Opinión

El intelectual zurdo

José Luis de Vilallonga. Detalle de la portada de su libro 'Políticamente incorrecto'. |
José Luis de Vilallonga. Detalle de la portada de su libro 'Políticamente incorrecto'. | Ediciones B
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Aparte de los básicos necesarios de la vida, como vivir en un ático frente al Parque del Buen Retiro, tener un Tesla de esos tipos tanque y un Spitfire para igualar feísmo-practicidad-estética (o mejor, no tener coche), decorar tu casa con toneladas de primeras ediciones y disfrutar en vivo de los cuatro Grand Slam del año, uno de los grandes privilegios de la vida es poder permitirte ¿ser? de izquierdas, pero teniendo todos los toppings externos del perfecto marqués de Chorrapelada, old money aesthetic que se te cae por la comisura del alfiler de corbata. Algunos lo llaman ‘retroprogre’, pero este término wannabe no tiene nada que ver con esto, porque de lo que se trata aquí empieza varias generaciones antes: has de ser, al mismo tiempo, de la pata del Cid y mujer del César.

Un muy digno representante de este movimiento involuntario fue/es José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, marqués de Castellbell, periodista (sin título), escritor, actor y arrogante bon vivant que se reía de todos menos de sí mismo. O sea, lo que se dice un caballero, aunque su última esposa dijera que era “un diamante falso”. Qué sabrá ella.

Pero esto no va (ni mucho menos) de meterme con este señor, al que descubrí de casualidad siendo un chaval interpretando al potentado brasileño José da Silva en la película de terror Desayuno con diamantes.

Habla, igual que todo lo que escribo con mi mano izquierda, del paso del tiempo. Otra vez. No para.

Resulta que, hace veinte años, una persona muy querida y con gran ascendencia sobre mí, me regaló Políticamente incorrecto, un compango de los artículos publicados por el marqués durante más de quince años en varios periódicos españoles. Junto con el libro, adjuntó una nota que decía: “No me leas hasta dentro de 20 años”. No entendí el por qué, pero le hice caso.

–Al fin y al cabo, es un libro –pensé–. No creo que me cueste olvidarme de él. Lo hace todo el mundo a diario.

Han pasado todos esos años desde aquel regalo y, efectivamente, me olvidé de él. Me gustaría meter algo de poesía y decir que siempre estuvo en mi cabeza y que secretamente anhelaba que llegara el año 2026, septiembre en concreto.  Pero no. El tiempo incineró con su cruel soplido ese recuerdo. Hasta que, hace unos días, tratando de ordenar la biblioteca de casa, me lo encontré, el recuerdo me inundó a borbotones y lo eché en la lista corta de lecturas para los últimos rayos: expeditivo, epistolar, perfecto para leer o declamar entre olas.

Políticamente incorrecto no tiene nada de especial, ni de rompedor. Lo que tiene es tiempo, que todo lo eleva o lo caricaturiza. Y no se escapa ni el aristócrata. Todos son elegantes reflexiones desmadejadas e irreverentes, como solo las puede hacer alguien al que los cubos de agua no mojan y pasa por la vida sin tocar el suelo. Un tipo que se denomina a sí mismo “fanáticamente elitista” solo puede soltar frases de cuñado a la francesa que no dejan de tener su gracia.

Como pasa en todas las antologías, el resultado a veces resulta un polvorón demasiado espeso. Pensados para leerle semanalmente, amorcillados todos en un mismo libreto resultan indigestos por repetitivos. Quizás es ahí cuando te das cuenta de que su mujer probablemente tenía razón cuando le llamaba “diamante falso”. José Luis se presenta como un hombre empeñado en  demostrar su postura con manierismos y esparabanes verbales, echando mano constantemente de su estirpe social, algo que a los de su clase les da pavor. O peor: rechazo. Maneras exquisitas y desdeñosas, como califica él mismo a un antiguo familiar, o el clásico “cascante” como seguramente lo definan sus ancestros desde los tapices de su palacete familiar en la calle Serrano. Truman Capote con barretina.

Y ahí entendí las razones del tiempo, el valor que da a la tempestividad de lo escrito y ese consejo que me dieron, “no abrir antes de veinte años”. No hay nada más vivificador, desolador y mortuorio, ya ves qué contradicción, que desenterrar un conjunto de crónicas pegadas a la actualidad, pero de hace más de treinta años. Los escritos recorren casi dos décadas del mundo, la última del XX y la primera mitad de la del XXI. Y claro, con artículos de opinión impresos hace más de 30 años, te encuentras con piedras al agua, predicciones sorprendentemente incumplidas y un tono involuntariamente naif a la hora de proyectar un mundo que no ha sido, ni de lejos, el que preveía desde la atalaya de su esnobismo ilustrado.

Hay muchos artículos en los que no da una, sobre todo en lo referente a lo geopolítico, como por ejemplo alabar el legado de Juan Carlos I y tildarlo de “rey perfecto”, o realizar un panegírico del ventisquero orfebre, su tocayo Zapatero.

Pero, de todos ellos, el que más me ha conmovido y no encontrarás en esto ninguna ironía, puesto que se predice a él mismo, y mucha pena también por intentar combatir con una espada de papel a ese gran Goliat que es el devenir del tiempo, el destino, o como quieras llamarlo, es la digresión que dedica al suicidio, o mejor, la muerte digna para él, y en el que se jacta de pertenecer a una sociedad llamada Exit, de difícil acceso para las personas normales –ya faltaba la conciencia de clase del zurdo– de la que dice que te facilitan los medios necesarios para morir dignamente, “sin manchar la moqueta de sangre ni aplastar el techo del coche” y de la que, sin duda, haría uso llegado el momento.

Pero no.

No sé si recuerdas el triste espectáculo que don José Luis y su entorno familiar dieron en los últimos años de su vida. Mezcla de patio de corrala, tragicomedia italiana y telenovela venezolana: el hombre ya enfermo, concediendo exclusivas a los amarillos, repudiado por su última esposa, la del diamante, enemistado con sus hijos naturales, recogido en cuasi beneficencia por otra de sus ex, medio enfadado y medio reencontrado con un medio hijo, todo ello posando hecho un ecce homo, mantita escocesa en las piernas, como en aquellos cuadros de antes de la revolución.

Y todo por 30 monedas de la espuma de la vida.

De cualquier forma, a decir de su amigo Fellini, al que dedica varias columnas, “solo los imbéciles juegan a ser modestos“.

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