Una serie. El castillo. A mí no me gustó Adolescencia. Me pareció una serie tramposa con personajes histriónicos y poco realistas, que, por ende, generaron lecturas desmesuras. “Deberían verla en todos los institutos”, clamaban voces bienpensantes a las que nunca entendí. ¿Por qué debían someter a los chavales a tantos prejuicios sobre la supuesta maldad construida por el uso de redes sociales? ¿Deberían haberse prohibido las catanas cuando un menor atacó a sus familiares con una? En fin… Sin embargo, les compro ahora el mensaje. Deben ver El Castillo. Por descontado los adultos, pero sobre todo nuestros adolescentes y jóvenes. Para que aquellos con visos de convertirse en futuros puteros descubran la realidad que no ven o analiza de la prostitución. La vejación, el maltrato y la explotación laboral a las que someten a cientos de miles de mujer.
El castillo nos lo muestra desde la visión de una mujer y su proxeneta. Un excelso Raúl Arévalo, que no está solo. Es parte de un circuito de hombres que se lucran usando el cuerpo de mujeres como mercancía sexual, con una ‘mami’ cómplice de una telaraña que apenas consigue desmadejar la policía novata. A finales de los noventa y principios de 2000, en España la trata aún no es delito. Y la justicia no está a la altura, como también se refleja en esta serie de seis capítulos redondos. Veréis como llegan a olvidar que la víctima es Claudia, una joven colombiana que necesita dinero urgente para enviar a su país; su hijo pequeño está gravemente enfermo. Será uno de los numerosos peajes que le tocará asumir. Su libertad, otro. ¿Cómo logran escapar de algo así y rehacerse? ¿Es posible? De todo eso también trata esta serie imperdible, en Movistar.
Un libro. No contaban las ondas, de Laurandrea Torres Martínez. Un libro sobre la pérdida y el vacío que deja la violencia machista. El cráter, en palabras de la autora, que deja el asesino que solo tienen un objetivo -matar a su novia, a su mujer o su ex- como el que tira la piedra y esconde la mano, sin ser consciente de las ondas que deja.
“Hice la cuenta hacia atrás con los dedos de la mano izquierda. Yo también llevaba días sin saber de ti y lo último que me habías contado era que ibas a pasar el fin de semana con Fernando a las afueras de Bogotá”.
Pero la hija, la hermana, la amiga no volvió. Lo cuenta Eliana, que compartió infancia con la víctima. A la que interpela con suavidad, recordando lo que una y otra y otros no vieron venir. Y la que decide evitarle los detalles de cómo fue su crimen y qué hizo con ella su asesino que, por supuesto, lo intentó tapar. En No contaban las ondas, Torres aborda desde la ficción un realidad dura y cruenta. Una delicada ópera prima en Las Afueras.
Un descubrimiento. Tesis, otra ópera prima. La que encumbró a Alejandro Amenábar. Si no naciste en los noventa ni viviste el boom de Tesis sí o sí deberías apuntarte esta peli en tareas pendientes. La protagonista es Ángela, estudiante de Imagen que está preparando una tesis sobre la violencia audiovisual y acaba torturada ante la cámara de una snuff movie. Con un mensaje aún vigente treinta años después de su estreno: ¿por qué miramos?


