Más de 200 cuadros de gastroenteritis, alrededor de 20 casos de sarna, 21 de impétigo y varias investigaciones relacionadas con la tuberculosis. Las cifras conocidas tras la entrada masiva de migrantes en Ceuta han provocado inquietud entre los habitantes de una ciudad pequeña, densamente poblada y sometida desde finales de julio a una presión extraordinaria. ¿Existe un peligro real de propagación entre la población ceutí?
El virólogo José Antonio López y un médico especializado en enfermedades tropicales con amplia experiencia sobre el terreno, que prefiere mantenerse en el anonimato por la sensibilidad de la situación, coinciden en una conclusión: “El riesgo existe, pero es bajo para quien no conviva ni mantenga un contacto estrecho y prolongado con personas infectadas. La exposición es sensiblemente mayor entre los propios migrantes que sobreviven hacinados y entre quienes los atienden directamente: sanitarios, policías, guardias civiles, militares, trabajadores sociales y voluntarios”.
La principal amenaza no consiste en que quienes cruzaron la frontera hayan introducido una epidemia desconocida. Nace de las condiciones en las que miles de personas han quedado atrapadas después, durmiendo a la intemperie o en alojamientos saturados, sin suficientes duchas, ropa limpia, baños, agua potable ni posibilidad de cumplir correctamente los tratamientos. López considera que la entrada de cualquier grupo numeroso obliga a reforzar la vigilancia, pero rechaza la idea de que Ceuta se encuentre ante un peligro inminente de enfermedades tropicales. “La posibilidad de transmisión de ciertos patógenos no es cero”, explica, aunque recuerda que muchas enfermedades necesitan vectores específicos para propagarse. La presencia de una persona infectada no basta, por sí sola, para iniciar una cadena de transmisión.
Sarna: proximidad, ropa y hacinamiento
La sarna es una infestación producida por un ácaro que se transmite fundamentalmente mediante contacto físico estrecho y prolongado. También puede hacerlo, con menor frecuencia, al compartir ropa, mantas, sábanas o toallas utilizadas por una persona afectada.
El especialista en enfermedades tropicales consultado descarta que pueda extenderse con facilidad al conjunto de Ceuta. “Para la población general que no tiene contacto estrecho con personas enfermas, el riesgo es muy bajo”, señala. No se contagia por cruzarse con alguien en la calle, compartir durante unos minutos un espacio abierto o vivir en el mismo barrio.
El peligro aumenta en asentamientos, centros abarrotados, dormitorios colectivos y cualquier lugar donde varias personas comparten ropa de cama o carecen de medios para lavarla. También entre los profesionales que exploran, trasladan o mantienen contacto físico directo con los afectados. Hasta el 19 de agosto se habían comunicado alrededor de 20 casos entre migrantes. JUPOL informó asimismo de un policía nacional diagnosticado tras trabajar en el dispositivo y Defensa contabilizó 24 casos entre militares, aunque dos eran anteriores a la emergencia. Estas incidencias demuestran que existe una exposición profesional, pero no permiten afirmar que haya un brote extendido entre las fuerzas de seguridad ni, mucho menos, entre la población ceutí.
El tratamiento individual de la sarna pierde eficacia si el enfermo regresa a un espacio donde otras personas continúan afectadas o no puede lavar la ropa y la cama. “La respuesta exige localizar contactos, aplicar el tratamiento a todos cuando corresponda y garantizar condiciones mínimas de higiene”, indica el doctor.
Gastroenteritis e impétigo
Los más de 200 cuadros de gastroenteritis constituyen la incidencia más numerosa detectada durante la crisis. Pueden deberse a distintos virus, bacterias o alimentos contaminados y proliferan cuando no existen suficientes puntos de lavado de manos, baños limpios, conservación adecuada de la comida o acceso seguro al agua. El impétigo, del que se han comunicado 21 casos, es una infección bacteriana superficial de la piel, frecuente en niños y transmisible mediante contacto directo o al compartir objetos contaminados. El calor, las pequeñas heridas, la suciedad y la falta de agua facilitan su propagación.

“Ambas enfermedades son generalmente tratables, pero su control se complica si los pacientes cambian continuamente de ubicación. Prescribir un antibiótico o recomendar hidratación no basta cuando después resulta imposible localizar a la persona, comprobar su evolución o intervenir en el lugar donde contrajo la infección”. El especialista considera muy improbable que las defecaciones al aire libre terminen contaminando el suministro general de agua de Ceuta. Para que se produjera una epidemia de origen hídrico, las aguas fecales tendrían que alcanzar la red de abastecimiento y superar los controles de tratamiento. Sí existe, en cambio, un riesgo local en los asentamientos si se contaminan alimentos, recipientes o puntos improvisados de agua.
