“Respira. Mira por el retrovisor”. La voz de Carme Macías apenas cambia de tono durante toda la clase. Lleva más de veinte años trabajando como profesora de autoescuela y, desde hace un tiempo, una parte importante de su trabajo ya no consiste en enseñar a conducir, sino en acompañar a personas que, pese a tener el permiso desde hace años, han dejado de ponerse al volante por miedo.
Hoy acompaña a Ana Martín, arquitecta de 43 años y madre de dos hijos. Ana coloca las manos sobre el volante con tanta fuerza que los nudillos se vuelven blancos. Antes incluso de arrancar, suspira.
-Estoy nerviosa, reconoce.
-Es normal -responde Carme-. No has venido a demostrar nada. Solo vamos a conducir.
El coche avanza despacio por una calle transitada de la zona universitaria de Barcelona. Cada rotonda parece un examen. Cada incorporación, una decisión difícil. Cuando un vehículo aparece a lo lejos, Ana levanta el pie del acelerador antes de tiempo.
-Perdón, voy muy lenta.
Carme sonríe.
-No tienes que pedir perdón por aprender otra vez.
La escena se repetirá varias veces durante la hora de clase. También las disculpas.
“Pensé que iba a perder el control del coche”
Ana obtuvo el permiso de conducir hace más de una década años. Durante mucho tiempo utilizó el coche para ir a trabajar, hacer la compra o viajar los fines de semana. Nunca sufrió un accidente grave. Todo cambió una mañana en una autovía. “Empecé a notar que me faltaba el aire. Pensé que iba a perder el control del coche. Conseguí parar en un área de servicio y, desde entonces, no he vuelto a conducir por carretera”, explica.
Al principio evitó únicamente las autovías. Después dejó de circular por el centro de la ciudad. Con el tiempo, acabó renunciando prácticamente a conducir en cualquier circunstancia. “Mi marido empezó a llevar siempre el coche. Parecía una solución cómoda, pero un día me di cuenta de que dependía de él para casi todo”, sigue.
Diversos estudios estiman que la amaxofobia -el miedo intenso o irracional a conducir– afecta a un porcentaje significativo de personas con permiso de conducir. Aunque puede aparecer tras un accidente, también es frecuente que surja después de un episodio de ansiedad, de un largo periodo sin conducir o de una pérdida progresiva de confianza al volante. Lo llamativo es que, según un estudio de la Fundación CEA, alrededor del 75 % de quienes acuden a programas especializados para recuperar la conducción son mujeres mayores de 40 años.
Una cuestión de confianza
“Muchísimas mujeres llegan convencidas de que son malas conductoras. Después de dos clases compruebas que técnicamente conducen bien. El problema casi nunca es la conducción; es la confianza”, explica Carme.
Los hombres también sienten miedo, explica, pero suelen gestionarlo de otra manera. “Muchos continúan conduciendo aunque se sientan inseguros. En cambio, muchas mujeres dejan de hacerlo cuando sienten que no lo hacen perfecto”, nos cuenta.
Para numerosos especialistas en psicología del tráfico, esta diferencia no responde únicamente a factores individuales. También influye la forma en que hombres y mujeres han sido socializados frente al error. Mientras a ellos se les ha permitido asumir más riesgos desde pequeños, muchas mujeres han crecido con una mayor exigencia por hacerlo todo correctamente y con un miedo más intenso a equivocarse.
Conducir, además, tiene una carga simbólica que va mucho más allá del desplazamiento. Supone tomar decisiones, reaccionar con rapidez y desenvolverse con autonomía en un espacio históricamente asociado al control y la seguridad. “Es muy frecuente escuchar frases como ‘soy un desastre conduciendo’ o ‘seguro que estoy molestando al resto’. Muchas alumnas empiezan la clase pidiendo perdón antes incluso de arrancar», explica Carme.
Ese sentimiento aparece una y otra vez durante la sesión. Cada vez que Ana tarda unos segundos más en incorporarse al tráfico, se disculpa. Cuando aparca algo más lejos del bordillo, vuelve a hacerlo. Cuando duda en una rotonda, pide perdón otra vez. “Nunca me había dado cuenta de que paso todo el rato disculpándome”, reconoce al terminar la clase.
Las consecuencias
Las consecuencias de este miedo van mucho más allá del volante. Hay mujeres que rechazan empleos porque implican desplazamientos diarios. Otras dependen de su pareja o de familiares para llevar a sus hijos al colegio, acudir a una cita médica o simplemente hacer la compra. Algunas organizan sus vacaciones únicamente en lugares bien comunicados por transporte público. Poco a poco, el miedo las condiciona y termina reduciendo su autonomía sin que apenas sean conscientes de ello.
Y cuanto menos se conduce, más difícil resulta volver a hacerlo. Los especialistas explican que evitar conducir produce un alivio inmediato, pero refuerza el problema. Cada trayecto que se evita confirma al cerebro la falsa idea de que conducir era realmente peligroso. Es un círculo del que resulta difícil salir sin ayuda.
Por eso han proliferado las clases específicas para recuperar la confianza al volante. No se enseña a aprobar un examen, sino a reconstruir la seguridad perdida mediante una exposición progresiva.
La metodología es sencilla: recorridos cortos, dificultad creciente y ausencia de juicios. “Nos marcamos pequeños objetivos. Hoy salir del barrio. Mañana hacer una rotonda. Después una circunvalación. No buscamos conductores perfectos; buscamos personas que vuelvan a sentirse libres”, explica Carme.
La clase termina casi una hora después. No ha habido grandes gestas. No han recorrido cientos de kilómetros. No han circulado a gran velocidad. Simplemente han enlazado varias calles, una avenida con tráfico intenso y dos rotondas que, al principio, parecían inalcanzables. Cuando el coche vuelve a detenerse frente a la autoescuela, Ana apaga el motor y guarda unos segundos de silencio. “Hoy hacía cuatro años que no conducía sin que alguien de mi familia viniera conmigo”, confiesa Ana. Carme la mira satisfecha. “¿Ves? Hoy no ha conducido el miedo. Has conducido tú”.

