Miranda K, la protagonista de la última novela de Paula Klein (Buenos Aires, 1986), se pregunta qué clase de mujer es tras descubrir que ha pasado un tercio de su vida con un estafador sentimental y profesional. Un periodista, y de los buenos… en teoría –“En teoría, funciona hasta el comunismo” (Homer Simpson) –. Uno de los que abandonan. El amor inventado (Lumen, 2026), galardonada con el premio que concede la citada editorial, es una ficción que se sustenta sobre una sólida investigación, por la que circulan unos personajes muy bien construidos y que se lee con un magnetismo incómodo, con un estupor como cotidiano: el eco de la historia nos suena, vivimos en tiempos de estafadores y de estafadas exentas de sororidad. El libro lo abre Thoreau: “Lo que un hombre piensa de sí mismo es lo que determina o indica su destino”. Casi ná. Arrancamos la conversación tirando de ese hilo.

P: Paula, ¿qué piensa usted de sí misma?
R: Que soy una persona muy privilegiada porque mi libro se ha leído como quería que se leyera. Comparto con la protagonista, Miranda, ese sentimiento de: “Todo está yendo demasiado bien. ¿En qué momento la vida me va a pegar la cachetada, me voy a despertar?”. Creo que es un pensamiento que tenemos todos cuando tenemos una buena vida. Tienes familia, salud, trabajo…, y te preguntas en qué momento van a cambiar las cartas. Además, soy una gran fabuladora. Como a la mayor parte de los escritores, me gusta el storytelling, embellecer la realidad.
P: ¿Hasta qué punto eso ha determinado o indicado su destino?
R: Supongo que mucho. Debí ser un coñazo de chica. Mi papá decía que estaba siempre recitando, montando piezas de teatro, escribiendo…, era la que hacía los discursos escolares…, todo lo que había que hacer por escrito y que tuviera que ver con fabular un poco me lo encargaban a mí y me encantaba ese rol. Después, la verdad es que nunca me imaginé que iba a tener la suerte de vivir de lo que me gusta, que es leer. Soy profesora de literatura en la universidad, tengo un trabajo que me encanta y que consiste en transmitir lo que leo y hablar de literatura con gente que tiene ganas de estar hablando de eso. Bueno, la mayoría (risas), pero todavía hay algunos con vocación. Por otro lado, uno escribe novelas o filma películas porque el tema te interpela. Creo que si me interpelan tanto los impostores y los falsificadores es porque, claramente, siento que hay algo de eso en mí, y en todos los escritores, en el sentido de que todos tenemos autorización para mentir porque estamos bajo el pacto ficcional, pero, ¿hasta qué punto esas ficciones las vas trasladando a otros ámbitos?
P: ¿La mentira es un arte?
R: ¡Por supuesto! Volví a leer muchas teorías y cuestiones sobre la mentira, pero había una que me gustaba mucho: la idea de mentiras nobles de Voltaire. Mentiras que decimos para hacer el bien.

P: ¿Mentiras piadosas?
R: Me gustó más lo de mentira noble: “Hago el mal para hacer el bien”. Estaba leyendo sobre De Gaulle y el mito de París liberada por los franceses. Había que crear una mentira que permitiera al pueblo, en cierto momento, decir: “Tenemos coraje, podemos vencer al enemigo”. Es importante, a veces, mantener un mito, ciertas ficciones, para ir a donde tienes que ir. Al bien, a un lugar positivo. Por otro lado, la mentira puede servir en circunstancias muy cortas, pero si se prolonga en el tiempo, su poder es letal. Para el amor y para la democracia.
P: Sabina canta en “Es mentira”: “Menos piadosas que las del corazón / son las mentiras de la diosa razón”. En Charles, convergen ambos tipos.
R: Para este personaje, me inspiré en muchos casos que generaron escándalos y sacudieron medios muy prestigiosos. Periodistas que tenían una carrera muy importante en la investigación y, en algún momento, explota el escándalo y se revela que ficcionalizaban todo. Decían que iban, que entrevistaban, y contaban una historia redonda. Me gustó mucho eso. Dice cosas sobre todos. ¿Hasta qué punto el editor no se da cuenta de que lo que le manda un periodista está agujereado de mentiras?
P: Uno de los popes del diario Pueblo decía: “No dejes que la verdad te estropee un buen reportaje”.
R: Me encanta. Henry Louis Mencken, que creó una escuela de periodismo americana, decía que los periodistas tenían que escribir como guionistas de Hollywood. Hay varias escuelas de periodismo, y el periodismo va evolucionando, pero modifica nuestra relación con la realidad. Si empezamos a pensar que la ficción se puede filtrar en el periodismo…
P: A la manera de Charles, ¿vivimos tiempos de excesiva adicción a los “hechos alternativos”? Los consumidores de información, ¿son yonquis de los “hechos alternativos”?
R: Charles produce “hechos alternativos” al punto de que engaña a todos, pero él no se los cree. Le fascinan los periodistas narrativos que usaban falsas identidades para hacer periodismo gonzo o de inmersión. Periodistas que llegaban a la mentira para llegar a la verdad. No es lo que él hace: él produce mentiras. Como lectores, claro, si vos lo que querés es la historia redonda…, y lo que el lector quiere es la historia redonda. Querés blanco y negro, los buenos y los malos. Un mundo dicotómico, simple. Y si te confirman tus convicciones, ¡genial, compro el diario! ¡Pago el abono! Pero si la historia te muestra que la realidad es complicada, que es difícil de entender, no nos gusta. Nos gusta lo blanco y lo negro. Y creo que sí, que tenemos un problemón con lo de consumir historias redondas y descreer de periodistas serios. Sobre todo, la gente que sólo se informa con redes sociales. Estamos bajo el asedio de los troles de Rusia, que te alimentan con cualquier bazofia. Por eso me parecía tan peligroso cómo las mentiras de estos periodistas que pertenecían a los grandes medios socavan la credibilidad de la prensa y son muy peligrosos para la democracia.
P: ¿Qué clase de mujer es Miranda K, quien vivió más de un tercio de su vida con un mentiroso?
R: Esa es la pregunta inicial. Al principio, no sabía cómo iba a contar esta novela ni sabía qué quería hacer. Pensé en darle la voz al falsificador, pero era difícil meterte en la cabeza de alguien así. Después, dije: “Pará, esto pasó con Strauss-Kahn. No sólo con periodistas impostores: estamos rodeados de casos de hombres que mentían. Hombres con mujeres al lado. Mujeres profesionales, exitosas, buenísimas en lo que hacían”. ¿Qué le pasa a la mujer que, de la noche a la mañana, se da cuenta de que no quiso ver o no pudo ver? ¿Qué pasa cuando compruebas que lo que vos creías que era cierto no lo es? ¿Qué dice de vos? ¿Cómo hacés para vivir tantos años sin ver algo tan mayúsculo?

