Las autoras latinoamericanas que hoy circulan internacionalmente han ampliado todavía más las posibilidades de esa tradición. Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Fernanda Melchor han alcanzado reconocimiento con propuestas muy distintas. El terror, la extrañeza y la violencia social ocupan sus libros, que exigen otras formas de leer los cuerpos, las relaciones familiares y el entorno. Las tres han figurado entre las candidatas al International Booker, una muestra de su circulación en traducción.
Agruparlas bajo la etiqueta de un nuevo “boom femenino” facilita su promoción, pero puede ocultar diferencias decisivas. Comparten un espacio editorial que sigue ampliándose; sus estilos, intereses y posiciones no son intercambiables. Tampoco necesitan escribir sobre personajes ejemplares. La libertad conquistada incluye crear mujeres crueles, contradictorias, ambiciosas o incapaces de cuidar a otros, y explorar experiencias que incomodan a sus propios lectores.
Allende mantiene su lugar en esa conversación desde una literatura de gran alcance popular. En Barcelona explicó que el presente político había influido en su regreso a Alba y advirtió contra la idealización de los dirigentes autoritarios. También defendió los libros como una vía para acercarse a personas cuyas ideas normalmente evitaríamos escuchar.
La frase de Posadas resume un efecto difícil de medir con premios o ventas: leer a otra mujer puede cambiar lo que una lectora cree posible para sí misma. Décadas después, esa experiencia continúa multiplicándose entre autoras, traductoras, editoras y lectoras. El reconocimiento de Allende permite observar cuánto ha cambiado el acceso de las mujeres a la publicación y al reconocimiento, y recordar a quienes escribieron antes y apenas encontraron atención.

