Opinión

Macron en Madrid, Nadal en París

Brussels (Belgium), 16/10/2026.- French President Emmanuel Macron attends a press conference on the second day of a European Council summit in Brussels, Belgium, 16 October 2026. EU leaders met with Ukrainian President Zelensky as they focus on continued support for Ukraine, European defence and security, Russia-linked hybrid threats, migration and the situation in the Middle East. (Bélgica, Ucrania, Bruselas) EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS
El presidente francés Emmanuel Macron.
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A Rafael García-Valdecasas, ilustre Abogado del Estado y entusiasta europeísta.

En España estamos viviendo un momento histórico y político absolutamente excepcional que amenaza con intensificarse hasta el paroxismo en las próximas semanas. Diariamente suceden cosas incomprensibles. Y de uno de esos extraños fenómenos quiero hablar. Acaba de visitar nuestro país el presidente francés Emmanuel Macron y el viaje ha tenido muchísimo menos eco y repercusión que si Víctor de Aldama volviese a visitar el programa Horizonte del gran Iker Jiménez.

Mi pasión por Francia nació leyendo a sus escritores, leyendo su deslumbrante literatura. Después conocí París y me enloqueció, la capital del Sena casi igualaba en belleza a mi Betanzos. La literatura francesa es un insondable e infinito océano en el que navega la armada de escritores y poetas, de capitanes de las Letras, más invencible de la historia.

Jorge Luis Borges lo dijo con esa prosa suya (casi tan primorosa como su poesía) eterna: “La cristiandad tuvo su libro sagrado, la Biblia, que todavía lo es de todas las naciones protestantes y en particular de las que usan la lengua inglesa. Después, cada nación eligió su libro y su hombre, Italia se refleja en Dante, Noruega en Ibsen; el catálogo es fácil e innecesario, si omitimos a Francia, cuya literatura es tan rica que la elección vacila entre la Chanson de Roland y las epopeyas de Hugo, entre la prosa de Voltaire y el breve grito lírico de Verlaine”.

“Ya no hay Pirineos”

En el brindis que el presidente francés realizó durante la cena de Estado en el Palacio Real, en agradecimiento y respuesta a las palabras del Rey Felipe VI, pronunció un discurso de muy bella factura y de hondo contenido.

Habló del pasado de nuestras dos naciones: “a ambos lados de nuestros Pirineos, se habían sucedido disputas, rivalidades y conflictos… nos enfrentamos durante mucho tiempo. Tanto franceses como españoles estábamos decididos a no ceder en nada”. Pero también del acercamiento que se produjo con la llegada al trono español de Felipe V, el primer Borbón, de ascendencia gala; una aproximación de la que da fe la célebre frase: “Ya no hay Pirineos”.

Macron habló de los importantísimos lazos económicos, de defensa e innovación que nos unen, de las interconexiones y sobre todo de los lazos educativos, culturales y deportivos que funden a nuestros estudiantes, artistas y deportistas.

El actual inquilino del Elíseo además de citar a los grandes nombres de la cultura española y francesa de siglos pasados, hizo un homenaje a los escritores, cineastas, cantantes y deportistas españoles que hoy triunfan en la patria de Camus y a los futbolistas franceses que han triunfado y triunfan en la liga en la que Andrés Iniesta enamoró al mundo.

Un homenaje, un vínculo, una unión que simboliza por encima de todos el Beethoven de Manacor: “Rafael Nadal estaba en su casa en Roland Garros”, dijo el presidente de la República Francesa en Madrid. Algún día los españoles sabremos apreciar y valorar el tremendo gesto que Francia tuvo, en su hora más feliz, con el tenista mallorquín; el tremendo gesto que Francia tuvo con España, cuando todos los ojos del mundo estaban posados sobre su inigualable capital. París inauguró los Juegos Olímpicos más maravillosos de la historia (junto a los inolvidables de Barcelona 1992) uniendo para siempre su nombre al de Édith Piaf y al de Rafael Nadal Parera.