P: Estas mujeres, ¿comparten máximo común divisor?
R: No creo que haya un caso tipo. Leí la biografía de la mujer de Strauss-Kahn y me hice pasar por una mujer víctima de estafa sentimental para investigar en sitios de estafas amorosas, en los que tanto hombres como mujeres eran engañados, y los perfiles eran completamente diversos. También me metí con casos que se volvieron muy virales, como la diseñadora que se dejó embaucar por un falso Brad Pitt. En Francia circuló un montón y todos los periodistas se burlaron. La mujer estuvo al borde del suicidio no tanto por la plata que perdió, sino por todo el escarnio social. Fue tratada como idiota por toda la prensa. Me gustó esa reflexión: al final, nos reímos de la gente que es ingenua, pero si estás enamorado, ¿no te puede pasar que no veas cosas que tendrías que haber visto? El amor es eso también: aceptar ficciones y querer taparte los ojos.
P: “Las engañadas –dice Miranda– somos un universo aparte, las ovejas negras de la familia de las víctimas”.
R: Fuiste violada, tuviste un abuso sexual…, no sé, y hay “yo te creo hermana”, “estamos ahí”, sororidad. Pero, si te engaña un falso Brad Pitt, hay “¿estás tarada?”. No hay sororidad.
P: Eres idiota.
R: Sos idiota. Sin embargo, por ahí pasa un montón de cosas que hacen que un ser humano sea más crédulo y más sensible. Miranda, por su propia profesión, porque estudió periodismo y hace cine, se supone que está entrenada para estar con alguien que le miente, y ella no lo vio. De alguna manera, ella se siente hermanada con ese círculo de parias. Dentro del grupo de las mujeres víctimas, son las ovejas negras. Nadie tiene compasión o empatía. Al revés: la usás como chivo expiatorio.

P: En la novela también hay una reflexión sobre la maternidad en las mujeres profesionales.
R: Miranda tiene a la hija en un momento en que su carrera podría estar despegando. Eso le pasa a un montón de mujeres. Aplazas la maternidad, decides tener un hijo, pero te agarra mal…, como nos agarra a todos mal. Entonces, es una mujer que vive un poco mal ese tener que postergar su carrera para ocuparse de su hija. Al mismo tiempo, tiene una hija que es durísima con ella, que prefiere claramente al padre, que tiene una relación hermosa con el padre… Una hija que la confronta a todo lo bueno y lo malo del marido, porque Emma es espejo de los dos, pero tiene mucho del padre. Le lleva a plantearse: “Esta es mi hija, también puede ser una fabuladora, estar mintiéndome. Al mismo tiempo, es una pobre nena abandonada a la que hay que mentir para protegerla”.
P: Escribe: “Después de alguna discusión, cuando me asegura que ya no me quiere y le digo que no importa porque yo voy a quererla siempre, me pregunto si existen padres que dejan de amar a sus hijos”. Es una pregunta tan legítima y tan terrible a la vez…
R: Sí. Imaginá que tienes un hijo asesino o violador. Son casos muy extremos. Es contraintuitivo pensar que la vida te va a llevar a dejar de querer a un hijo. Sin embargo, hay tantas relaciones entre padres e hijos que se rompen por la ira o por cosas graves…

