Antes existía el mito de que en verano no pasaba nada, que no había noticias. Me acuerdo un día en el que, cuando yo trabajaba en la Cope, acabamos llamando a la emisora de Lérida para pedirle al redactor que estaba de guardia una crónica para un boletín porque vimos en un teletipo que, en una granja de esa provincia, habían sacrificado 50 cerdos por un brote de peste porcina. El compañero, asombrado, dijo: “Pero, si hace dos meses llamé porque habían sacrificado a 2000 cerdos y no quisisteis nada”. Y la respuesta fue: “Ya, pero no era verano”.
De un tiempo a esta parte, eso sí, las cosas han cambiado mucho y las redacciones no suelen dan abasto para afrontar todo lo que viene. Recuerdo, por ejemplo, que las últimas elecciones generales se celebraron, nada más y nada menos, que un 23 de julio. Y, visto lo visto, no parece que las cosas vayan a cambiar mucho este año, al menos hasta que en agosto los jueces se vayan de vacaciones. Hasta entonces seguiremos conociendo el comportamiento vergonzoso y supuestamente delictivo de muchos dirigentes socialistas que están viendo cómo todas sus fechorías han acabado en los medios de comunicación. No en los pseudomedios, no, en los medios gracias a los cuales hemos conocido toda la corrupción que rodea al Gobierno y al PSOE. Y es que, si hay algo “pseudo”, en este tiempo, es el partido socialista, una formación que no busca el bien común, sino el bien de algunos de sus dirigentes.

El Comité Federal del PSOE quiso escenificar el sábado el cierre de filas con Pedro Sánchez y desoyó, o más bien despreció, las advertencias lanzadas por el presidente de Castilla la Mancha, Emiliano García Page, y por la alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés, los dos únicos dirigentes dispuestos a hacer algo de autocrítica, aún a costa de recibir los reproches de los demás, que no ven fallo alguno en la estrategia marcada por Sánchez desde hace tres años.
El problema de todo esto es que hay ciudadanos que han adoptado una posición muy peligrosa, la de pensar que, como todo el mundo roba, es mejor que lo hagan “los tuyos”. Este grupo de españoles no se plantea el deterioro que la corrupción supone para el sistema. Ya lo dijo el fiscal Alejandro Luzón en sus conclusiones del “caso mascarillas”: la corrupción organizada desde las altas esferas del Gobierno “está carcomiendo el sistema democrático”. Pero, oye, que eso no debe de ser tan grave.

A mi juicio, da igual que estas conductas vengan de uno u otro lado. Este tipo de comportamientos deben conllevar algún tipo de reproche, no solo penal, sino político porque, de otro modo, acabaremos siendo como Venezuela, ese estado fallido que no está siendo capaz ni de entregar palas a quienes rescatan a las decenas de miles de personas que permanecen bajo los escombros. La inutilidad del Gobierno de Delcy Rodríguez recuerda mucho a la respuesta que los soviéticos dieron a la catástrofe de Chernobyl. Es lo que tienen los estados fallidos.
Mientras tanto, este verano ocuparé mis vacaciones en leer el libro recién publicado de Santos Cerdán: “La caída: Poder, relato y destrucción en la era del juicio político”. Aunque no sé por qué me da que no habrá dedicado ningún capítulo a hablar de Servinabar, de las compras en El Corte Ingles, de su piso pagado y de sus sucias maniobras con Leire Díez.

