Se repite cada verano con una puntualidad exasperante. Sobrevivimos durante semanas a jornadas maratonianas, entregas de última hora y despedidas antes de las vacaciones. El calendario laboral parece una carrera contrarreloj y, contra todo pronóstico, llegamos a la meta. Cerramos el ordenador, activamos el mensaje de “fuera de la oficina”, hacemos la maleta, llegamos al destino soñado y… treinta y ocho de fiebre. O una gastroenteritis, una migraña incapacitante o un resfriado.
La escena es tan común que llegamos a plantearnos si existirá alguna ley biológica perversa que hace que el cuerpo aguante hasta el primer día de vacaciones y, entonces, decida vengarse. Aunque existe incluso un nombre para este fenómeno -enfermedad del ocio-, ninguna investigación ha demostrado que realmente enfermemos con mayor frecuencia durante las vacaciones. Lo que sí se ha conseguido explicar es por qué resulta fácil que ocurra en determinadas personas.
Un síndrome sin diagnóstico
El término fue acuñado en 2001 por el psicólogo holandés Ad Vingerhoets después de observar que algunas personas parecían desarrollar dolores de cabeza, fatiga, náuseas o infecciones respiratorias precisamente cuando dejaban de trabajar. En una encuesta realizada a cerca de 2.000 personas, alrededor del 3 % afirmaba sentirse sistemáticamente peor los fines de semana o durante las vacaciones que durante los días laborables. No es una cifra elevada, pero sí suficiente para prestar atención.
El problema es que, veinticinco años después, faltan estudios prospectivos que permitan demostrar una relación causal. La mayoría de los datos proceden de cuestionarios y de la memoria de los participantes, un terreno siempre resbaladizo para los médicos, que generalmente prefieren hablar más de una hipótesis razonable desde el punto de vista fisiológico que de una enfermedad reconocida.
El organismo no distingue entre una reunión y un león
Para entender lo que ocurre hay que remontarse a un mecanismo evolutivo que tiene cientos de miles de años. Nuestro cerebro responde al estrés activando el sistema nervioso simpático, el conocido mecanismo de lucha o huida. En cuestión de segundos aumentan la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la liberación de adrenalina y cortisol, dos hormonas indispensables para afrontar una amenaza. El problema es que la biología no distingue demasiado bien entre escapar de un depredador y responder a cincuenta correos electrónicos antes de las once de la mañana. Desde el punto de vista fisiológico, ambos activan circuitos muy parecidos.

Durante un episodio breve de estrés, esta respuesta resulta incluso beneficiosa. Moviliza energía, mantiene el estado de alerta e incluso potencia temporalmente algunos componentes de la respuesta inmunitaria. Pero cuando esa activación se prolonga durante semanas o meses, el sistema deja de ser adaptativo y empieza a generar desgaste. Es lo que el neurocientífico Bruce McEwen, conocido por su trabajo sobre los efectos del estrés ambiental y psicológico en la Universidad de Rockefeller, denominó carga alostática. Es decir, el precio biológico que pagamos por mantener durante demasiado tiempo un organismo diseñado para responder a amenazas puntuales y no para vivir permanentemente en alerta.
Caída abrupta de la adrenalina
Mientras trabajamos sometidos a una elevada presión, el organismo mantiene activados múltiples mecanismos fisiológicos. Cuando desaparece bruscamente ese estímulo el primer día de vacaciones, un fin de semana largo o tras finalizar un proyecto especialmente intenso, se produce un reajuste hormonal y del sistema nervioso. El profesor Alfredo Corell resume este proceso recordando que el sistema nervioso y el inmunitario mantienen una comunicación constante. El estrés prolongado altera esa conversación y modifica la respuesta de nuestras defensas. Cuando cesa de golpe la situación de exigencia, el organismo necesita readaptarse, y esa transición puede coincidir con una mayor vulnerabilidad frente a determinados virus o con la aparición de síntomas que llevaban tiempo gestándose. La psicóloga clínica Christina Bryant recuerda que el cortisol ejerce efectos sobre el sistema inmunitario en cuestión de horas, por lo que descarta que una infección aparezca varios días después únicamente como consecuencia de haber dejado de trabajar.
Tal vez ya estábamos enfermos
Mientras estamos inmersos en un periodo de enorme actividad prestamos mucha menos atención a las pequeñas señales corporales. Cuando finalmente desaparecen las urgencias laborales, la atención vuelve hacia uno mismo y síntomas que antes pasaban inadvertidos, como un dolor de garganta, una cefalea o un cansancio persistente, se hacen mucho más evidentes. El psicólogo James Pennebaker demostró hace años que la percepción de los síntomas depende, en parte, del grado de atención que prestamos. En uno de sus experimentos observó que los estudiantes tosían menos cuando una película les resultaba especialmente interesante y mucho más durante las escenas aburridas.
Además, existe una explicación mucho más prosaica. Las vacaciones multiplican la exposición a virus y bacterias. Aeropuertos, estaciones, aviones, hoteles, bufés libres, piscinas y playas concentran miles de personas procedentes de lugares distintos compartiendo espacios cerrados durante horas. Los estudios sobre vuelos comerciales muestran que el verdadero problema de los resfriados es la proximidad física entre pasajeros y la baja humedad ambiental, que dificulta el funcionamiento normal de las mucosas respiratorias, nuestra primera barrera frente a muchos virus.
A ello se suman cambios bruscos de horario, alteraciones del sueño, deshidratación, comidas copiosas, alcohol, diferencias climáticas o actividades físicas para las que llevamos meses sin entrenar. Muchas veces culpamos al estrés cuando quizá quien tiene más responsabilidad es ese primer partido de pádel después de diez meses sentado delante del ordenador.
Nuestra forma de entender el descanso
Los psicólogos añaden un factor cultural. Vivimos convencidos de que descansar significa dejar de hacer absolutamente todo. Pasamos de jornadas frenéticas a tumbarnos durante horas sin ninguna transición. Borja Farré-Sender, coordinador de la Unidad de Ansiedad y Estrés del Hospital Universitario Dexeus, y Ricardo de Pascual Verdú, profesor de Psicología de la Universidad Europea, señalan que el organismo tolera mucho mejor los cambios graduales que las desconexiones radicales. Quienes centran prácticamente toda su identidad en el trabajo o mantienen una agenda permanentemente saturada parecen experimentar con mayor frecuencia ese “vacío fisiológico” al comenzar las vacaciones.
La prevención no consiste en tomar vitaminas milagrosas ni en llenar el botiquín de suplementos inmunológicos. Las recomendaciones con mayor respaldo son dormir bien durante las semanas previas, evitar trabajar hasta el último minuto antes del viaje, realizar ejercicio físico moderado, mantener una alimentación equilibrada, no alterar de golpe los horarios y permitirse una transición gradual entre la actividad laboral y el descanso. El cuerpo soporta mucho más de lo que imaginamos. Su defecto es que, tarde o temprano, acaba pasando la factura. Y suele elegir el momento en que, por primera vez en mucho tiempo, estamos lo bastante quietos para escuchar la alarma.

