Recuerdo muy bien el cuándo y el dónde de mi desfloración con Persona. La primera vez que me lo hice con ella estudiaba en la escuela de cine de Madrid, así que fue un ligue muy facilón, de cuatro de la mañana en Snobissimo. Aunque había estudiado a Ingmar Bergman en la asignatura de Teoría e Historia del Cine, logré por un tiempo hacerle la cobra a la leyenda de cineasta “infumable” (con esta altura de miras me lo describió un profesor de la misma escuela) que arrastraba el pobre sueco. Pero al final, e inevitablemente para un joven que aspiraba a ser absorbido por el agujero negro del séptimo arte, nos acabamos enrollando en el garito más cool de todo el gafapastismo capitalino: el Cine Doré de la Filmoteca de Madrid.
El precioso edificio modernista, una de las mejores cosas que ha hecho la administración pública por el cine y su continente, programaba entonces, año 1997, una retrospectiva sobre el artista de Uppsala, que fallecería diez años más tarde; visto esto con el soplo del tiempo, ese monstruo, y tomando aquel día como el intervalo equidistante entre Bergman y yo, han pasado prácticamente los mismos años desde entonces que desde su estreno, exactamente tal día como hoy, un 18 de octubre de hace sesenta años.
Al margen de estos datos empíricos que solo me afectan a mí, recuerdo muy vívidamente que me quedé pegado al terciopelo rojo, y que con veintitrés años no fui capaz de distinguir si ese filme de apenas hora y cuarto era una peli de terror a lo nórdico, una historia lésbica, cine de ese que llamaban “de arte y ensayo”, la digresión de un fumado por snus, o todo a la vez. Lo que también recuerdo perfectamente es que fue la primera vez que vi en una sala una película en 3D –mucho antes de que llegara James Cameron-, atravesando la cuarta pared y quemando el celuloide. Rodada en un cegador blanco y negro –regalo del maestro Sven Nykvist-, Persona cuenta la historia de una reconocida actriz (Liv Ullmann) que sufre un extraño síncope durante una interpretación de Electra que la deja muda. Por prescripción médica, ella y la enfermera que la supervisa (Bibi Andersson) se trasladan a una casita de la costa para tratar de curarla…pero, ¿a quién? Un relato aparentemente sencillo que esconde todo el ángulo muerto de la identidad humana, aquello que nos define, y cómo el arte, el cine en este caso y sus pinceles, es capaz de retratarlo y falsearlo como ningún otro.

Para mí, Persona sigue siendo la creación paradigmática de Bergman, que no significa que sea la mejor, o mi favorita –me gusta mucho más la monumental Fanny y Alexander-, pero es la que resume de manera más perfecta las obsesiones que recorren su filmografía. En su propia abstracción y en la poesía mortuoria que la atraviesa está todo Bergman, que es lo mismo que decir la cultura occidental: la soledad, el existencialismo, la religión, la maternidad, la incomunicación o la disociación de la personalidad.
Llevaba más de diez años sin visionarla y al margen de ir creciendo en mí a la manera de las grandes obras que se esponjan, me sigue exigiendo de la misma forma. Tan solo el preámbulo, surrealista pero coherente, yuxtaposición de planos mudos que buscan provocar el desasosiego, la reflexión sobre el valor del propio arte cinematográfico como artefacto sanador (o enajenador) no ha sido superado ni en modernidad, ni en precisión fílmica, por todos los supuestos disruptivos del cine contemporáneo. De hecho, Persona es ahora mucho más necesaria que nunca para que su recuerdo friccione con el audiovisual fosforito y verboso que nos ha tocado vivir. Diría que es casi obligatoria, ante el ataque de obtusidad para cerebros de esparto que estamos soportando actualmente en el cine y en la vida, que lo mismo es.
Exigir. Justo lo que los aspirantes a apóstoles postindustriales de Bergman no hacen: ni Julia Ducornau, ni Yorgos Lanthimos, ni mucho menos los mainstream made in Hollywood P.T. Anderson o Darren Aronofsky. Celuloide redundante, subrayadito, con alguna lisergia bien dosificada para que los premien en los festivales caviar.

Persona no explica, presenta, expone, reflexiona con la imagen, enemiga de la palabra, esa verborrea insoportable de la cuidadora Alma, la puesta en escena desnuda y la metáfora. Y te podrá parecer inescrutable, elitista, lenta -qué palabra más odiosa para explicar una película-. Ya sacarás tú tus propias conclusiones, como si Juan Ramón Jiménez tuviera que explicar que el arranque de Platero y yo es algo más que una redacción escolar de un fin de semana en una casa rural.
Y si me estoy poniendo demasiado abstracto, te lo explico de otra manera, cine sobre cine. Si los extraterrestres cefalópodos de La llegada volvieran a visitarnos subidos en sus lentillas volantes y preguntaran qué es el ser humano con su lenguaje cuasi cinematográfico, en lugar de volverme loco como la pobre lingüista Amy Adams y sus complejos logogramas, les pillaría unas entradas en el Cine Doré y les pasaría dos pelis: ¡Qué bello es vivir!, para mostrarles la cara luminosa, solidaria y digna de nuestra naturaleza, y Persona, para que conocieran los vértices oscuros, nuestras abyecciones más hondas y cómo nos vampirizamos los unos a los otros hasta mordernos.
Así que ya tienes dos para ver este finde: Persona y La llegada. No te arrepentirás.
P.D. Repasando ahora el texto, sintaxis, gramática, ortografía y esas cosas inanes, veo que me he pasado de cahierista del cante jondo del cine. Te pido perdón, no lo volveré a hacer más; pero en este caso, Persona se lo merece.

