Literatura

Thélyson Orélien y el Goncourt: ¿cómo se demuestra que una novela está escrita por IA?

La expulsión de una de las novelas revelación de la temporada de la carrera por el Goncourt, tras las sospechas de uso de IA y la aparición de plagios en textos anteriores de su autor, abre una incómoda pregunta para la industria editorial: cómo demostrar quién ha escrito realmente un libro

Thélyson Orélien y el Goncourt: ¿cómo se demuestra que una novela está escrita por IA?
Thélyson Orélien y el Goncourt: ¿cómo se demuestra que una novela está escrita por IA?
Montaje: kiloycuarto

Hace apenas unas semanas, C’était ça ou mourir (Era eso o morir) se había convertido en una de las grandes historias de éxito de la rentrée literaria francesa. Publicada en Francia el 19 de agosto por Éditions Grasset, la primera novela del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien había superado los 35.000 ejemplares vendidos, despertado una notable atención crítica y conquistado el Prix du Roman Fnac 2026.

Entonces, en cuestión de días, el relato cambió por completo. El 21 de septiembre, una cuenta de X hasta entonces poco conocida publicó los resultados obtenidos al introducir fragmentos del libro en Pangram, un detector de textos generados mediante inteligencia artificial. Cuatro días después, la Académie Goncourt eliminó la novela de su primera selección. Lo que había comenzado como un triunfo editorial se convirtió en uno de los grandes escándalos literarios del año y planteó una pregunta incómoda: ¿puede un algoritmo acabar con la candidatura de un libro al premio literario más prestigioso de Francia?

La polémica avanzó a una velocidad extraordinaria. El mismo 21 de septiembre en que Orélien recibió el Premio Fnac, la cuenta «Balance ton Claude» aseguró que Pangram identificaba buena parte de la novela como texto generado por inteligencia artificial. Días después, el ensayista y columnista Samuel Fitoussi afirmó formar parte del proyecto colectivo responsable de la cuenta, gestionado junto a otras personas cuya identidad no reveló.

A las sospechas sobre el uso de IA se sumó poco después otro problema, distinto pero igualmente grave. La Presse y Radio-Canada documentaron pasajes de textos publicados por Orélien en 2012 y 2013 que reproducían o traducían materiales de otros autores. Una columna aparecida en La Presse resultó ser, según el propio periódico, casi por completo una traducción ligeramente modificada de un artículo de The Philippine Star, mientras que otro texto contenía fragmentos procedentes de Le Matin des magiciens, de Louis Pauwels y Jacques Bergier.

Orélien ha negado haber utilizado inteligencia artificial para escribir C’était ça ou mourir y ha denunciado tanto ataques racistas como una voluntad de «hacerle callar». Sus editores canadienses respaldaron inicialmente la autenticidad del manuscrito, aunque suspendieron temporalmente parte de su actividad promocional mientras continuaba la controversia.

Conviene, por tanto, separar los dos asuntos. Los plagios afectan a trabajos anteriores y han sido documentados por medios canadienses; el supuesto uso de IA en la novela sigue siendo una acusación cuya demostración técnica continúa siendo objeto de debate.

Thélyson Orélien - Cultura
Montaje con una fotografía de la novela y otra del autor.
Artículo14

Ahí se encuentra el verdadero núcleo del caso.

Herramientas como Pangram no descubren una firma invisible de ChatGPT ni una marca de agua escondida entre las palabras. Funcionan como sistemas de clasificación entrenados con grandes cantidades de textos humanos y artificiales e intentan reconocer patrones asociados a unos y otros: estilo, sintaxis, elección léxica, estructura, coherencia o previsibilidad. El propio funcionamiento interno de estos modelos es, en buena medida, opaco.

Eso significa que el resultado es probabilístico, no una prueba material equivalente a encontrar un texto copiado palabra por palabra.

«Nunca se puede confiar al 100 % en un detector de IA», explica la investigadora Amélie Raoul, doctoranda en inteligencia artificial en la Universidad de Montpellier, a Science & Vie. Un texto especialmente regular, limpio y controlado puede aumentar las sospechas del sistema sin que eso demuestre necesariamente que haya sido generado por una máquina. Raoul advierte también contra la tentación de interpretar numerosos capítulos señalados por el mismo detector como pruebas independientes: si todos proceden de un mismo autor y comparten estilo, sus resultados estarán necesariamente relacionados.

