Gabrielle está satisfecha con su vida. Le apasiona su trabajo como cirujana, ha decidido no tener hijos y mantiene relaciones que la hacen sentirse acompañada. Tiene responsabilidades, conflictos y días difíciles, pero se reconoce en las decisiones que ha tomado. Esa satisfacción provoca más preguntas de las que debería. A su alrededor hay quien busca una renuncia, una frustración, algo que haya perdido por dedicarse a su profesión. Léa Drucker, que la interpreta en La vida de una mujer’, no encuentra ese sacrificio: “Cuando veo a esta mujer trabajando en el hospital, en la relación con su mejor amigo o incluso con su marido, no veo dónde ha sacrificado algo”.
La película de Charline Bourgeois-Tacquet se detiene en una mujer de cincuenta y tantos años que todavía tiene mucho por descubrir. El trabajo ocupa un lugar central en su existencia. También el amor, la amistad y una sexualidad que no ha quedado suspendida por la edad. Su encuentro con Frida altera un ritmo que parecía bien establecido y deja a la vista una torpeza que contrasta con la seguridad con la que se mueve en el hospital. La misma mujer que sabe qué hacer en un quirófano puede sentir miedo en la intimidad. Su competencia profesional convive con esa vulnerabilidad sin que una invalide a la otra.

La directora llegó a Gabrielle después de perder a su madre, que murió aproximadamente a la edad de la protagonista tras casi una década de enfermedad. Imaginarla fue una forma de responder a aquella pérdida. “Necesitaba pensar en una mujer de esa misma edad, de cincuenta y pico, que tuviese una vida estupenda”, explica a Artículo14. A su alrededor encontraba amigas mayores, con vidas ricas, que le permitían imaginar ese destino. Quería pasar tiempo con una mujer dueña de sus decisiones y explorar cuanto seguía abierto en su existencia. De ese deseo surgió un personaje antes que una trama.
La elección de no ser madre ocupa una parte importante de la conversación. En Gabrielle no aparece como una herida a la espera de una explicación. Los vínculos con sus compañeros, con las personas más jóvenes a las que forma, con su sobrino o con los hijos de su marido componen una vida afectiva que le basta. Las dudas llegan desde fuera. La propia madre de la protagonista expresa unas expectativas que la película permite examinar: por qué cuesta tanto aceptar que una mujer pueda sentirse realizada sin tener descendencia y por qué su satisfacción parece necesitar el visto bueno de los demás.
En ese contexto aparece la negativa del personaje a considerarse una víctima de sus decisiones o de su condición de mujer. Drucker la interpreta desde la vitalidad: Gabrielle ha construido una manera de vivir en la que se siente completa. Eso no la protege del dolor ni le permite anticiparlo todo. La enfermedad de su madre y el encuentro amoroso abren espacios en los que su capacidad para organizar, resolver y hacerse cargo resulta insuficiente. Bourgeois-Tacquet quería observarla precisamente ahí, cuando deja de saber cómo comportarse y afloran la timidez, la fragilidad o el desconcierto.

La conversación entre la actriz y la cineasta vuelve con frecuencia a esa posibilidad de mostrar una experiencia reconocible. Hablan del cuerpo de las mujeres maduras, del pudor que acompaña al rodaje de una escena íntima y de la confianza necesaria para hacerlo. Drucker celebra que el cine pueda ampliar la mirada de quienes lo ven. También cuestiona una convención muy arraigada: esas primeras relaciones sexuales en pantalla en las que todos parecen saberlo todo y nadie se siente incómodo. Para ella, el interés está en lo que ese encuentro cuenta de una mujer concreta, en ese momento de su vida.
Antes de interpretar a Gabrielle, la actriz entró en un quirófano con miedo a desmayarse. La directora ya había pasado semanas en el hospital para escribir el guion y había llegado a plantearse un documental sobre aquel servicio de cirugía. La observación del trabajo médico ayudó a Drucker a ganar seguridad. La película debía hacer creíble esa pasión profesional para poder explorar después todo aquello que se le escapa. Entre el hospital, los vínculos familiares y el deseo, ambas construyen el retrato de una mujer que disfruta de sus elecciones y sigue expuesta a las sorpresas de estar viva.
