Laura Herrero, una vallisoletana de 47 años que juega en el equipo de rugby inclusivo de El Salvador, estaba en una de esas sesiones de rehabilitación a las que se ve sometida casi a diario, cuando recordó que se iba a hacer pública la lista de jugadoras seleccionadas para vestir la camiseta de las Mixed Ability Rugby Invitacionals, popularmente conocidas como las MARI´s. Es como si fueran las míticas Barbarians, solo que se trata de jugadoras con algún tipo de discapacidad. La diferencia es que el combinado disputa tres partidos al año y una jugadora solo puede ser convocada una vez. “Ya sabíamos que el seleccionador [Jamie Evans] estaba interesado en alguna de las chicas de mi equipo, pero nada más”, dice. Mientras masajeaban sus piernas, puso en su móvil un vídeo que el galés había subido a youtube y comprobó que estaba entre las elegidas junto a otras 24 chicas de todas partes del mundo.
Su primera reacción fue de alegría. Ya, más calmada, pensó que a raíz del último brote de esclerosis múltiple que había sufrido tal vez lo mejor era dejar el sitio a otra compañera. Ese mismo día habló con el seleccionador, y en menos de un minuto le convenció para que desistiera de su idea inicial. Lo siguiente fue ponerse a trabajar “duro”. Y es que sus piernas habían dejado de funcionar y el habla había empezado a entorpecerse. Ahora, quiere disfrutar “a tope” de la experiencia: “Tienes que recordar a tu cerebro cómo se anda o cómo se levantan las piernas porque te pesan”. Ya lleva varios días que puede levantarse y caminar sin ayuda “ahora bien, si tengo que ir al súper, voy en silla de ruedas”. Todo gracias a las manos mágicas de su fisio, las rehabilitaciones y a las sesiones de desarrollo personal “que me suponen unas dos horas diarias”.
Pues, aun así, la vallisoletana no quiere perderse por nada del mundo el partido frente a las galesas del Llanelli Warriors del próximo día 24. Lleva el rugby en las venas desde que en 2014 sufrió un brote “bestial”. Le dijeron que no volvería a caminar, que ya se podía olvidar de llevar una vida normal. Cuando su hijo mayor decidió abandonar el fútbol para volcarse en el balón oval, decidió seguir sus pasos. Laura tenía entonces 38 años. “¡Imagínate la cara del míster al ver a una persona como yo el primer día dando una vuelta al campo arrastrándome después de haber dejado las muletas en el coche por vergüenza!”, exclama. Tras darle las pertinentes explicaciones, el entrenador accedió a que hiciera una prueba, “y de aquella chica que hace año y medio se arrastraba, resulta que, de repente, podía correr entre cinco y siete kilómetros”. A nivel físico apenas acaba cansada los partidos a pesar de padecer también fatiga crónica que a veces le hacen solicitar el cambio. “Salgo a cuatro patas y en diez minutos ya he reseteado y pido salir otra vez al campo”, comenta.

Solo los médicos podían haber frenado su estado de euforia. Y no lo hicieron. “Al poco de empezar tuve una revisión neurológica y recuerdo lo que me dijeron como si fuera hoy mismo: no sé lo que estás haciendo, pero no lo dejes”. Herrero confiesa que aquella frase le marcó, incluso a nivel psicológico “porque me parecía increíble después de todo lo que había pasado”. Adrián, su hijo mayor, está “orgullosísimo” de su madre. Cuando acaba los partidos es el primero que habla con ella interesándose por cómo le han salido las cosas. “Esa complicidad que tengo con él es algo increíble porque sé que me entiende”. El resto de la familia -pareja e hijo menor- también le apoya sin fisuras. De hecho, su marido Iván estuvo jugando dos años en el equipo inclusivo. “Era mi cuidador”, espeta.
Con sus compañeras de El Salvador reina el buen ambiente. Hasta suelen reírse entre ellas de sus discapacidades. “Cuando llego me preguntan, ¿qué tal va tu pata chula?”. Todo desde la más absoluta normalidad y respeto. En el campo le conocen a la perfección. Llevan muchos años juntas “Sin decirles nada ya saben cómo llego ese día”. La idea de abandonar, no obstante, jamás se le ha pasado por la cabeza. “Aunque sea medio minuto yo siempre quiero jugar”, apostilla. Es de las que no se resigna a quedarse en casa. Vive por y para el rugby sin eludir el cuerpo a cuerpo. Tiene madera de delantera, en este caso de flanker. “Me gusta recibir alguna que otra leche, pero si la puedo dar yo, mejor”, dice riéndose. No aparca tampoco el buen humor cuando se refiere a su enfermedad. “Lo único que pido a mis rivales es que no me hagan un cambio de pie porque no puedo correr y así es muy difícil que les pueda placar”, añade.
La primera vez que tuvo conciencia de su esclerosis múltiple acababa de cumplir la mayoría de edad. “Estaba en casa de mis abuelos viendo la televisión, fui a abrir una ventana porque hacía calor, y no podía levantar el brazo”. Su madre le dijo que no hiciera “bobadas”. Pensaba que bromeaba. Más tarde le contó que empezó a hablar “mal” y ya sonaron todas las alarmas. Después de muchas pruebas los médicos dieron con el diagnóstico. En aquella época se tardaba tanto porque los análisis se mandaban a Barcelona “y tardaban tres meses en darte los resultados”. Fue un golpe bastante duro para una joven que acababa de alcanzar la mayoría e edad. “A los 18 años piensas que te vas a comer el mundo, y el mundo me comió a mí”, asevera.
Su vida, al principio, no sufrió grandes alteraciones. Los brotes se producían más o menos cada cuatro años y, como ella misma dice, “entonces todo me iba bien, eso sí, con algunos achaques”. Tenía trabajo como profesora, podía conducir y hacer vida normal. Hasta que se quedó embarazada de Leo, su segundo hijo. Varios brotes le hicieron perder la visión y la sensibilidad, todo ello acompañado de fuertes dolores neuropáticos. “Todo lo que te cuente es poco”, enfatiza. Hubo cosas peores. “¡Imagínate tener un hijo recién nacido y no poder cogerle en brazos porque no tienes fuerzas!”. El efecto dominó de aquel brote parecía no tener fin. Fue el motivo de su temprana jubilación “aunque me considero una persona muy activa”. El rugby le devolvió la vida. “¡Bendita la hora en que conocí este deporte!”, dice. Sus agradecimientos son extensivos al club que le dio la oportunidad de conocerlo. “Siempre me han tratado muy bien y son muy buena gente”, afirma.

