Marta García no podía levantar la pierna derecha. Tenía 42 años, un bebé al que cuidar y un cuerpo magullado después de dos intervenciones quirúrgicas. Medía su recuperación en centímetros recorridos y en pequeños movimientos que debía repetir hasta conseguir lo que antes hacía sin pensarlo. Mientras, Noemí Carrasco luchaba contra el miedo. Había superado un cáncer de tiroides siendo niña y, en 2024, un segundo diagnóstico, esta vez de mama, volvió a poner su vida patas arriba. Ahora las dos se preparan para recorrer Senegal en bicicleta de montaña y kayak. Quinientos, seiscientos kilómetros o los que hagan falta. Es la distancia que separa una cama de hospital de las ganas de volver a vivir.
Marta y Noemí son dos de las cinco expedicionarias del XII Reto Pelayo Vida, una aventura que comenzará el 24 de noviembre y que durante 17 días atravesará Senegal, desde el entorno de Dakar hasta la región de Casamance. Junto a Vanesa, Milena e Irantzu, seleccionadas entre más de 500 candidatas de nueve países, afrontarán cerca de 600 kilómetros en bicicleta, travesías en kayak y jornadas de convivencia en algunos de los paisajes más exigentes de África occidental.

La expedición pretende dar visibilidad a la vida después del cáncer, una realidad que no se entiende con un simple mensaje de optimismo. A menudo el cáncer deja miedo, rabia, cansancio, cicatrices y una relación completamente distinta con el propio cuerpo.
Marta, el cáncer con un bebé
Marta recibió el diagnóstico de cáncer de ovario en 2023, durante el embarazo. Después del nacimiento de su hijo tuvo que someterse a una segunda cirugía que le provocó una lesión nerviosa en la pierna derecha. Las consecuencias fueron importantes. “Físicamente, fue una recuperación muy, muy larga porque la cirugía me trastocó mucho internamente”.
La intervención afectó también a su sistema linfático. Sufría dolores, pérdida de fuerza y dificultades para realizar movimientos cotidianos. “En el primer mes perdí muchísima masa muscular. La pierna derecha no la podía levantar de determinada manera”. La maternidad no le daba una tregua. “Fue muy duro, pero tuve tanto apoyo de mi marido, de mi familia, de mis amigos… Y bueno, ¡tenía un bebé, imagínate!”.

Fue el punto de partida de una rehabilitación lenta. “Me apoyé en el deporte, en la rehabilitación y, gracias a los ejercicios de fuerza, que yo hasta entonces no les había dado la importancia que tenían -me había centrado en otro tipo de ámbitos en el deporte-, poco a poco, piano a piano, día tras día, fui moviendo la pierna”.
Su aprendizaje ahora tendrá continuidad en tierras africanas, aunque reconoce que la bicicleta no era más que el vehículo que utilizaba durante las vacaciones para acercarse a la piscina del pueblo. “Simplemente yo cogía la bici cuando iba a mi pueblo en verano, para ir a la piscina. Así que me he tenido que poner las pilas con esto y va a ser un doble reto”. Con el kayak tampoco tenía demasiada experiencia, pese a vivir junto al mar en Valencia.
El ejercicio, un aliado contra el cáncer
El testimonio de Marta pone rostro a un cambio importante en la medicina oncológica. Frente a la habitual recomendación de reposo para quienes recibían quimioterapia o radioterapia, hoy sabemos que, salvo contraindicaciones, el ejercicio físico adaptado puede ser una herramienta terapéutica de enorme utilidad.
La Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO) recomienda incorporar ejercicio aeróbico y de fuerza durante los tratamientos oncológicos, siempre atendiendo a la situación clínica de cada paciente. Los estudios han demostrado beneficios sobre la fatiga, la condición cardiovascular, la fuerza muscular y la capacidad funcional. También se han observado mejoras en determinados indicadores de calidad de vida, ansiedad y depresión.
Noemí: “Fue clave en mi estabilidad emocional”
Para Noemí el deporte siempre había formado parte de su vida. “Durante el cáncer fue mi pilar para sostenerme, sobre todo mentalmente, para encontrar una vía de escape de esos sentimientos que no era capaz ni siquiera de entender o de asimilar”. Le permitió trabajar la movilidad del brazo, preservar musculatura y combatir la fatiga de la radioterapia. También le proporcionó cierta sensación de control cuando casi todo parecía depender de decisiones médicas, pruebas y resultados. “Fue absolutamente clave en mi recuperación y en mi estabilidad emocional”, recalca.
Añade un matiz: “el ejercicio debe adaptarse a cada momento de la enfermedad”. Hay días en los que caminar es suficiente, otros en los que conviene descansar y situaciones que requieren supervisión profesional. “No quiero lanzar un mensaje de que es un proceso fácil y que el deporte siempre te va a levantar, pero lo que está claro es que en manos de un buen profesional que sepa guiarte, esa fatiga y esos efectos secundarios de los tratamientos se contrarrestan. A veces hay que enfrentar ese momento de que sientes que tu cuerpo no te acompaña con el deporte, con ciertas pautas y sabiendo cómo hacerlo para ayudarte a reponerte”.
El derecho a venirse abajo
Noemí habla del diagnóstico como un periodo de auténtico desconcierto. “Recuerdo esos momentos de terror paralizante donde era absolutamente incapaz de ver más allá y de estar positiva o de visualizar algo más allá de la enfermedad”. Por eso rechaza imponer a otras pacientes una fortaleza permanente. “A veces también hay que dejarse caer y no tener miedo a ser vulnerables, a mostrarse débiles, porque no es debilidad. Mostrarte débil es fortaleza”.
Después de evocar el conocido refrán de que tras la tormenta sale el sol, Noemí corrige: “Desafortunadamente, no siempre. Ojalá llegue un momento en el que podamos decir que después del cáncer siempre sale el sol, con más investigación y con más tratamientos”.
Cinco mujeres, una experiencia compartida
A Marta le ilusiona especialmente la convivencia con las otras cuatro expedicionarias. “Determinadas situaciones solo las puede entender alguien que lo ha sufrido”. Durante los 17 días en Senegal saben que habrá cansancio, dificultades físicas, calor y momentos de incertidumbre. También risas, confidencias y conversaciones que probablemente no tendrían lugar en otro contexto. La aventura estará dirigida por el deportista Antonio de la Rosa, con preparación individualizada y seguimiento médico previo de las participantes.

Noemí reivindica la posibilidad de recuperar proyectos después de atravesar la enfermedad. “Puedes volver a ser no la de antes, sino una versión mejorada de ti, con sueños, con ilusiones, rodeada de cariño y de amor y de luz”. Aunque el Reto Pelayo Vida se presenta como una celebración de la capacidad de superación, la mejor enseñanza que avanzan sus protagonistas es no hace falta ganar ninguna carrera para demostrar que se ha vuelto a vivir.

