Opinión

Otro verano de Liliana

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El asesino de Liliana Rivera Garza sigue libre. Esa frase podría convertirse en el principio y el final de su historia, como ocurre tantas veces con las mujeres asesinadas y con el hombre que acaba con ellas que se convierte, además, en el centro de la atención y en el resumen de una vida; de dos, en realidad.

Pero si leen El invencible verano de Liliana encontrarán algo completamente diferente. Cristina Rivera Garza escribió el libro treinta años después del asesinato de su hermana, ocurrido en Ciudad de México en 1990. Liliana tenía veinte años, estudiaba Arquitectura y desde hacía tiempo intentaba cortar la relación con Ángel González Ramos, su exnovio. Él la mató, y se desvaneció en la nada. A día de hoy, nunca se le ha juzgado.

La adaptación teatral protagonizada por Cecilia Suárez, que regresa ahora a Madrid en el 43 Festival de Otoño, ha transformado la novela en un largo monólogo, pero conserva lo esencial del libro: la obstinación por devolverle a Liliana todo aquello que el criminal intentó arrebatarle. Asesinada la joven, ¿qué fue de su identidad, de su humor, sus amigos, de los apuntes tomados a mano con su letra, de sus proyectos, del próximo fin de semana, de las pequeñas estupideces de los veinte años, de los amores, de sus dudas, de la ropa que llevaba, de lo que quería ser?

Cristina Rivera Garza
Cristina Rivera Garza, ganadora del Premio Pulitzer 2024 por el libro ‘El invencible verano de Liliana’

En el caso de las víctimas, esa segunda muerte que comienza tras la desaparición de los vivos (la construcción de su memoria) corre el riesgo de convertirse en una traición si las recordamos únicamente desde su asesinato. Los veinte años de Liliana, los sesenta y dos de Rosa, los treinta y siete de Amina se organizan de manera retrospectiva en torno al hombre que quiso destruirlas. Y en la construcción de esa biografía buscamos señales premonitorias, o reconstruimos discusiones. Saludaba o no saludaba el asesino. Hubo órdenes de alejamiento, o medidas preventivas. Cuándo comenzó ella a tener miedo. Escudriñamos sus fotografías por si podemos descubrir en ellas algo que quienes aparecen en ellas todavía ignoraban. Y como resultado, dedicamos más atención, conocemos mejor al agresor que a la víctima.

Rivera Garza se rebela contra eso. Cuando pudo, como supo, recuperó cartas, notas, cuadernos, testimonios que le permitieron buscar a su hermana entre los papeles y entre quienes la quisieron. La encontró también en las palabras que en 1990 no existían; México ni siquiera había incorporado el término feminicidio a su lenguaje jurídico, y muchas conductas que ahora reconocemos como acoso, control o violencia se confundían con los celos, o se interpretaban como muestra de amor, centraban inacabables ficciones televisivas o vertebraban apasionados corridos. Reconstruyó todo lo que pudo, pero aún así en la lectura se palpa una ausencia cada vez más asfixiante: el asesino que escapó.

Queremos que lo encuentren. Necesitamos que lo encuentren, porque una historia así exige un punto final que la realidad se negó a escribir. Queremos el juicio, una sentencia, una respuesta. Queremos que alguien enuncie oficialmente qué ocurrió, que dicte que lo hizo ese hombre y que reciba un castigo. Como nada de eso pasó, la reparación ha tenido que buscar otros caminos, y solo cuenta con nosotros.

Cada lector del libro, cada espectador sentado ante Cecilia Suárez, acepta la responsabilidad extraña de conocer a Liliana y de recibir la vida que alguien intentó borrar. Escuchamos su nombre, reconocemos su voz, reímos quizá alguna de sus ocurrencias. Puede que el asesino desapareciera, pero Liliana, aquí, con nosotros, permanece viva, arropada y querida. No hay mucho más consuelo ni mejor venganza.