Charline, la película nació después de la muerte de su madre, que tenía aproximadamente la edad de Gabrielle. ¿Qué necesitaba explorar a través de este personaje?
Charline Bourgeois-Tacquet: Sobre todo, necesitaba tomarme una pequeña revancha respecto al destino de mi madre. Falleció muy joven, después de pasar casi diez años peleando contra la enfermedad. Yo necesitaba pensar en una mujer de esa misma edad, de cincuenta y pico, que tuviese una vida estupenda.
Tengo muchas amigas a mi alrededor que ahora tienen más bien sesenta y tantos y llevan unas vidas muy ricas. Quería pasar tiempo con una mujer que estuviese en esa fase, que tuviese una vida estupenda, que estuviese en posesión de todos sus medios y que hubiese tomado decisiones para construir una vida que le conviniese, de la que estuviera satisfecha. Esa fue la idea inicial.
Después estaba también el deseo de representar la vida amorosa y erótica de una mujer: la seducción, su sexualidad, esa esfera de su existencia. Quería hacer un retrato complejo, un poco contradictorio. Había distintos deseos ligados a un personaje, más que a una historia o a un tema.
A partir de cierta edad, la vida de las mujeres suele aparecer empequeñecida en la ficción. ¿Quería mostrar que aún puede sorprenderlas?
Charline Bourgeois-Tacquet. Quería mostrar que una mujer puede tener una vida envidiable para los espectadores y las espectadoras. Me interesaba representar todo lo que sigue vivo, lleno de vibración y de intensidad. Y eso tiene que ver con el amor, pero también con la parte profesional, con el hecho de que su trabajo le apasiona.
Me parece que el trabajo es algo que estructura mucho la vida, tanto para un hombre como para una mujer. Esa dimensión me interesaba especialmente: todo lo que tiene que ver con la vitalidad, con esas vibraciones.

Léa, su personaje rechaza ser una víctima de sus decisiones. Ha elegido su profesión y no tener hijos. ¿Por qué tendemos a interpretar las elecciones de las mujeres como sacrificios?
Léa Drucker. Yo no tengo la sensación de que para esta mujer sea un sacrificio. Tengo la impresión de que es una cuestión de vitalidad. Se toma la libertad de construir su sistema de vida, un sistema en el que se siente bien, en el que se siente completa.
Cuando la veo trabajando en el hospital, en su relación con su mejor amigo o incluso con su marido, no veo dónde ha sacrificado algo. Los otros sí le ponen esa etiqueta. Le dicen que quizá ha escogido algo que no es tan sencillo para ella. Pero esa es la interpretación de esas personas. Ella está donde quiere estar, donde quería estar.
Eso no impide que vaya a quedar desestabilizada por el encuentro inesperado con Frida. Ese encuentro puede cambiar su percepción del tiempo, su relación con el tiempo. Hay ámbitos que no controla. Esa mujer tan estupenda, que parece poder hacerlo todo, no es capaz de hacerlo todo.
No puede controlar la enfermedad de su madre ni ese sentimiento que la mueve desde dentro y cambia el sistema que había establecido. Me gusta representar a una mujer que tiene la sensación de controlarlo todo y descubrir que hay cosas en la vida que no se pueden controlar. Eso es lo que nos hace humanos.
Gabrielle tampoco parece sentir que le falte algo por no tener hijos. ¿Qué importancia tiene mostrar esa decisión sin asociarla a una frustración?
Léa Drucker. Cuando vemos a Gabrielle, no tenemos la sensación de que le falte algo. No tenemos la sensación de que sufra por no tener un hijo. Hay una o dos personas en su entorno, sobre todo su madre, que es un poco de la vieja escuela, que vuelven constantemente sobre ello. Pero podríamos plantearle a la madre esta pregunta: ¿por qué piensa que una vida no puede ser un éxito si no te reproduces?
Gabrielle tiene una relación de transmisión con mucha gente en el hospital, con sus internos, con su equipo. También con su sobrino y con los hijos de su marido. Se relaciona con gente más joven, comparte cosas con ellos. Eso circula y a ella le basta.
