Opinión

Maricarmen no quería ir a una residencia

Un hombre atendido en una residencia de mayores.
Un hombre atendido en una residencia de mayores.
EFE
Josefa Ros Velasco
Actualizado: h

Han transcurrido casi tres semanas desde que España contempló cómo una octogenaria llamada Maricarmen era sacada en camilla del que consideraba su legítimo hogar para ser trasladada al Hospital Gregorio Marañón, donde permanecería ingresada en observación hasta su fallecimiento, el miércoles pasado.

Los sanitarios del SAMUR que la atendieron a domicilio aquel 23 de septiembre explicaron a los medios de comunicación que la señora estaba sufriendo constantes ataques por conocer que sería desalojada, esa misma mañana, del lugar en el que había permanecido durante más de setenta años, debido a la extinción del antiguo contrato de alquiler que había heredado de su madre.

Mientras se producía la ejecución del desahucio, centenares de personas, concentradas a las puertas de la vivienda sita en el distrito de Retiro, en Madrid, coreaban “Maricarmen no estás sola”. La tarde anterior, el lema de los cánticos era “Maricarmen no se va”. Frente al llamado ático de Ayuso, la masa enfurecida clamaba, en la noche del día de autos, “Maricarmen somos todos”. En muchos sentidos, todas estas consignas estaban cargadas de razones.

Durante el desalojo, el Ayuntamiento ofreció a Maricarmen una plaza de emergencia gratuita en una residencia municipal como solución temporal. Ella respondió con una rotunda negativa. No era la primera vez que rechazaba este tipo de alternativa habitacional.

En declaraciones recogidas por Maldita, Maricarmen admitió que los servicios sociales, al tanto de su situación, le habían propuesto, en noviembre de 2025, mudarse a una residencia pública o a un piso tutelado llegado el momento del desahucio. Entonces también declinó iniciar los trámites para el realojo, aunque poco después claudicó, recibiendo plaza en una residencia de Alcalá de Henares que jamás llegó a pisar.

La misma tarde del 23, estando Maricarmen hospitalizada, la Administración volvió a ofertarle una plaza residencial, esta vez de carácter estable. Tampoco aceptó en esta ocasión. “Maricarmen no quiere ir a una residencia”, lamentó su abogada, Beatriz Duro, ante la audiencia de En boca de todos. “Es una persona que vive, hasta hoy, sola, quiere seguir teniendo su autonomía y viviendo en una casa”, continuó.

La propia Maricarmen expresó en términos similares el motivo de su renuncia a El Español hace como un año: “Es una solución que no me parece bien, porque insisto, yo tengo vitalidad para vivir sola. Yo puedo hacer mis cosas y no hay ninguna necesidad de ayuda. Yo, sinceramente, en una residencia no me veo. No tengo espacio para mi forma de ser, para mi carácter”.

Maricarmen: no estabas sola. Casi nadie quiere irse a una residencia. Este no es un artículo más sobre de la historia de Maricarmen, sino sobre la de infinidad de ancianos que no se quieren ir, pero al final, aún sin queriendo, se van. ¿Por qué prefiere una persona mayor, de salud delicada, afrontar una situación de incertidumbre antes que ingresar en una de estas instituciones?

Comencé a hacerme esta pregunta hace tiempo. Durante el confinamiento por la pandemia del COVID-19 tuve muchas horas para pensar en el asunto. Me entretuve preguntando a algunos jubilados de mi entorno más cercano sobre la perspectiva de vivir en una residencia en el futuro, llegado el caso. La mayoría coincidía en que estos centros no eran lugares en los que mereciera la pena envejecer. Dicho de otra manera, ahorrándome la diplomacia, preferían morirse antes que acabar sus días en una.

No se trataba solo de un efecto pasajero del miedo ante la realidad que se estaba padeciendo en las residencias en 2020. Después de pasar varios años entrando en ellas, entrevistando a quienes viven y trabajan allí, no me atrevo a juzgar como exageradas este tipo de declaraciones.

Solo dos de cada cien adultos mayores acuden a una residencia por voluntad propia. Cerca del 36 % lo hace porque requiere cuidados especializados o constantes que no pueden brindársele en el hogar. Casi un 17 % dice haberse sentido obligado a hacerlo por un familiar, mientras que otro 10 % ha seguido a regañadientes una recomendación de un ser querido. Asimismo, alrededor de un 13 % ingresa para no sentirse una carga para los suyos.

La residencia aparece muy pocas veces como un proyecto de vida elegido y muchas más como el movimiento resultante de una demanda circunstancial o de una decisión tomada, al menos parcialmente, por otros.

Luego tenemos las cifras sobre cómo se vive allí cuando no ha quedado más remedio que aceptar el cambio. El 75 % de los residentes considera que su cotidianeidad en el centro es repetitiva y rutinaria. El 53 %, que las horas y los días se hacen interminables. El 52 % experimenta aburrimiento constantemente. Más de un 62 % siente que ha perdido su libertad y algo menos del 50 % que su vida ha perdido todo sentido. Hay un dato especialmente difícil de digerir. Un 27 % desea que llegue cuanto antes el final de su vida y un 3 % ha pensado alguna vez en el suicidio.

No comparto todo esto para captar su atención a través del sensacionalismo. Lo hago con el objeto de sensibilizarle ante una realidad que solo puede empeorar si se esconde como el polvo bajo la alfombra —como durante tanto tiempo lleva sucediendo, por cierto, con el problema de la vivienda en España—.

Quizá no debamos preguntarnos únicamente por qué las personas mayores no quieren ir a una residencia, sino también qué estamos haciendo para que quieran ir. El problema aparece, en todo caso, cuando concebimos la residencia como el último recurso al que apelar para mantener a las personas con vida cuando todas las demás opciones dejan de estar disponibles. Estamos, pues, ante un problema de modelo.

Maricarmen murió antes de poder volver al piso para el que le habían preparado, justo antes del fatal desenlace, un renovado contrato de alquiler. Es posible que, de haber podido regresar, hubiese tenido que ingresar igualmente en una residencia a los pocos meses. O, a lo mejor, su destino habría sido otro de haber aceptado mudarse a la residencia. Quién sabe.

Cuando llegue el momento en que, siendo viejecitos vulnerables, no podamos permanecer en nuestras casas, por lo que sea, ¿cuáles serán realmente las alternativas y por qué no podría una de ellas consistir en un tipo de residencia a la que quisiéramos ir? Un espacio en el que se pudiese decidir, conservar los vínculos, las costumbres y los intereses; en el que se siguiese reconociendo la vida como propia.

Te invito a explorar esta loca posibilidad en la jornada Después del diagnóstico: recepción, transferencia y transformación del conocimiento científico en residencias de mayores, que se celebrará el próximo jueves 15 de octubre, de 9:00 a 14:00 horas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Allí presentaré los resultados de PRE-BORED, el proyecto de investigación con el que me adentré en las residencias españolas durante tres años y del que proceden las evidencias mostradas hace un rato. Participarán investigadores, responsables de centros, profesionales y representantes de la Administración en un diálogo sobre qué ocurre cuando el conocimiento científico vuelve a las residencias de las que procede y, sobre todo, qué podemos hacer con él para caminar hacia ese modelo deseado.

¡Solo el dato cambiará el relato!

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