Zinedine Zidane otorga la antorcha olímpica a Rafael Nadal. EFE/EPA/MARTIN DIVISEK
Zinedine Zidane entregando la antorcha a Rafael Nadal en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París
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Sin el eco merecido

Macron dijo que le conmovía especialmente que esta visita de Estado coincidiese con el cuadragésimo aniversario del ingreso de España en la hoy llamada Unión Europea. En un mundo tan convulso como el actual, en el que Europa tiene que redefinir su papel histórico y su posición política, el sucesor de Hollande realizó un discurso profundamente europeísta (Francia es el faro del viejo continente y la Torre de Hércules del europeísmo. Si Francia se apaga, Europa se para) en el que dijo cosas importantísimas que en España, a pesar de nuestro abrumador y entusiasta sentimiento europeo, no encontraron el eco merecido por el ensordecedor ruido actual de cloacas, acampadas y elecciones.

El antiguo enarca señaló: “Este es el sentido de nuestro compromiso hoy: apoyar juntos y con determinación al pueblo ucraniano frente a la guerra de agresión rusa; rechazar cualquier doble rasero y defender el derecho internacional, también cuando se trata de Palestina y de la seguridad de Israel; defender un orden internacional, sí, basado en el derecho y el diálogo; construir juntos una Europa en paz, una Unión Europea más fuerte, más democrática, más próspera y más soberana, una Europa capaz de proteger a sus ciudadanos, empezando por sus jóvenes, frente a los excesos de las redes sociales, las plataformas digitales y la desinformación”.

“Voluntad o muerte”

Mientras escuchaba estas palabras del marido de Brigitte Trogneux, una profunda melancolía y tristeza inundaba mi ánimo recordando las palabras y los debates que tengo que escuchar en la tribuna de prensa del Congreso, en los medios y en las redes sociales españolas. Las palabras de Macron trajeron a mi mente, una vez más, la célebre reflexión de André Malraux, sempiterno ministro de Cultura del general De Gaulle (qué nivel tiene la clase dirigente francesa): “Europa no será un legado, será voluntad o muerte”.

El presidente nacido en Amiens concluyó su intervención citando a Ortega y celebrando la amistad franco-española y el deseo de que las dos naciones, que comparten un ideal profundamente libre y europeo, sigan actuando juntas.

En este brindis Emmanuel Macron no habló del tema que, junto a la crisis política mundial, más le preocupa: el auge de los extremismos y populismos, especialmente en su país, ante las elecciones presidenciales de la próxima primavera. Había hablado de esto antes en un acto en el Paraninfo de la Universidad Complutense ante 400 estudiantes.

Estoy seguro de que Macron miraba con envidia a la política española cuando la comparaba con la inquietante espada de Damocles que pende sobre la Quinta República francesa. Es muy posible que en la definitiva segunda vuelta de las elecciones francesas del 2 de mayo se enfrenten la líder de la extrema derecha, Marine Le Pen, la gran favorita, con Jean-Luc Mélenchon, el líder de la extrema izquierda. La posibilidad asusta todavía más que una elección entre Santiago Abascal y Pablo Iglesias, que sería la versión patria de esta hecatombe democrática.

Solo la posibilidad de que pase a la segunda vuelta (en lugar de Mélenchon) un candidato moderado de centro derecha o centro izquierda: Édouard Philippe y Gabriel Attal o los socialdemócratas Raphaël Glucksmann y François Hollande, por ejemplo, permite albergar alguna esperanza de que la hija del hombre que trivializaba el Holocausto y las cámaras de gas no sea la nueva inquilina del Elíseo.

Una visita casi clandestina

En su viaje de vuelta a París, Macron pensaba en Pedro Sánchez y en Alberto Núñez Feijóo y en la enorme suerte que tiene España de ser el único de los grandes países europeos donde los dos partidos centrales (socialistas y populares) que han protagonizado la política europea los últimos ochenta años (los más exitosos y felices en siglos de historia) son respectivamente los hegemónicos en la izquierda y en la derecha españolas y los únicos que pueden ganar las elecciones y liderar gobiernos de coalición.

Mientras pensaba en las elecciones galas, en las españolas y en las reflexiones que la ignorada y casi clandestina visita de Emmanuel Macron a España me había suscitado, vinieron a mi cabeza unos hermosísimos versos de Jorge Luis Borges, siempre Borges, de su poema A Francia: “No diré la tarde y la luna; diré Verlaine. / No diré el mar y la cosmogonía; diré el nombre de Hugo. / No la amistad, sino Montaigne. / No diré el fuego; diré Juana.”

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