El 7 de octubre de 2023 tuvo lugar el peor atentado de la historia en suelo israelí. En las primeras horas de aquel fatídico día, Hamás asesinó a casi 1.200 personas y secuestró a 251 al sortear una de las fronteras más vigiladas del planeta. La línea divisoria establecida entonces constaba de un panel de hormigón que contaba con numerosas torres de vigilancia. A este le seguía una valla metálica. Así pues, los agresores fueron capaces de pasar con éxito por cada uno de los obstáculos existentes. Esta operación arrancó con el lanzamiento de miles de cohetes procedentes de la Franja de Gaza que provocaron la activación de las alarmas antiaéreas. Posteriormente, los asaltantes emplearon drones para destruir torres de vigilancia, módulos de comunicación, así como sensores instalados en la zona. En paralelo, las dos barreras quedaron dañadas a través de explosivos que posibilitaron un libre acceso a Israel por medio de los agujeros y las grandes grietas que éstos habían ocasionado.
Este ataque, meticulosamente planificado, se desarrolló a lo largo de distintos puntos del perímetro del enclave gazatí. En definitiva, esta maniobra –bautizada por Hamás como “Operación Tormenta Al-Aqsa”– no dejó espacio alguno para la improvisación. Es más, no sólo los más mínimos detalles fueron minuciosamente pensados, sino que sus responsables anticiparon el impacto que esta maniobra tendría. Así lo demuestra la denominación de la ofensiva en cuestión que, evocando la idea de tormenta o diluvio, alude a la intención de desbordar al adversario. Y así fue. Poco después de iniciar esta fatal incursión, llegó lo más aterrador: la matanza y el secuestro de personas. Todo ello ocurrió rápidamente en un día muy señalado para la población judía, ya que se cumplían 50 años –y un día– del inicio de la guerra de Yom Kipur. Una fecha escogida, con toda probabilidad, por su tremenda carga simbólica.
Efemérides aparte, no hay duda del desconcierto que la acción de Hamás conllevó. No sólo los israelíes contemplaron atónitos cómo un grupo de milicianos había logrado adentrarse en su territorio para sembrar el caos, sino que también la comunidad internacional observó con estupor cómo la frontera israelí había sido “fácilmente” burlada y cómo, a continuación, muchos de los que traspasaron el espacio fronterizo provocaron la más honda desolación en quienes tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Pero aquí no acaban los hechos. A los pocos días, recuperados relativamente del sobresalto inicial, se orquestó la respuesta iracunda del gobierno israelí que no dudó en emprender una campaña militar que, con el paso del tiempo, provocaría una devastación de enormes dimensiones en Gaza mediante bombardeos, ataques y constantes incursiones militares. Estas acciones, de hecho, rebasaron los límites de lo humanamente soportable. Los datos así lo confirman: más de 70.000 personas han sido asesinadas y alrededor de 175.000 han resultado heridas. Como colofón, el número de desaparecidos supera la escalofriante cifra de los 14.000. La desproporción ha sido total por mucho que Israel sufriera, en su propio territorio, una acción salvaje.
Consecuentemente, los brutales acontecimientos del 7 de octubre dieron pie al Estado israelí –en virtud de una legitimación mal entendida– a convertirse en la encarnación del mal más absoluto al no distinguir, por ejemplo, entre objetivos civiles y militares y a atacar –siguiendo este mismo planteamiento– edificaciones protegidas por el derecho humanitario como –inapelablemente– son los hospitales, escuelas, lugares de culto, etc. La gravedad de todas estas actuaciones ha sido reflejada por la propia Organización de Naciones Unidas (ONU) que, en un informe de 2025, concluyó que Israel había cometido el delito de genocidio en Gaza. Asimismo, la Corte Penal Internacional se movilizó y emitió una orden de arresto contra Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, que en este punto puede decirse que pasará a la Historia –si no lo está haciendo ya– como uno de los grandes sátrapas del siglo XXI; un sátrapa que, por cierto, afrontará en breve unas elecciones que parecen estar muy disputadas. Al hilo de esta última consideración, merece la pena señalar que la campaña electoral está pivotando sobre lo sucedido en aquel infausto 7 de octubre.
Y ahora, ante el transcurso del tiempo que suele ofrecer mesura en los análisis, conviene incidir en una idea que ha sobrevolado en estos tres años: ¿sabía Benjamin Netanyahu lo que iba a ocurrir? Según parece, sí había cierto conocimiento de que algo estaba sucediendo al otro lado de la frontera. Así lo advirtió, entre otros, Estados Unidos o Egipto. Es más, el presidente de Emiratos Árabes Unidos parece que trasladó a Netanyahu, en septiembre de 2023, la advertencia concreta de que Hamás planeaba un gran ataque. En paralelo, el líder de este grupo, Yahya Sinwar, reportó a un alto dirigente de Fatah acerca de que un “terremoto” se aproximaba si no se producían avances en las negociaciones. Esta información, según parece, llegó a los oídos de Benjamin Netanyahu, pero no la compartió.
