Aragón

¿Por qué el Estado debe salvar el monasterio de San Juan de la Peña?

San Juan de la Peña guarda las tumbas de los primeros reyes de Aragón, amenazadas ahora por el incendio de Riglos

Incendio en el monasterio de San Juan de la Peña - Sociedad
La situación crítica en el monasterio.
Guardia Civil

Durante unas horas, el fuego estuvo demasiado cerca de uno de los lugares donde comenzó la historia de Aragón. El incendio de Las Peñas de Riglos avanzó este jueves hasta el entorno del monasterio de San Juan de la Peña y obligó a desplegar una operación de emergencia destinada no solo a detener las llamas, sino también a poner a salvo algunos de los bienes históricos que permanecían en su interior.

La amenaza era suficientemente seria como para que efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME), acompañados por técnicos de Patrimonio del Gobierno de Aragón y la Guardia Civil, accedieran al Monasterio Viejo y evacuaran los restos de los primeros reyes aragoneses, además de otras piezas de enorme valor histórico. El fuego llegó a cercar el edificio, aunque su estructura monumental no resultó destruida.

La intervención abre una pregunta que va más allá de la emergencia forestal: ¿hasta dónde deben llegar las administraciones para proteger un monumento cuando una catástrofe amenaza con hacerlo desaparecer? En el caso del monasterio de San Juan de la Peña, la respuesta no depende únicamente de su importancia sentimental para Aragón. Su conservación está protegida por el propio ordenamiento jurídico español.

La Constitución obliga a conservar el patrimonio histórico

El punto de partida se encuentra en el artículo 46 de la Constitución Española. El precepto establece que los poderes públicos deben garantizar la conservación y promover el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España, con independencia de su régimen jurídico o titularidad.

Es una precisión importante. Cuando se habla de que el Estado debe proteger el monasterio de San Juan de la Peña, no significa que toda la responsabilidad corresponda exclusivamente al Gobierno central. La obligación alcanza al conjunto de los poderes públicos dentro de sus respectivas competencias.

Aragón cuenta, además, con su propia legislación patrimonial. Su Estatuto de Autonomía encomienda expresamente a los poderes públicos aragoneses la conservación, recuperación, conocimiento y difusión de su patrimonio cultural, histórico y artístico. A ello se suma la Ley del Patrimonio Cultural Aragonés.

El Real Monasterio disfruta de la consideración de Bien de Interés Cultural, el máximo nivel de protección reservado a los elementos patrimoniales de mayor relevancia. Su conservación, por tanto, no es una cuestión discrecional que dependa únicamente de su popularidad o del número de visitantes que reciba.

Un monasterio ligado al nacimiento del Reino de Aragón

Pero para entender por qué se movilizaron efectivos para salvarlo mientras las llamas avanzaban es necesario mirar casi mil años atrás.

El monasterio de San Juan de la Peña fue uno de los principales centros religiosos y políticos del territorio durante los siglos XI y XII y quedó estrechamente vinculado a la formación de la monarquía aragonesa. Bajo la gigantesca roca que cubre parcialmente el Monasterio Viejo descansaron algunos de los primeros soberanos del reino.

Allí se encuentran las sepulturas vinculadas a Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, tres figuras fundamentales para comprender la construcción territorial y política del Aragón medieval.

El edificio es también un extraordinario resumen de siglos de arquitectura. En un espacio relativamente reducido conviven elementos prerrománicos, románicos, góticos y neoclásicos. Su célebre claustro románico, sus capiteles, el Panteón de Nobles, las iglesias superpuestas o el posterior Panteón Real convierten el conjunto en mucho más que un monumento religioso.

Perder San Juan de la Peña significaría eliminar físicamente una parte del relato histórico de Aragón.

Y esa dimensión explica la operación realizada durante las horas más críticas del incendio.

Los reyes de Aragón tuvieron que abandonar el monasterio

Cuando el avance de las llamas convirtió la amenaza en inmediata, las autoridades decidieron retirar algunos bienes que podían ser transportados. Entre ellos estaban los restos óseos conservados en el Panteón Real, que fueron llevados al Museo de Huesca.

También se evacuaron otros elementos patrimoniales, entre ellos la indumentaria funeraria del X Conde de Aranda, piezas arqueológicas y fragmentos de pintura mural.

La imagen resulta excepcional: siglos después de ser enterrados, los primeros reyes aragoneses tuvieron que abandonar temporalmente San Juan de la Peña para escapar del fuego.

La UME llegó a tener que interrumpir momentáneamente las operaciones ante la peligrosidad de las llamas. Posteriormente pudo regresar y completar el traslado de los bienes considerados prioritarios.

Mientras tanto, alrededor del Monasterio Nuevo, los equipos de extinción recurrieron al fuego técnico para eliminar vegetación y combustible antes de la llegada del frente principal. La estrategia permitió crear una zona defensiva alrededor del complejo.

Salvar San Juan de la Peña es conservar algo que no puede reconstruirse

Una carretera puede volver a levantarse. Un edificio contemporáneo puede reconstruirse después de un incendio. Incluso determinadas infraestructuras destruidas por una catástrofe pueden reproducirse casi exactamente.

Con el patrimonio histórico sucede algo diferente.

Puede reconstruirse un muro, restaurarse una cubierta o reproducirse una pieza, pero no puede fabricarse de nuevo un monasterio que estuvo relacionado con los primeros siglos del Reino de Aragón. La antigüedad, la continuidad histórica y el vínculo de un lugar con quienes lo habitaron forman parte de su valor.

El incendio de Las Peñas de Riglos ha demostrado hasta qué punto esa memoria puede quedar amenazada en cuestión de horas. A primera hora de este viernes, el fuego superaba ya las 9.000 hectáreas y continuaba activo, después de obligar al desalojo preventivo de numerosos núcleos de población.

El monasterio de San Juan de la Peña permanece en pie. Sus bienes más vulnerables han sido trasladados y los equipos de emergencia han conseguido evitar, por ahora, una pérdida que habría sido irreversible.

No se trata únicamente de salvar piedras antiguas. Se trata de proteger uno de esos pocos lugares en los que la historia dejó de ser un relato escrito en un libro y todavía puede tocarse.

Y precisamente por eso los poderes públicos tienen la obligación de conservarlo.

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