Hay trayectorias que desafían cualquier guion previsto. La de la sargento primero Noemí Collantes comenzó entre barras de ballet y zapatillas de danza, continuó junto a autoridades a las que protegió durante once años como escolta y hoy transcurre entre precedencias, banderas y actos institucionales. Su carrera es el relato de una vocación que cambió de forma sin perder nunca la disciplina, la observación y la búsqueda constante de la excelencia.
¿Cómo explicaría su trabajo a alguien que cree que consiste únicamente en colocar sillas?
Que el protocolo va mucho más allá. Claro que también incluye la colocación de autoridades y el respeto al orden jerárquico, pero es mucho más que eso. El protocolo acompaña la imagen de una institución, ayuda a conservar sus costumbres y tradiciones y, sobre todo, facilita que todo funcione correctamente.
¿Por qué se habla tanto de “romper el protocolo” ¿Es bueno o malo?
Porque está pensado para evitar tensiones e incomodidades. Cuando no se respetan determinadas precedencias o no se da a cada persona el lugar que le corresponde, pueden surgir problemas. El protocolo no está para complicar las cosas, sino para que todo se desarrolle con normalidad.
¿En qué se diferencia el militar del institucional o internacional?
El institucional o internacional suele estar orientado a autoridades civiles, administraciones y aspectos culturales. El militar, sin embargo, se apoya mucho en la jerarquía, las tradiciones y los honores que se han mantenido durante generaciones. Nuestra obligación es conservar ese legado, aunque adaptándolo a los tiempos actuales.

¿Es tan rígido como parece?
Todo lo contrario. Una de las cosas más importantes en protocolo es la flexibilidad. Ningún acto sale exactamente como se ha planificado. Siempre aparece alguien que no estaba previsto, cambia una asistencia o surge un imprevisto. Hay que saber adaptarse constantemente.
¿Cuál es la clave del éxito?
Que nadie note los errores. Nosotros sabemos los problemas que han surgido, pero si los invitados y las autoridades no se dan cuenta, significa que el trabajo se ha hecho bien.
“Como escolta aprendí a observar y anticiparme”
¿Y cuándo se considera que un acto ha salido mal?
Cuando una autoridad o un invitado percibe el fallo y además se queja. Eso es precisamente lo que debemos evitar.
Tras once años como escolta, ¿qué le resulta más complicado: la seguridad o el protocolo?
Diría que el protocolo. En escolta trabajas principalmente sobre cuestiones de seguridad y tienes muchos escenarios previstos. Aquí intervienen muchísimos factores al mismo tiempo. Puede faltar alguien, cambiar una intervención, surgir un imprevisto logístico o producirse situaciones que nadie había previsto.
¿Qué se ha llevado de su etapa como escolta?
La observación y la anticipación. Como escolta aprendes a observar permanentemente el entorno y a las personas. Eso es muy útil en protocolo porque te permite detectar si alguien está incómodo o si una situación puede convertirse en un problema antes de que ocurra.

¿La comunicación no verbal también juega un papel importante?
Fundamental. Todo comunica. La colocación de una autoridad, el orden de las banderas, cómo se distribuyen las personas en un espacio o incluso determinados elementos decorativos. En protocolo se transmiten muchos mensajes sin necesidad de pronunciar una palabra.
¿Cómo acabó interesándose por esta disciplina?
Porque durante mi etapa como escolta asistí a muchísimos actos. Además, estuve destinada en la Guardia Real y siempre me gustó todo lo relacionado con los honores militares. Empecé colaborando en pequeñas tareas, luego me formé y cada vez me interesó más.
¿Qué echa de menos de la escolta?
La incertidumbre. En protocolo nunca puedes tener todo bajo control. Siempre puede surgir algo que altere el acto. Hay muchos detalles de los que estar pendiente a la vez.

