La expresión “cuarto poder” se la inventó un poeta: el británico Thomas Babington sumó a los tres clásicos poderes –el legislativo, el ejecutivo y el judicial– el periodismo. Nuestro oficio no busca ganar elecciones, sino revelar la realidad. Un periódico vive de contar noticias, informaciones, según el DLE, “sobre algo que se considera interesante divulgar”. El Diccionario se queda corto: a lo interesante hay que añadir lo importante.
Aunque vaya en contra del signo de los tiempos, Artículo14 se ha limitado a cumplir una función social imprescindible en cualquier democracia: desvelar algo interesante e importante que el poder ha mantenido oculto, y contarlo aportando pruebas y con todo lujo de detalles. La dimisión de Montse Mínguez tras las exclusivas publicadas por Javier Chicote desmontan el mito de que el periodismo tose sangre. Efectivamente, cuando el periodismo se deshace de adjetivos, aparecen el Watergate, los Papeles de Panamá, los de Bárcenas, la dimisión de Cifuentes, el Spotlight, y la dimisión de la portavoz del primer partido del Gobierno, quien en sede parlamentaria declaró que “se trata de fondos buitres o de familias”, cuya pareja poseía decenas de pisos en alquiler de los que ha desahuciado a inquilinos.
Por su parte, Montse Mínguez también ha sido consecuente: quien también fuera número uno del PSC en la lista de Lérida ha asumido su incoherencia y ha decidido “dar un paso atrás, convencida de que es lo mejor para el proyecto colectivo al que he dedicado mi esfuerzo, mi compromiso y mis mejores energías”. Más allá de sus excusas –la de la ultraderecha suena pueril–, la ya exportavoz socialista ha conjugado en presente de indicativo, y en primera persona del singular, un verbo que no se estila: “Dimitir”.
Quien no parece dispuesto a conjugar ese verbo es Pedro Sánchez, que continúa aferrado a la Moncloa pese a los escándalos que cercan a su Gobierno, a su partido y a su entorno familiar. El presidente, tan aficionado a exigir responsabilidades ajenas, no parece contemplar la posibilidad de aplicarse su propia doctrina. Si Mínguez ha entendido que su continuidad podía perjudicar al proyecto colectivo al que dice servir, Sánchez podría preguntarse si su permanencia no perjudica ya al país que preside. Pero hay una diferencia sustancial entre ambos: la portavoz ha dado un paso atrás; el presidente lleva demasiado tiempo convirtiendo cada paso atrás en una razón para seguir adelante.
En definitiva, el periodismo y el poder deben responder ante los hechos. Cuando exclusivas como las de Artículo14 obligan a una dirigente a dimitir, no es la prensa la que se extralimita, sino el periodismo el que cumple con su deber. Y cuando quien gobierna se niega a asumir las consecuencias de sus actos, más necesario resulta ese cuarto poder que algunos querrían reducido a gabinete de propaganda. Montse Mínguez ha dimitido. El periodismo ha hecho su trabajo. A Sánchez le toca decidir si está dispuesto a hacer el suyo.