Sea como fuere, ya no sólo se trata de concluir qué se sabía y qué no. Cabe preguntarse también si una parte de la tragedia acaecida hace 3 años procedió de la propia actuación israelí. En este punto, cobra interés la Directiva Aníbal, adoptada en 1986 con el objeto de impedir la captura de soldados y del resto de la población israelí. Esta directiva –supuestamente– abolida en 2016, instituyó un protocolo conforme al cual se autorizaba el uso de fuerza máxima para evitar secuestros, incluso a riesgo de poner en peligro la vida de los cautivos. Si bien siempre ha existido una densa opacidad en torno a su aplicación, el caos del 7 de octubre reactivó de facto sus peores directrices.
Según revelaron medios israelíes, durante aquel 7 de octubre, los mandos fronterizos tenían la orden de eludir “a toda costa” el cautiverio de ciudadanos. El testimonio de personal militar de las propias Fuerzas de Defensa de Israel ha desvelado que se emitió, al cabo de unas horas, la tajante instrucción: “ni un sólo vehículo puede volver a Gaza”. Esta directriz fue ejecutada a sabiendas de que en el interior de esos automóviles podían hallarse personas secuestradas. Este mismo informante declaró, además, que poco tiempo después un nuevo mandato estipuló que había que “convertir el área alrededor de la valla fronteriza en una zona de muerte”. Víctimas directas, posteriormente liberadas, han confirmado haber sido agredidas por sus propias fuerzas militares. La ONU ha corroborado la veracidad de estos datos al concluir que la aplicación de este protocolo provocó de manera directa la muerte de civiles israelíes.
Asimismo, cabe plantear cierto debate en torno al verdadero objetivo del primer ministro israelí que mantuvo, durante años, la ofensiva sobre la Franja de Gaza. A nadie se le escapa su determinación por boicotear, una y otra vez, las negociaciones de paz. Así, por ejemplo, cabe recordar el asesinato de Ismail Haniyeh, en 2024, quien participó activamente en las negociaciones para alcanzar un alto el fuego, así como el ataque desplegado por Israel contra la delegación negociadora de Hamás en Doha un año después. Ambos episodios permiten, cuando menos, cuestionar el interés real de Netanyahu en poner fin a un conflicto cuya prolongación le ha resultado conveniente para asegurar su supervivencia política (al menos hasta ahora). Con una guerra en curso, las preguntas sobre las responsabilidades por lo ocurrido el 7 de octubre quedan inevitablemente desplazadas por una prioridad mucho más inmediata: derrotar al enemigo.
Más allá de las preguntas sin responder, cabe incidir en una idea principal: una cosa es responder a un ataque y otra convertirlo en el aval de una violencia feroz y desproporcionada. La maldad extrema siempre se intenta disfrazar de necesidad y/o defensa. Así lo ha hecho Benjamin Netanyahu, pero el daño sufrido jamás debe confundirse con una justificación, ni el horror convertirse en patente de corso para el exterminio.
Hilando más fino, hay un término procedente de la Grecia clásica que permite condensar lo explicado: el phármakon. Este concepto aglutinaba un doble y contrapuesto significado: veneno y remedio. Así pues, una misma sustancia podía curar y dañar al mismo tiempo. La imagen resulta sugerente a la hora de aproximarse a lo ocurrido cuando la mecha se encendió abruptamente aquel 7 de octubre. De alguna manera, puede decirse que los ataques de Hamás fueron la sustancia tóxica. Ello, a su vez, provocó una respuesta militar que fue presentada como el antídoto destinado a neutralizar la amenaza; una intervención donde inevitablemente cobra sentido la práctica griega del chivo expiatorio (llamada, por cierto, pharmakós). Esta figura, utilizada en la antigüedad para “purificar” a la comunidad de una desgracia, encaja de forma desgarradora al mirar hacia Gaza en la medida en que su población civil ha terminado por ocupar ese lugar: cargar con los efectos de una violencia extrema y soportar las consecuencias de una solución que no ha hecho sino agravar la enfermedad. Una tragedia ante la cual la comunidad internacional no permaneció ajena, aunque su respuesta distó de ser unánime y ni mucho menos suficiente.

