Fue Natalia Junquera quien puso en mi conocimiento a través de una columna suya inigualable titulada “Querido buzón” y publicada en el Jot Down Cultural Magazine, la existencia del libro Cartas memorables, de Shaun Usher, una recopilación de misivas de personajes anónimos y famosos que han llegado hasta nuestros días y que no tienen desperdicio. Y es que, si lo pensamos bien, el whatsapp y el correo electrónico han acabado en muchos casos con la poesía y la gracia que recogían esos trozos de papel que han llegado hasta nuestros días (exceptuando, claro, los mensajes telefónicos entre Ábalos y Koldo). El mensaje más breve recogido en este volumen es el SOS enviado por John F. Kennedy cuando, en plena IIGM, su torpedero quedó partido por la mitad por un ataque japonés y la tripulación de su barco tuvo que refugiarse en una de las Islas Salomón. Como nadie los rescataba, talló en un coco 14 palabras que se podrían resumían en tres y se lo entregó a dos indígenas: “NECESITO BARCO PEQUEÑO”, -escribió-. Milagrosamente el mensaje llegó y Kennedy acabó utilizando ese coco como pisapapeles en el despacho oval. Lo que es la vida.
Son curiosas también las cartas enviadas o recibidas por los distintos mandatarios. En 1960 la reina Isabel II mandó de su puño y letra a Einsehower la receta de sus scones, unos bollos que, aparentemente habían gustado mucho al presidente de Estados Unidos durante su visita a Balmoral un año antes. En ese mismo país, Clementine Churchill llegó a reprender por carta a su marido, el primer ministro, Winston Churchill, porque había notado que ya no era “tan amable como antes” con sus subordinados. Teniendo en cuenta que en aquel 1940 en el que estaba fechada la epístola, Gran Bretaña se encontraba en plena Segunda Guerra Mundial, podría parecer hasta comprensible el mal humor del político conservador.
A Richard Nixon le pasaron dos cosas muy divertidas: cuando el presidente enfermó de neumonía un niño le escribió para instarle fervientemente a comer verdura; y, en 1970, Elvis Presley le hizo un ofrecimiento muy particular. Al parecer, el cantante coleccionaba placas de los cuerpos policiales, pero había una que se le resistía, la del Departamento de Narcóticos y Drogas Peligrosas. Presley llegó a ofrecerse a Nixon como agente independiente porque, -le dijo- había estudiado a fondo “el consumo de estupefacientes y las técnicas comunistas de lavado de cerebro”. La propuesta divirtió al presidente republicano, que acabó entregándole el ansiado tesoro.
Las cartas recopiladas por Usher recogen también las dudas que la aviadora Amelia Earhart le planteó a su prometido antes de contraer matrimonio: “De nuevo te hago saber -le comunicó- que me caso con reticencia”. A pesar de todo lo hizo y, aparentemente, fueron felices hasta que el avión de ella desapareció en el Pacífico seis años después.
En el libro hay misivas desgarradoras, pero me quedo especialmente con dos: una, la que le escribió Katherine Hepburn a Spencer Tracy 18 años después de su muerte. La actriz definía al que fue el amor de su vida como el mejor actor, una faceta que contrastaba con su tormentosa vida personal: “No sabías meterte en tu propia vida, -le decía- pero eras capaz de convertirte en otro”. “Dejabas de ser tú… Y te sentías a salvo”. La otra carta a la que me refiero la escribió el Nóbel de física, Richard Feynman, un año después de la muerte de su mujer para decirle que la seguía amando. “A mí cerebro le cuesta entender lo que significa amarte hasta la muerte, pero todavía quiero consolarte y cuidarte”. Como posdata, el científico añadía: “Perdona que no te envíe esto, pero ignoro tu nueva dirección”. El sobre con estas líneas permaneció cerrado y solo fue encontrado tras la muerte de Feynman en 1988.
Como estamos en verano, voy a acabar con una epístola divertida, la que le envió Groucho Marx a Woody Allen. Éste le había reprochado a través de un amigo que no le hubiera respondido nunca a una de sus misivas, y Marx le contestó diciendo: “Apreciado WW: Contestar cartas no da dinero, salvo que se trate de una carta de crédito recién llegada de Suiza o de la mafia”. ¿Ven como hay que leerse ese libro?

