Finalmente, Sánchez adelantó elecciones. Después de haber estado dando la matraca con que agotaría una legislatura que en realidad nunca terminó de despegar, ha terminado por ser fiel a sus principios y volver a cambiar de opinión. Ha decidido señalar el 29 de noviembre en el calendario como cita electoral utilizando la coyuntura de la crisis de la vivienda, propulsada por las acampadas que se iniciaron tras el desahucio de María del Carmen Abascal. Como de costumbre, hay gente empeñada en querer ver algo más allá de lo que realmente hay, en atribuirle al presidente que no gana elecciones el aura de Maquiavelo invencible al que aún le quedan un par de trucos que sacarse de la chistera.
La realidad, la cruda, es más tozuda: imagínense cómo deben de estar las cosas para haber llamado a los españoles a las urnas con las encuestas aventajando a la suma del PP y Vox en quince puntos y bajo el pretexto de un plebiscito sobre la vivienda, materia sobre la que ni siquiera puede sacar pecho, pues prometió miles y construyó cero. Nadie puede borrar los ocho años que ha estado en La Moncloa. Es imposible revitalizar la ilusión en torno a su figura cuando ha tenido tanto tiempo para demostrar su modelo de gestión. La única baza que le queda por jugar es la del miedo manido hacia la ultraderecha, y esa emoción, más allá de movilizar a sus feligreses más hooligans, ya le suena a chanza a cualquiera.
Sánchez se ha despedido de este ciclo siendo Sánchez y con una dosis preciosa de justicia poética. Consiguió aferrarse al poder gracias a la compraventa de los siete votos de Junts a cambio de concederles una amnistía que él mismo había calificado de inconstitucional. Y se ha visto obligado a convocar los comicios después de que ese mismo socio radiactivo le tumbase los infames decretos que presentó la semana pasada. Ahora bien, eso no le ha frenado para aferrarse a una última triquiñuela, la de colar a través de la diputación permanente dichos decretos, queriendo, a espaldas del Parlamento, convertir su derrota en el Congreso en una fullera y postrera victoria. Ya dijo que gobernaría de espaldas al Legislativo, y lo ha llevado hasta las últimas consecuencias.
El anuncio de elecciones ha puesto a los sesudos analistas a romperse la cabeza en busca del motivo mágico por el que el presidente zombi se ha decidido a convocar. Lo cierto es que no hay ni una genial estrategia detrás ni un último as en la manga. Sánchez se ha visto empujado a convocar porque no le quedaba otra, porque se ha terminado de convencer de que cuanto más resistiera menos apoyos tendría y más problemas judiciales sepultarían su futuro. Es el mejor de los peores momentos que tenía por delante. Con la cuenta atrás puesta en marcha, sabía que paralizaría el terreno judicial que le aprieta. Sánchez ha convocado elecciones para perder por el menor número de votos posibles. Y cuando sales a perder, ya se sabe que no es buen negocio.
Ese lastre del espíritu de la derrota, solo puesto en entredicho por la bisoñez de la opinión sincronizada y sus ganas de ser más sanchistas que Sánchez, se ve reflejada en todos los ámbitos. Es una declaración de intenciones en toda regla haber nombrado directora de campaña a María Jesús Montero, la última gran perdedora de unas elecciones autonómicas, que no solo cosechó el peor resultado histórico del PSOE en Andalucía, sino que también carga con el preciado laurel de haber sido la primera ministra de Hacienda en toda la democracia en no haber sido capaz de sacar unos presupuestos en toda una legislatura. Sin duda son méritos de sobra para dirigir este naufragio.
El martes se estrenó la sevillana reconociendo ante los medios de comunicación que los sindicatos, regados de dinero y al servicio de la izquierda, van a acometer la grandiosa e inédita gesta de ir a la Huelga General a protestar contra la oposición. Todos los límites de la distopía parecen en disposición de traspasarse. Ya hemos visto a una vicepresidenta del Gobierno animando a manifestarse contra el propio Gobierno, y ahora vemos a Comisiones Obreras y a UGT, que llevan ocho años callados y chupando las botas de quienes mantenían esos salarios rastreros que ahora les indignan, llamar a los españoles a las calles en plena campaña electoral. Es una tomadura de pelo. Ya hablamos de que Sánchez había trabajado mucho en construir una realidad paralela, pero las previsiones se van a ver superadas por mucho.
La desesperación es total, por eso todo apunta a que vamos a vivir semanas de infarto y de vértigo, marcadas por una polarización extrema, casi guerracivilista. La izquierda, ante su previsible descalabro, va a tratar de calentar las calles y remover el pavor a la alternancia política. Los números no dan, Sánchez ha hecho lo de siempre, desangrar a la izquierda a su izquierda, asumiendo los postulados más extremistas, y se ha quedado sin nadie a su lado con quien sumar. El Frente Amplio sobre el que se habla está en shock, buscando recomponerse, buscando caras que vigoricen un electorado muerto, al que solo el sindicato de inquilinas ha conseguido levantar.
Sánchez luchará hasta el último momento y usará cada una de las tretas que tenga a mano para tratar de edificar la ilusión de la remontada. Buscará alimentarse del habitual desnortamiento de la oposición, capitalizar la confianza que les otorgan las encuestas y volverlos a hacer caer en las trampas del pasado. Pero la verdad es que solo busca sacar un resultado decente, frenar la imparable hemorragia producida por el cóctel de la corrupción, la incapacidad y la desidia de sus años de poder, para poder quedarse a los mandos de la nave después del descalabro. La verdadera razón por la que convoca es porque necesita seguir siendo diputado, necesita seguir aforado para hacer frente al reguero de causas que le vendrán encima después de las elecciones. Y con la hipotética victoria de las derechas poder armar una coartada en forma de relato de que el Estado se anda vengando de él, que le persiguen.
La oposición tiene una oportunidad de oro, debe mantener la mente fría. PP y Vox saben que su electorado no les consentiría un nuevo resbalón electoral ahora que lo tienen todo de frente. Deben andar con pies de plomo, hacer una campaña segura, que no solo trate de derogar el sanchismo, sino de ilusionar a los españoles con la promesa de abrir una nueva etapa. Está muy bien el slogan del ‘Por fin’ que ha sacado el PP. Pero el por fin tiene que ir acompañado de un por qué. Se avecinan semanas convulsas, las últimas del muro, donde todo se recrudecerá y el odio será usado como arma. Unos buscan perder por lo menos posible echando leña a un fuego peligroso y antidemocrático, los otros buscan cazar al oso sin vender antes la piel. Veremos cómo aguanta España la tensión. Los estertores de Sánchez no dejarán a nadie indiferente, por eso hay que estar preparados para cualquier cosa. Cincuenta días son muchos días para alguien que ha sido capaz de desguazar un Estado de Derecho por fascículos para resistir unos minutitos más en el sillón.