Charline, Gabrielle parece haber organizado su identidad alrededor del control. ¿Qué ocurre cuando el amor o la enfermedad de su madre ponen en cuestión esa seguridad?
Charline Bourgeois-Tacquet. Yo no diría que tenga que reconstruir su identidad. Diría que abre una puerta en su vida, en su personalidad, en su experiencia. No creo que tenga que cambiar completamente ni que se reinvente.
Léa lo decía antes: hay algo de ella que empieza a expresarse, que hasta ahora no se había expresado y que encuentra la ocasión de hacerlo. Como en toda historia de amor, hay una pérdida de control. Lo que me interesaba de su historia con Frida era poder ver a Gabrielle en una situación de fragilidad, de torpeza, de timidez.
Tenía ganas de llevarla ahí, de sacarla de ese ámbito en el que sabe hacer las cosas, en el que lo controla todo. Probablemente también puede pesar saber hacerlo todo. A veces puedes relajarte cuando algo no se te da bien, cuando te abandonas.
Con su madre ocurre también. Todos hemos tenido alguna experiencia de ese tipo, alguna desgracia, algo duro, de una forma u otra. Es, por excelencia, el momento en el que ya no controlas, en el que padeces lo que sucede.
Léa, los cuerpos de las mujeres maduras siguen teniendo poca presencia en las escenas de deseo. ¿Cómo vivió el rodaje de las escenas íntimas?*
Léa Drucker. Por eso estoy encantada de haber hecho esas escenas. El cine participa en esa modificación de la mirada, modifica o amplía nuestra conciencia. A mí siempre me ha despertado, me ha hecho pensar, me ha ayudado a avanzar en mis reflexiones personales sobre la vida, la sociedad y mi relación con el mundo como espectadora.
Como actriz, cuando me dan la oportunidad de interpretar escenas así, aunque soy tímida con estas cosas, encuentro un lugar de mucha felicidad. Evidentemente, hay que tener confianza en tus compañeros, en la puesta en escena y en cómo se nos va a observar. Pero poder contar el amor a esa edad, y además de esta manera, me llena de entusiasmo.
No creo ser pionera. Ha habido otras, aunque no muchas, y normalmente es algo marginal. Me parece bello en el sentido de que te conmueve. Tiene que ser algo universal, que pueda conmover a todo el mundo.
¿Qué necesitaba contar esa intimidad de Gabrielle?
Léa Drucker. La pregunta es qué estamos contando en una escena de amor. Para esta mujer, que tiene cincuenta y tantos años, es la primera vez de un encuentro de este tipo. Eso es lo que hace que la escena cuente algo, que tenga sentido. Me parece importante hacerlo, aunque siempre da un poquito de miedo.
Es muy segura en el quirófano y, sin embargo, se muestra vulnerable en la intimidad. ¿Le interesaba ese contraste?
Léa Drucker. Sí, eso también fue lo que me gustó de lo que hicimos juntas. Muchas veces hemos visto en el cine escenas de personas que hacen el amor por primera vez y parecen todos atletas, todo el mundo se siente comodísimo. Pero todo el mundo no es así. Las cosas se pueden contar de mil formas distintas.
Para preparar el personaje se acercaron al trabajo de una cirujana. ¿Cómo fue esa experiencia?*
Charline Bourgeois-Tacquet. Fui al hospital para escribir el guion y me quedé varias semanas. Estaba apasionada por aquello. Como después tuve que esperar un año a Léa para poder rodar la película, pensé en hacer un documental en ese servicio de cirugía mientras la esperaba.
Léa Drucker. Charline me propuso ir a ver a la cirujana para prepararme y reunirme con ella. Tenía ganas, pero también mucho miedo de entrar en un quirófano. Lo hice de todos modos: entré, estuve con ella y la seguí para ver de verdad, físicamente, lo que significa ese trabajo. Fue interesante porque me ayudó a sentir que podía interpretar a una cirujana en una película. Me dio confianza, me sentía más segura.

