Opinión

La apatía estival de Sánchez

CEUTA, 18/08/2026.- Situación este martes en la playa del Trampolín de Ceuta. Más de un centenar de inmigrantes acampados en la playa del Trampolín, en Ceuta, tras atravesar la frontera de Marruecos el pasado 30 de julio iniciaron el lunes una huelga de hambre para pedir asilo en España y han asegurado que solo buscan "una vida buena". EFE/Reduan
Situación este martes en la playa del Trampolín de Ceuta. EFE/Reduan
María Dabán
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En la vida hay muchas clases de políticos. La lista sería interminable: los honrados, los serios, los divertidos, los ladinos, los caraduras, los populistas… Es famosa, por ejemplo, la táctica que, según cuentan, utilizaba José Bono cuando era presidente de Castilla-La Mancha. Si iba de visita a algún pueblo y se encontraba a algún señor mayor, le decía: “Tome, le regalo mi reloj”. Y al hombre se le abría el cielo pensando que el mismísimo Bono se había despojado de su reloj para dárselo a él. El día siguiente, por supuesto, hacía lo propio en otra localidad diferente con otro ciudadano cuyo voto también se ganaba de por vida. Con gestos así se entiende que llegara a obtener hasta seis mayorías absolutas.

En las filas del PP, era Esperanza Aguirre la que sabía meterse a los madrileños en el bolsillo. En cierta ocasión estaba dando un paseo electoral por un barrio de Madrid y un anciano le paró para decirle que hace muchos años la había saludado en un mitin. Ni corta ni perezosa, la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid le contestó: “Ya me acuerdo y, además, me regaló un reloj”. Y la cara del señor se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja.

Que los políticos sean cercanos a los ciudadanos no garantiza, de entrada, ojo, que su gestión vaya a ser buena, pero se agradece una cierta humanidad con la gente porque lo que ofrece una señal inequívoca de fin de ciclo es que un gobernante desdeñe a sus gobernados. Y eso es lo que ha hecho este verano Pedro Sánchez, que no ha sido capaz de interrumpir sus vacaciones estivales para atender los graves problemas que viven los ceutíes.

Los defensores a ultranza del Gobierno dirán que son muchos los ministros que han acudido a la ciudad autónoma, pero, ante momentos tan difíciles, un buen líder se hubiera plantado en Ceuta y no hubiera abandonado el lugar hasta que la situación estuviera controlada (porque ha quedado claro que no lo está).

Poco después de la invasión del 30 de julio el Gobierno dio por solucionada la crisis. Sánchez pisó Ceuta unas horas, agradeció a Marruecos su colaboración, le echó la culpa de lo ocurrido a las mafias y se fue a Lanzarote casi cuatro semanas a descansar y a preparar el curso político ajeno a los problemas de hacinamiento, seguridad (con atracos, apuñalamientos y violaciones) salubridad y económicos que viven los ceutíes. Cualquier protesta por estas situaciones ha sido tildada por los distintos ministros como xenófoba y, a otra cosa, señores. No vayamos a perturbar el merecido descanso de nuestro líder.

Veintiséis días después, Sánchez ha convocado el Consejo de Seguridad Nacional y va a poner al ministro Ángel Víctor Torres (no a Marlaska, no) al frente del mando único creado para afrontar esta crisis. Los españoles no salen de su asombro ante esta inoperancia, y los europeos, tampoco, pero no nos preocupemos que en breve tendremos seguro, no una solución, pero sí un relato que sirva para intentar convencernos de que en Ceuta se ha hecho todo bien, aunque, como decía Napoleón Bonaparte: “Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos”.

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