Europa entra en una secuencia electoral que podría significar mucho más que una simple alternancia política. Con la convocatoria de elecciones anticipadas en España por parte de Pedro Sánchez para el próximo 29 de noviembre, se abre un ciclo de comicios que llevará a las urnas a ciudadanos de Francia, Italia, Polonia y otros países europeos entre 2026 y 2027.
Detrás de estas citas electorales emerge una cuestión inquietante: ¿estamos asistiendo al final de un ciclo histórico dominado por la socialdemocracia y al comienzo de una era marcada por el debilitamiento de las democracias liberales?
España constituye hoy el laboratorio más visible de esta transformación. Pedro Sánchez sigue siendo uno de los pocos dirigentes socialistas que gobiernan una gran potencia europea. Sin embargo, su Ejecutivo ha quedado atrapado por una crisis que simboliza las dificultades de las democracias occidentales para responder a las preocupaciones más inmediatas de sus ciudadanos: la vivienda. El aumento constante de los alquileres, la imposibilidad de acceder a una vivienda en propiedad y el temor al empobrecimiento han alimentado un profundo malestar social. La caída de una iniciativa gubernamental sobre vivienda desencadenó finalmente la ruptura de una mayoría parlamentaria que ya se sostenía con dificultad.

Pero España no es un caso aislado. En toda Europa, la izquierda parece haber perdido la conexión con buena parte de las clases populares que durante décadas constituyeron su principal base electoral. Los partidos socialdemócratas, que en el siglo XX construyeron el Estado del bienestar, ampliaron los derechos sociales y redujeron las desigualdades, afrontan hoy un problema de credibilidad. Muchos ciudadanos perciben que la izquierda ha gestionado la globalización sin corregir sus efectos más perjudiciales y que ha abandonado las preocupaciones materiales de amplios sectores de la población.
Este vacío político está siendo ocupado por fuerzas nacionalistas, populistas y de extrema derecha. En España, el Partido Popular podría necesitar el apoyo de Vox para gobernar. En Francia, el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen continúa liderando numerosas encuestas de cara a las elecciones presidenciales de 2027. En Italia, Giorgia Meloni gobierna con éxito relativo, mientras nuevas corrientes más radicales intentan disputarle el espacio político por la derecha. En Polonia, las fuerzas ultraconservadoras siguen influyendo de forma decisiva en la vida política nacional.
La normalización de la extrema derecha
La cuestión ya no es únicamente el ascenso de la extrema derecha. Lo verdaderamente significativo es su normalización. Hace apenas una década, estos partidos eran considerados fuerzas marginales o de protesta. Hoy se presentan como opciones de gobierno plenamente legítimas y capaces de dirigir Estados, influir en la Unión Europea y redefinir las políticas nacionales.

Este fenómeno se inscribe en una crisis democrática más profunda. Durante años, los analistas advirtieron sobre el peligro de los regímenes autoritarios. Sin embargo, la amenaza actual es más compleja y más difícil de identificar. Ya no procede necesariamente de golpes de Estado o de dictaduras militares, sino de la progresiva erosión de las instituciones por actores que llegan al poder mediante elecciones libres.
La gran paradoja de nuestro tiempo es que la democracia parece estar debilitándose precisamente a través de los mecanismos que deberían fortalecerla. Los ciudadanos siguen votando, los parlamentos siguen funcionando y los procesos electorales continúan celebrándose con normalidad. Pero la confianza se desvanece. Cada vez más personas consideran que los gobiernos han perdido la capacidad de resolver problemas esenciales como el acceso a la vivienda, la inflación, la inmigración, la inseguridad, la pérdida de poder adquisitivo o las consecuencias de la globalización.
La frustración generada por esta percepción alimenta la polarización política. El compromiso, piedra angular de las democracias parlamentarias, es cada vez más percibido como una muestra de debilidad. Los partidos moderados pierden espacio mientras prosperan quienes ofrecen respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos. La política se transforma en una confrontación permanente y la sociedad se fragmenta en bloques cada vez más irreconciliables.

Esta evolución no es exclusivamente europea. En Estados Unidos, las elecciones de mitad de mandato de 2026 se celebrarán en un contexto de fuerte polarización institucional. En Israel, la continuidad del gobierno de Benjamín Netanyahu sigue alimentando una profunda división política y social. En Brasil, las tensiones derivadas de la contestación de resultados electorales continúan presentes. En diversas regiones de África y Oriente Próximo, varios procesos electorales podrían desencadenar nuevas crisis de gobernabilidad.
El problema posee, por tanto, una dimensión global. Durante décadas, la democracia liberal fue presentada como el destino natural de las sociedades contemporáneas. Tras la caída del bloque soviético, muchos pensaron que el modelo democrático occidental había vencido definitivamente. Esa certeza ha desaparecido. Hoy la democracia liberal ya no aparece como un horizonte indiscutible sino como un sistema sometido a una creciente contestación tanto desde el exterior como desde su interior.
Las consecuencias para Europa pueden ser profundas. Muchos partidos nacionalistas no defienden abiertamente abandonar la Unión Europea, pero sí desean transformarla radicalmente. Aspiran a reducir la influencia de las instituciones comunitarias, reforzar las soberanías nacionales y limitar los procesos de integración política. Si estas fuerzas aumentan su presencia en los gobiernos nacionales, la capacidad de la Unión para actuar de forma coordinada podría verse seriamente afectada.

La guerra de Ucrania constituye quizás el mejor ejemplo de esta posible fractura. Desde 2022, el apoyo europeo a Kiev ha sido uno de los pilares de la respuesta occidental frente a la agresión rusa. Sin embargo, numerosos movimientos nacionalistas cuestionan cada vez más el coste económico, militar y político de ese compromiso. Sin expresar necesariamente simpatía hacia Moscú, sostienen que los recursos públicos deberían destinarse prioritariamente a resolver los problemas internos de cada país.
Detrás de este debate emerge una cuestión aún más trascendente: ¿quiere Europa seguir desempeñando un papel geopolítico relevante o prefiere replegarse sobre sí misma? Una Europa dividida y absorbida por sus tensiones internas tendría más dificultades para proyectar influencia en el escenario internacional.
Sin embargo, la amenaza más seria para las democracias occidentales no es la victoria de un partido concreto ni el resultado de una elección determinada. El verdadero peligro es la erosión progresiva de la confianza ciudadana en el propio sistema democrático. Cuando una parte creciente de la población deja de creer que las instituciones son capaces de mejorar su vida cotidiana, la legitimidad del sistema comienza a resquebrajarse.

La secuencia electoral que comienza en España podría, por tanto, simbolizar el final de una época histórica. No solo porque la izquierda parece incapaz de recuperar el vínculo que la unió durante décadas a las clases trabajadoras, sino porque las democracias liberales atraviesan una crisis de eficacia, representación y confianza. El riesgo no es un colapso repentino. Es algo más lento y silencioso: una degradación gradual de la fe democrática hasta el punto de que los ciudadanos concluyan que las reglas existentes ya no responden a sus expectativas.
Y cuando una democracia deja de convencer, el problema ya no es quién gana las elecciones. El problema es que comienzan a cuestionarse las propias reglas del juego.
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