Opinión

Quince años después de Ruth y José

El año pasado se alcanzó una cifra récord de asesinatos por violencia de género vicaria
La violencia de género vicaria es violencia machista
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Quince años. El 8 de octubre de 2011, Ruth Bretón Ortiz, de 6 años, y José Bretón Ortiz, de 2, fueron asesinados por su progenitor, José Bretón. Dos criaturas. Dos vidas truncadas. Dos víctimas de un crimen que no puede entenderse al margen de la violencia ejercida contra su madre.

Porque José Bretón no mató a su hija y a su hijo al margen de la violencia contra Ruth. Los asesinó para hacerle daño a ella, para vengarse de ella, después de que decidiera separarse. Los asesinó porque no los quería.

La sentencia de la Audiencia Provincial de Córdoba declaró probado que, cuando Ruth le comunicó en septiembre de 2011 su voluntad de terminar el matrimonio y marcharse a vivir a Huelva con sus hijos, Bretón concibió la idea de asesinar a los niños como venganza contra su esposa.

Pocos días después, el 8 de octubre, asesinó a Ruth y José.

No fue un conflicto familiar. No fue una disputa entre progenitores. No fue una tragedia inexplicable. Fue un crimen cometido en el contexto de la violencia de género y dirigido contra la madre a través de sus hijos.

La violencia que Ruth contó después

Hay algo que tampoco podemos olvidar. Ruth Ortiz ha contado que durante años sufrió violencia psicológica. Pero también ha explicado algo fundamental: no fue plenamente consciente de que estaba siendo maltratada hasta después del asesinato de sus criaturas.

En su carta publicada en 2024 explicó que desde el comienzo de la relación había normalizado comportamientos, actitudes y formas de tratarla que no eran normales. Describió un maltrato psicológico que fue incrementándose con el tiempo y que la fue anulando poco a poco.

Durante la última etapa de la relación recibió ayuda psicológica. Comenzó entonces a plantearse que tenía que cambiar su vida y la de sus hijos. Y decidió separarse.

Fue entonces cuando, según relató ella misma, empezó a percibir la dimensión de la peligrosidad de la situación. La separación fue el momento en el que la violencia se hizo extrema.

Y esto también tenemos que aprenderlo: la decisión de una mujer de separarse de su maltratador puede constituir un momento de especial riesgo para ella y para sus hijos e hijas. Lo sabemos. Hay datos. Pero no siempre se actúa con medidas preventivas.

Ruth lo expresó años después con enorme claridad: tras separarse pasó a ser víctima de lo que ella misma denomina violencia de género vicaria y reclamó protocolos específicos de protección para las mujeres y sus hijos en ese momento.

La venganza contra la madre

El concepto es fundamental. Cuando un hombre mata a los hijos para destruir a su madre, los hijos no son el objetivo accidental de una violencia que iba dirigida a otra persona. Son utilizados como instrumento.

El feminicida ya lo era antes de cometer el asesinato. Y el asesinato llega como la continuación del mecanismo de control. Como venganza ante una mujer que ha decidido romper con la relación.

Eso es violencia de género.

Y, cuando hablamos de los asesinatos de niñas y niños en este contexto, debemos ser capaces de nombrarlos también desde la perspectiva de los feminicidios vinculados: mujeres asesinadas por su vínculo con la víctima de violencia de género y personas asesinadas para causar daño a una mujer.

Porque las palabras importan. Nombrar correctamente la violencia permite reconocerla, estudiarla, prevenirla y construir mecanismos específicos de protección.

Quince años de leyes

Han pasado quince años. Y durante este tiempo España ha avanzado legislativamente. La Ley Orgánica 1/2004 ya había establecido un marco integral frente a la violencia de género. En 2015, la Ley Orgánica 8/2015 reforzó el reconocimiento de los hijos e hijas de las mujeres víctimas de violencia de género como víctimas directas. En 2021, la Ley Orgánica 8/2021 consolidó la protección integral de la infancia y la adolescencia frente a la violencia.

Tenemos más instrumentos jurídicos. Más conocimiento. Más evidencia científica. Más protocolos. Más organismos especializados.

Y también tenemos las recomendaciones de los organismos internacionales. CEDAW, GREVIO y el Comité de los Derechos del Niño han reclamado a España que mejore la protección de las mujeres y de sus hijos e hijas frente a la violencia de género.

GREVIO ha advertido específicamente de los problemas relacionados con las decisiones sobre custodia y visitas cuando existe violencia de género y de la necesidad de que el riesgo para las mujeres y para sus hijos e hijas sea adecuadamente valorado. El Comité de los Derechos del Niño ha insistido igualmente en la obligación de que el interés superior del niño sea una consideración primordial y que los niños y niñas expuestos a la violencia sean protegidos.

Y, sin embargo, seguimos hablando de criaturas asesinadas. Seguimos hablando de madres que advierten de que sus hijos tienen miedo. Seguimos hablando de mujeres que necesitan demostrar una y otra vez que existe violencia. Seguimos hablando de decisiones institucionales que, en ocasiones, fragmentan una realidad que debería contemplarse en su conjunto.

No empieza con el asesinato

Porque la violencia de género vicaria no empieza con el asesinato. Este es uno de los errores que debemos superar.

La violencia de género vicaria no comienza necesariamente cuando un hombre mata a sus hijos. Comienza mucho antes. En la amenaza. En el control. En la instrumentalización de los hijos. En el desprecio. En el intento de destruir su vínculo con ellos. En el incumplimiento sistemático de acuerdos. En el uso de los procedimientos judiciales como mecanismo de control. En el miedo. En el aislamiento. En la violencia psicológica.

Y puede intensificarse cuando la mujer decide separarse. Por eso la detección temprana es protección. Y por eso escuchar a las mujeres y escuchar a las criaturas no puede ser un acto secundario.

Ruth y José tenían derecho a vivir. Ruth tendría hoy 21 años. José tendría 17. No sabemos quiénes serían. Qué estarían estudiando. Qué les gustaría hacer. No lo sabemos porque alguien decidió arrebatárselos.

Y también le arrebató a Ruth su maternidad, su presente y una parte de su futuro.

Quince años después, no podemos limitarnos a recordar sus nombres cada 8 de octubre. Tenemos que preguntarnos qué hemos aprendido.

Y, sobre todo: ¿estamos protegiendo realmente a las niñas y a los niños víctimas de violencia de género?

Porque no basta con reconocerlos como víctimas en una ley. No basta con aprobar protocolos. No basta con disponer de sistemas de valoración del riesgo. La protección tiene que llegar antes. Antes del feminicidio o del feminicidio vinculado. Antes de la agresión. Antes de que sea demasiado tarde.

Para ello necesitamos profesionales sensibilizados, coordinación real entre servicios sociales, sanidad, educación, justicia y fuerzas de seguridad. Necesitamos escuchar a las criaturas y comprender que la violencia contra una madre y la violencia contra sus hijos e hijas no son dos problemas diferentes. Forman parte de una misma violencia: la violencia de género.

Y cuando esa violencia utiliza a los hijos para destruir a la madre, hablamos de violencia de género vicaria.

Quince años después de Ruth y José, seguimos teniendo una obligación: que ninguna otra madre tenga que explicar, después de perder a sus hijos, que ella ya había sido víctima de violencia. Que ninguna criatura tenga que morir para que finalmente comprendamos que estaba en peligro.

Ruth y José no son solamente memoria. Son una responsabilidad. Quince años después, seguimos llegando tarde demasiadas veces.

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