Opinión

Último tango en Buenos Aires

Reynaldo Sietecase
Actualizado: h

¿Por qué nos conmueve tanto la despedida de Messi? ¿Por qué nos toca en el corazón saber que no lo veremos más con la camiseta celeste y blanca? Creo que una de las razones es que, en la noche del martes, no sólo despedimos a un jugador extraordinario (y no digo irrepetible porque eso pensamos cuando terminó el ciclo Maradona), despediremos una época.

Messi debutó en la selección mayor en 2005. Se va más de veinte años después de su debut. Hay argentinos adultos que prácticamente no recuerdan una Selección sin Messi.

Los números en su carrera son extraordinarios: 208 partidos, 126 goles, 21 en seis campeonatos del mundo, 70 asistencias, campeón juvenil, medalla de oro olímpica, dos veces campeón de América, dos veces sub Campeón del Mundo y Campeón en Qatar 2022. Es simultáneamente el futbolista con más presencias y el máximo goleador de la historia de la Selección. Sus dos últimos mundiales son apenas la coronación de una carrera brillante.

Pero su historia importa más que sus estadísticas. Messi representa algo bastante infrecuente: El niño que se repuso a sus problemas físicos. El jugador que eligió jugar para su país natal cuando podía haber elegido la cuna de oro española. El héroe que primero fue discutido (agredido y vilipendiado) y después, gracias a su inmenso talento, amado.

Y él solo (y su familia, claro) saben cuánto le costó.

Tuvo que lidiar con la comparación imposible e ingrata: “Messi o Maradona”. cuando claramente era Messi y Maradona. Dos distintos y complementarios que permiten acercarse a la loca excepcionalidad argentina.

Su historia es un ejemplo de resiliencia. Perdió mucho antes de ganar: la final del Mundial 2014 y tres finales de Copa América. En 2016 llegó a anunciar su retiro de la Selección. Por suerte no lo hizo. El país le pidió que volviera.

Después llegaron la Copa América 2021, la Finalissima 2022, el Mundial de Qatar y otra Copa América en 2024 y el increíble campeonato mundial de EEUU.

Messi es un ejemplo para preservar, una inspiración. Convirtió la frustración en perseverancia. Su historia argentina no es la del genio al que todo le salió bien. Es la de alguien talentoso que necesitó insistir durante años para conseguir aquello que más deseaba.

También es un ejemplo de liderazgo. Sin gritos, sin autoritarismo, con sensatez y coraje, sin humillar ni insultar a los adversarios. Una actitud contracultural en un mundo donde la violencia es aplaudida y votada.

Messi consigue producir una emoción colectiva y transversal en una sociedad fragmentada y hoy se repetirá ese rito por última vez. Messi es el único argentino vivo que no tiene ateos. Al que nadie discute.

Él, además, tiene una fe que mueve montañas. Alguna vez dijo: “Gracias Dios por hacerme argentino”. En este último tango con la camiseta de la selección, hay que invertir esa frase. Lo que debemos decir es: gracias, Messi, por haber elegido ser argentino.

Gracias por habernos hecho tan felices.

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