Otra vallisoletana de 29 años, Susana Machio, será la acompañante de Laura Herrero en su aventura con las MARI´s. “Fue una sorpresa que me llamaran porque no me lo esperaba”, admite. Algo sí debía intuir porque cuando viajaba en autobús junto a su novio Iván a casa de su suegra en Villalón de Campos (Valladolid), le envió un Whatsapp a su compañera para que le facilitara el enlace de youtube donde se anunciaba la convocatoria. “Lo vimos y me puse muy contenta aunque lo tuvimos que celebrar en silencio para no asustar al conductor”. Sentía mariposas en el estómago. “Es que todo lo que me pasó es inexplicable”, comenta. En vez de gritar optó por buscar entre los contactos de su móvil el teléfono de su madre para darle la buena nueva. Después hizo lo mismo con los monitores de la casa tutelada donde vive. “Es que les prometí que les llamaría si me convocaban”, añade.
La joven jugadora de El Salvador reconoce que de pequeña fue una niña muy nerviosa. “No paraba quieta ni un minuto seguido y a mi madre le iba a dar algo”, recuerda. Blanco y en botella. Le diagnosticaron hiperactividad e impulsividad. Ella no tiene ningún problema en confesarlo “porque es una cosa que no me da vergüenza”. Al contrario, se muestra de lo más pragmática. “¿Qué puedo hacer si yo soy así?”, se pregunta. Vio en el rugby un deporte que encajaba con su personalidad. “Debe ser que las hostias te enganchan”, afirma. El deporte fue lo que le ayudó a liberarse de sus problemas y a conocer a un grupo de chicas que ahora son sus amigas “con las que siempre hablamos de nuestros problemas cuando nos pasa algo”. Esa hiperactividad intenta controlarla, sobre todo, con los árbitros. “Ya se sabe que en el rugby, por respeto, no se les puede decir nada si no eres la capitana”, explica.
Su madre no estaba muy convencida de su nueva afición. “Pero hija, que eso es muy burro”, le solía repetir. La insistencia de la niña hizo que, al final, diera su brazo a torcer. “Pues si te gusta…” le contestó finalmente un tanto resignada. A sus amigos no les parece nada raro que eligiera el rugby. “Nunca me han preguntado por qué lo hice, solo les sorprende para bien que no jugara a fútbol o baloncesto”. Es tal su afición por el balón ovalado que a la menor oportunidad se lo aconseja practicar a quien le pregunta. “Si te gusta bien y si no, pues nada, pero no pierdes nada por intentarlo”, les suele decir. Aquí es donde saca a relucir el “orgullo” de pertenecer a un club como El Salvador. “Ni una queja en todos años porque siempre me han tratado muy bien y diría que estoy segurísima que todas mis compañeras te podrían decir lo mismo que yo”, indica.

El gerente en España del modelo International Mixed Ability Sports (IMAS) es Hernán Mazzarello, por tanto, una persona idónea para explicar su verdadero significado. “Tratamos de derribar barreras y de llevar el deporte base a todas las personas que con algún tipo de discapacidad no desean ser etiquetadas porque lo que realmente quieren es que se les pueda tener en cuenta por todo lo que pueden realizar”. En realidad, para este partido de las MARI´s Mazzarello es un simple “asesor” dado que tiene relación con los equipos de rugby que practican el modelo IMAS que también abarca a más deportes. “Yo solo les explico quién está trabajando bien”. La convocatoria de una jugadora, según indica, “es una manera de premiar al equipo y a ella misma”. En España hay otros equipos femeninos que han recibido este galardón como el Iruña o Ingenieros Industriales de Las Rozas. Seguro que en el futuro habrá más.