La tuberculosis exige seguimiento
La tuberculosis suscita mayor inquietud porque se transmite por el aire. Sin embargo, el contagio suele requerir compartir durante un tiempo considerable un espacio cerrado y mal ventilado con una persona que padezca una tuberculosis pulmonar activa. El 16 de agosto, Sanidad informó de dos casos confirmados. Uno correspondía a un joven que había llegado ya diagnosticado y en tratamiento desde Marruecos. El otro era un residente ceutí cuya enfermedad llevaba unos tres meses bajo investigación. Informaciones posteriores elevaron a cuatro los diagnósticos o casos estudiados, pero no puede presentarse el conjunto como nuevos contagios provocados por la entrada masiva.
También se comunicaron 18 resultados positivos en la prueba de Mantoux. Un positivo indica que la persona ha tenido contacto con la bacteria, pero no demuestra que padezca una tuberculosis activa ni que pueda transmitirla. “Para la población general que hace vida al aire libre, el riesgo actual es bajo. La vulnerabilidad se concentra en quienes permanecen muchas horas junto a un enfermo en habitaciones, tiendas o naves mal ventiladas. Podría aumentar con la llegada del frío si miles de personas continúan sin alojamiento y comienzan a reunirse en espacios cerrados”, explica el médico.
El problema principal es garantizar el aislamiento de los casos activos, completar los tratamientos y estudiar a los contactos. Si un paciente abandona el centro, cambia de asentamiento o no comprende las instrucciones debido a la barrera lingüística, el seguimiento se vuelve mucho más difícil. La Ley de Autonomía del Paciente permite rechazar un tratamiento, aunque contempla excepciones cuando existe un riesgo para la salud pública. En determinadas circunstancias puede ser necesaria la intervención judicial. Los profesionales reclaman recursos de aislamiento, intérpretes y protocolos que permitan aplicar estas medidas sin vulnerar derechos y sin dejar desprotegidos al personal y al resto de pacientes.
La importancia del vector
José Antonio López descarta que la presencia de migrantes implique por sí misma la transmisión local de malaria, fiebre amarilla, dengue, tripanosomiasis o determinadas formas de leishmaniasis. Estas enfermedades necesitan vectores concretos, como ciertas especies de mosquitos, flebotomos o la mosca tsetsé. Para que surgiera una cadena de contagios no bastaría con que llegara una persona enferma. Tendría que existir en Ceuta el vector competente, picar al afectado y transmitir después el patógeno a otra persona. “Los mayores peligros potenciales no se dan porque no existen los vectores suficientes para transmitir muchas de estas enfermedades”, detalla el virólogo.
El VIH, según dice, tampoco representa un riesgo para la convivencia cotidiana. No se transmite por el aire, por compartir instalaciones, por tocar a una persona ni por prestarle asistencia con las precauciones habituales. Relacionarlo con una amenaza general para los ceutíes carecería de fundamento científico y contribuiría a estigmatizar a los migrantes. López recuerda que la vigilancia epidemiológica debe aplicarse a cualquier movilidad internacional. El turismo masivo y los viajes desde territorios con coberturas vacunales deficientes también pueden introducir infecciones.
La rabia, un riesgo distinto
La proximidad con Marruecos mantiene un riesgo estructural de entrada de animales infectados por rabia, pero no consta que durante la reciente avalancha hayan atravesado la frontera perros u otros animales. El 3 de junio de 2026 entró desde Marruecos un perro infectado, aunque ocurrió por la frontera de Beni Enzar, en Melilla, no en Ceuta. El animal murió y el Centro Nacional de Microbiología confirmó el virus. No se conocieron personas ni animales agredidos. Ceuta dispone de controles y lugares de aislamiento para perros, gatos y hurones procedentes de terceros países que no cumplen los requisitos sanitarios. Por tanto, se trata de un peligro fronterizo permanente, no de una consecuencia demostrada de la crisis actual.
Los expertos no justifican la alarma para el conjunto de los ceutíes, pero tampoco recomiendan minimizar el problema. La medida más eficaz es corregir las condiciones que multiplican las infecciones. Proporcionar agua, baños, duchas, lavandería, ropa limpia, alimentación segura, alojamiento ventilado y espacios de aislamiento. A ello deben añadirse intérpretes, vacunación, diagnóstico temprano y sistemas que permitan localizar a los pacientes y tratar a sus contactos. Ceuta no afronta por ahora una epidemia, pero el escenario podría favorecerla si la precariedad se prolonga.