¿Soñaba alguna vez con terminar en las Fuerzas Armadas?
De pequeña quería dedicarme a todo lo relacionado con el mundo artístico. Estudié en el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma y llegué a bailar durante un año en una compañía de Francia. Pero el mundo artístico es muy bonito y también muy inestable. Yo buscaba una mayor seguridad y estabilidad. Mi padre, que es Policía Nacional, me animó a dar el paso y terminé ingresando en el Ejército del Aire y del Espacio. Ahora, visto con perspectiva, creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado.
¿Cuál ha sido el momento más complicado de su carrera?
Las situaciones en las que una persona no está conforme con el lugar que ocupa en un acto. Hay que explicarle con educación por qué se han establecido determinadas precedencias y hacerlo además delante de otras personas. Son momentos delicados.

¿Qué significa ser mujer en un entorno tan jerárquico como el militar?
Para mí significa exactamente lo mismo que ser hombre. Nunca he sentido que el hecho de ser mujer haya condicionado mi carrera. Aquí cuentan la preparación, los conocimientos y el trabajo.
¿Qué consejo daría a una joven interesada en el protocolo militar?
Que se forme. Tenemos cursos dentro de las Fuerzas Armadas, pero también es importante complementarlos con estudios especializados. Es una disciplina muy interesante y mucho más amplia de lo que la mayoría de la gente imagina.
Hay quien considera que el protocolo es algo antiguo.
Yo creo que seguirá existiendo siempre. Todas las instituciones, empresas y grandes eventos tienen protocolos. Es una herramienta de organización y además proyecta una imagen determinada. Lo importante es saber adaptarlo a los tiempos.
¿Cómo ha cambiado?
Desde la forma de enviar invitaciones hasta la organización de los propios actos. Hoy utilizamos herramientas digitales y buscamos formatos más dinámicos y cercanos al público.

¿Cuando está en su casa, también es estricta con la colocación de cubiertos, las formas…?
Sí, algunas cosas sí. Intento enseñar a mis hijos cuestiones básicas de educación en la mesa y determinadas normas de comportamiento. Son pequeños detalles que les servirán en cualquier ámbito de la vida.
¿Llegó a sentir miedo durante su etapa como escolta?
No. Durante la formación sí vives situaciones de mucha tensión, pero forman parte del aprendizaje. Es necesario saber cómo reaccionas cuando trabajas bajo presión.
¿Es más difícil proteger a una persona o un acto?
Son cosas distintas, pero probablemente proteger un acto. Interviene mucha más gente y aparecen muchos más factores que escapan a tu control.
¿Sigue teniendo mirada de escolta?
Sí. Es inevitable. Aunque ahora trabaje en protocolo, sigo fijándome mucho en la autoridad y en todo lo que sucede alrededor. Después de once años es una costumbre difícil de perder.
¿Cuál es su propósito?
Seguir aprendiendo. El protocolo es enorme y siempre aparecen nuevos aspectos que descubrir. Me gustaría seguir creciendo en este ámbito durante muchos años.
¿Cuál es el mejor consejo que ha recibido?
Me lo dio el cabo mayor Pellicer. Me enseñó que el protocolo debe ser flexible y que cualquier decisión puede tener encaje si está bien razonada y explicada.
Cuando se habla de que alguien se ha saltado el protocolo, ¿siempre es algo negativo?
No necesariamente. A veces puede estar perfectamente justificado. Todo depende del contexto y de las razones que existan detrás de esa decisión.
¿Qué le gustaría que la gente entendiera sobre el protocolo?
Que no es un enemigo ni una imposición. Está mucho más presente en nuestra vida diaria de lo que creemos y, en realidad, sirve para facilitarnos las cosas.
Y cuando acude como invitada a un acto, ¿consigue desconectar?
Cada vez menos. Me pasa especialmente en las bodas. Antes iba y disfrutaba sin más. Ahora me fijo en los códigos de vestimenta, en la colocación de las mesas, en los cubiertos o en las copas. No llego a corregir nada, pero sí observo muchos detalles.
¿Sus amigos le piden consejo?
Sí, bastante. Me consultan sobre invitaciones, celebraciones o la organización de eventos familiares. Y la verdad es que siempre estoy encantada de ayudar.

