Herzliya es una pequeña ciudad costera que abarca un área de unos 21 kilómetros cuadrados y que se encuentra a poco más de 10 kilómetros de Tel Aviv. Su desarrollo, en los últimos años, ha sido notable. Se ha consolidado como un importante centro tecnológico y financiero donde multinacionales, startups y compañías de capital riesgo han establecido ahí sus sedes. Se trata de una suerte de Sillicon Valley israelí. Se ha convertido también en un potente destino turístico donde, además, se encuentran zonas residenciales exclusivas, así como numerosas embajadas. Es, pues, un emplazamiento de reducidas dimensiones que, en un lapso relativamente corto, se ha posicionado como un lugar destacado dentro del Estado de Israel.
Esta ciudad, constituida en 1924, contaba por aquel entonces con aproximadamente 300 viviendas y una población que rondaba los mil habitantes. Su progresión demográfica se hizo patente tras la creación del Estado israelí en 1948. El origen del nombre de esta localidad tan singular se debe a un personaje en concreto: Theodor Herzl. Fue un hombre polifacético que creó, en 1897, la Organización Sionista durante el Primer Congreso Sionista que tuvo lugar en Suiza. Su principal objetivo dejaba lugar a pocas dudas: encontrar un espacio donde los judíos pudieran vivir.

Fue consciente de la corriente antisemita que azotaba a Europa a finales del siglo XIX. Con el tiempo llegó a la conclusión de que la integración plena de los judíos era algo inalcanzable. Quedó particularmente afectado por el caso Dreyfus que motivó la apertura de un procedimiento militar contra el capitán del Ejército francés, Alfred Dreyfus. Éste fue acusado de proporcionar documentación secreta a Alemania. Finalmente, por medio de pruebas altamente cuestionables, este hombre de origen judío fue condenado por alta traición, lo que significó su destierro a la Guayana Francesa. Concretamente, se le trasladó al siniestro centro penitenciario ubicado en la Isla del Diablo –integrada en el sistema penal colonial francés– que Napoleón III ordenó construir décadas antes.
Este y otros episodios similares llevaron a Theodor Herzl a abrazar el sionismo. Entendió, en definitiva, que los judíos no tenían cabida en el continente europeo. Abogó, en consecuencia, por la creación de un Estado judío. En 1903, el Gobierno británico propuso que los judíos se ubicaran en África Oriental Británica. No obstante, esta iniciativa, conocida como Proyecto Uganda, fracasó al no contar con suficientes adeptos dentro del movimiento sionista. Un año antes, había publicado su última gran obra: Altneuland. En sus páginas esbozó una sociedad basada en la convivencia pacífica entre árabes y judíos, libre de guerras y rivalidades. Expuso, literalmente, que ello únicamente podía conseguirse mediante “la más alta tolerancia”. Décadas después, el Estado de Israel reconocería –en la Declaración de Independencia– a Theodor Herzl como el padre espiritual de la nación.

En esta novela utópica –que podría traducirse así: “la Vieja Nueva Tierra”–, Theodor Herzl planteó las bases de un Estado moderno dotado de una tecnología de vanguardia y de una economía dinámica. Esta obra, que comienza con su célebre frase: “Si lo queréis, no será una leyenda”, ha sido considerada por muchos como un texto premonitorio al observar cómo algunas de las ideas y aspiraciones formuladas en sus páginas terminaron cristalizando en la creación y consolidación del Estado de Israel.
Así es Park 51, en Herzliya
Sea como fuere, la figura de Herzl ha vuelto indirectamente al primer plano de la actualidad con motivo del penoso anuncio publicitario protagonizado por la actriz norteamericana Gwyneth Paltrow en el que promociona un lujoso proyecto inmobiliario en la ciudad que lleva su nombre: Herzliya. Esta campaña de marketing, denominada Park 51, gira en torno a la construcción de dos torres residenciales de 51 plantas. En un primer momento, juega deliberadamente con la confusión al sugerir que el proyecto se encuentra ubicado en Nueva York; de hecho, la grabación se desarrolla en dicha ciudad. No obstante, pronto se aclara que la iniciativa inmobiliaria se localiza en suelo israelí. Las críticas, por supuesto, no se han hecho esperar, ya que a –aproximadamente– una hora de viaje hacia el sur en carretera se encuentra la Franja de Gaza; un enclave devastado como consecuencia de la política genocida –así ha sido reconocido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU)– implementada por Benjamin Netanyahu y sus secuaces.

Es espeluznante observar cómo la citada actriz, indolente y sin ningún tipo de escrúpulos a lo que sucede a pocos kilómetros de allí, presenta Herzliya como un emplazamiento idóneo para residir. Sin embargo, es preciso señalar que esta situación no constituye un caso aislado. Desde hace años, la ONU mantiene un registro de empresas vinculadas a actividades económicas desarrolladas en los asentamientos israelíes ubicados en los territorios palestinos ocupados. La existencia de este controvertido listado encuentra parte de su fundamento en la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad, adoptada en 2016, mediante la cual se insta a Israel a poner “fin de inmediato y por completo a todas las actividades de asentamiento en el territorio palestino ocupado”. Este registro ha experimentado actualizaciones constantes. En septiembre pasado, fueron incorporadas cuatro empresas españolas al, lamentablemente, desarrollar su actividad sobre asentamientos ilegales.
La pregunta que surge es si Theodor Herzl –erigido como un visionario y catalizador ideológico de buena parte de los acontecimientos que se desarrollarían décadas después– estaría conforme con la manera en que actúa el Estado cuya creación inspiró. En este sentido, no estaría de más preguntarse si quien dibujó sobre el papel cómo sería su Estado soñado reconocería hoy aquel ideal en Israel. Su ya citada frase –”si lo queréis, no será una leyenda”– contribuyó a movilizar a generaciones enteras en torno a un proyecto político que parecía inalcanzable. Más de un siglo después, parece legítimo preguntarse si aquella “leyenda” llegó realmente a materializarse o si, por el contrario, algunos de los ideales más esenciales de Herzl continúan perteneciendo al terreno de la utopía.