También existe la posibilidad de los falsos positivos. Investigadores y especialistas consultados por distintos medios han advertido de que los detectores pueden comportarse peor ante tipos de prosa poco representados en sus datos de entrenamiento o ante personas que escriben en registros alejados del estándar dominante. La propia documentación de Pangram reconoce que su rendimiento mejora cuando el tipo de texto está bien representado entre los datos con los que fue entrenado.

Este aspecto ha adquirido una dimensión particular en el caso de Orélien. El autor ha defendido que su francés está atravesado por el criollo haitiano y por otras tradiciones lingüísticas y orales. Algunos comentaristas han sugerido que esas particularidades podrían influir en la clasificación automática. Sin embargo, tampoco existe actualmente una prueba que permita afirmar que ese sea el motivo por el que Pangram marcó la novela: otros especialistas han advertido de que los estudios sobre sesgos lingüísticos realizados con otros detectores no permiten extrapolar automáticamente esa conclusión a este caso concreto.

Captura del análisis de Pangram de
Captura del análisis de Pangram de ‘C’etait ça ou mourir’.
X: @Pangramed

¿Por qué actuó entonces la Académie Goncourt?

La institución dejó claro en su comunicado del 25 de septiembre que no se había basado únicamente en el resultado de un solo programa. Citó los plagios anteriores y «el resultado convergente de varios análisis de investigadores y periodistas dignos de confianza» para concluir que C’était ça ou mourir era, «con toda probabilidad», en gran medida producto de una inteligencia artificial.

La Academia justificó posteriormente su decisión por la necesidad de preservar la integridad del premio y reafirmó su oposición a los textos creados con asistencia de inteligencia artificial.

Pero su actuación abre, al mismo tiempo, una dificultad difícil de ignorar. La institución habla de varios análisis convergentes, pero no ha hecho pública una metodología completa y reproducible que permita determinar exactamente qué pruebas considera suficientes. Y cuando lo que está en juego es la legitimidad autoral de un escritor, la diferencia entre un indicio muy sólido y una prueba concluyente importa.

El caso Orélien introduce así un problema nuevo para la industria editorial.

Hasta ahora, buena parte del debate en torno a la literatura y la inteligencia artificial se concentraba en preguntas éticas: ¿puede competir por un premio una obra creada con ayuda de un modelo generativo? ¿Debe el escritor declararlo? ¿En qué momento la asistencia tecnológica deja de ser una herramienta y empieza a sustituir al autor?

Ahora aparece una pregunta mucho más práctica: ¿cómo se comprueba?

No existe actualmente un estándar universal para verificar la autoría humana de un manuscrito. Si las sospechas se vuelven habituales, las editoriales y los premios podrían verse obligados a valorar otros indicios: borradores, historiales de versiones, documentos de trabajo o cláusulas contractuales en las que el autor declare qué herramientas ha utilizado. No significa que estas prácticas se hayan convertido ya en norma, pero el caso francés muestra por qué el sector tendrá que decidir qué considera una prueba aceptable.

También tendrá que definir algo todavía más básico: qué significa exactamente «usar IA» para escribir un libro.

No es lo mismo pedir a un modelo generativo que produzca capítulos enteros que emplearlo para corregir una frase, traducir un fragmento, ordenar documentación o encontrar alternativas léxicas. Entre la autoría completamente automatizada y el procesador de textos tradicional existe ya una enorme zona gris.

Si los premios literarios quieren establecer límites, deberán precisar dónde los sitúan. De lo contrario, la categoría «escrito con IA» corre el riesgo de agrupar prácticas creativas radicalmente distintas.

Pese a su eliminación de la carrera por el Goncourt, C’était ça ou mourir no ha desaparecido de las librerías. Para cuando estalló el escándalo, ya había vendido alrededor de 35.000 ejemplares y su traducción estaba prevista en más de veinte lenguas. La propia polémica ha convertido además la novela en objeto de un debate que excede ampliamente su argumento sobre el viaje de un migrante haitiano a través de América.

El precedente, en cualquier caso, ya existe. Una de las principales instituciones literarias francesas ha retirado una novela de su selección basándose en una combinación de antecedentes de plagio y análisis que considera suficientes para sospechar de una importante intervención de inteligencia artificial, mientras los expertos siguen discutiendo hasta qué punto esas herramientas permiten establecer la autoría con certeza.

Durante años, la literatura se preguntó qué ocurriría cuando las máquinas aprendieran a escribir ficción convincente. El caso de Thélyson Orélien plantea una posibilidad quizá todavía más incómoda: qué ocurre cuando empezamos a tener dificultades para demostrar quién ha escrito lo que estamos leyendo.