El actor Jean Reno dijo una vez en El Hormiguero entre risas que, cuando te haces famoso, te vuelves gilipollas al menos durante dos años y supongo que no le falta razón. Nunca he alcanzado a entender cómo algunas estrellas pasan de ser personas normales que se han criado en una familia normal, han vivido en un barrio normal y han ido a una escuela normal, a exigir todo tipo de excentricidades allá donde van. Entiendo que muchas veces puede ser difícil gestionar la fama porque ese tipo de personas viven rodeadas de gente que constantemente les adula, pero, en el fondo, se sienten muy solas. Una amiga mía dice siempre que lo importante es “tener una toma de tierra”, alguien que te diga las verdades y que, como los romanos que desfilaban triunfantes en Roma, te haga saber que eres mortal.

Por eso me gusta cada vez más la gente que alcanza el éxito y sigue siendo normal y tiene los amigos que tenía y vuelve al lugar en el que vivió cuando era una persona anónima. Es lo que pasó, por ejemplo, con Vicente del Bosque y es lo que le ha pasado a Luis de la Fuente, que ha hecho campeona del mundo a la selección con dos herramientas principales: el trabajo y la humildad. De la Fuente ha sabido ser el perfecto director de orquesta recordando que lo importante en un concierto no es que sobresalga un instrumento, sino que todos interpreten con perfecta armonía la partitura que tienen delante, que todos sean, en definitiva, un equipo sin egos (cuánto tendrían que aprender algunos clubes de esto). En ningún momento durante el campeonato ha tenido una mala palabra para sus rivales, a pesar, por ejemplo, de la dureza con la que se emplearon en su día Uruguay y, sobre todo, Argentina, en la final. “Cada uno ha utilizado sus propias armas”, decía. Y así fue: España utilizó las futbolísticas y Argentina tiró de malas artes incluso después de que sonara el pitido final. El seleccionador ha sabido elegir también un equipo que aprecia lo que tiene y que es consciente de los valores que quiere transmitir. España hizo su correspondiente pasillo al subcampeón del mundo cuando los jugadores argentinos fueron a recoger sus medallas, pero ellos no solamente no correspondieron de la misma manera a los españoles, sino que se quedaron mirando a la grada mientras los nuestros recibían la copa del mundo. Dani Olmo lo decía así; “Somos un ejemplo para muchas generaciones, y creo que ellos también deberían ser un ejemplo en todo y para lo mejor”.

De la Fuente siguió apostando por gente que quizá no estaba en su mejor momento de forma: Rodrigo, Merino, incluso Lamine Yamal y Nico Williams, pero les ayudó a crecer durante el campeonato y les ayudó a creer en ellos mismos. Y eso solo lo consiguen los grandes líderes.
De todas formas, el mayor mérito que ha logrado De la Fuente, ese hombre maravillosamente normal, es que todo un país vuelva a estar unido en torno a algo. Y solo por eso, hubiera tenido ya mi respeto. Seguro que este verano volverá a Haro y él mismo le pondrá una vela a la virgen de la Vega, la misma a la que recuerda antes de cada partido de la selección.

