Desde el vecino que pinta la fachada al que sale de nuevo a pasear empujando el carrito del bebé, sin temer una bala perdida. En la barrida del Rocío de Isla Cristina, en Huelva, retoman la vida cotidiana al margen de la batalla entre clanes que el domingo se saldó con tres muertos. Dos llevan el apellido Salazar; madre y hermana del líder de un clan que se sabía en el punto de mira de los Moriña desde que Manuel El Baba disparó primero, hace dos años. La víctima imprevista de este ajuste de cuentas es el menor de 16 años que pasaba por allí cuando un moto paró y sus dos ocupantes descerrajaron sobre ellos el cargador del arma automática que portaba cada uno. Balística de la Guardia Civil ya las tiene en su poder.
“Antes le robaban la escopeta a un cazador si querían un arma, pero la realidad de Huelva ya no es esa desde que, hace diez años, empezó a entrar cocaína en lugar de hachís. Es una droga más cara y hay una red de narcos colombianos y mejicanos pendientes de su alijo”, explica Lucas Lavilla. El portavoz de la Asociación Unificada de Guardias Civiles en Huelva lleva más de 20 años en el Cuerpo y ha visto la deriva criminal. En el tiroteo mortal de Isla Cristina no pone tanto el foco en el quién lo hizo y por qué sino con qué: “El problema no es el ataque sino cómo ha conseguido entrar esa arma larga en nuestro territorio”. La respuesta la da él mismo: “Entran por el narcotráfico, alijadas en la mercancía”.
La rencilla familiar que terminó en vendetta entre clanes
Nadie imaginaba una venganza así. Con la matriarca de los Salazar, de 62 años, y su hija de 39 años embarazada de ocho meses acribilladas en plena calle. Creían que el ojo por ojo había quedado saldado un año atrás, cuando dispararon de muerte al patriarca en represalia por lo que había hecho su hijo. Manuel El Baba fue el primero en sacar el arma. Por eso, al conocerse las víctimas del domingo nadie dudó el motivo. Todos sabían de la amenaza que había proferido El Baba a su mujer, hace dos años: “O ellos o yo”. Enfrente estaban los hermanos de Saray, del clan de los Moriña. Al parecer, tras una disputa en el negocio que compartían ambas familias Manuel buscó el apoyo de su mujer sin encontrarlo. El que ella se decantase por la sangre de su sangre ha derivado en lo que hoy es una vendetta entre clanes, que por ahora suma cinco víctimas.
El primer muerto llevaba el apellido de los Moriña. A Ramón lo mató El Baba el 10 de septiembre de 2024, en Torrejón, Huelva. La barriada se convirtió en un polvorín. Durante días, los vecinos grabaron el sonido de disparos al aire rompiendo la tranquilidad de la madrugada onubense. Los efectivos policiales se multiplicaron en una zona en busca del autor. Las represalias no tardaron en producirse. A finales de octubre, el edificio de Torrejón en el que entonces vivía la familia de Manuel ardió de arriba a abajo, desde los trasteros de la azotea hasta el portal. El rastro del fuego aún puede verse en la fachada. La venganza de los Moriña contra los Salazar cobró forma mientras el asesino huía de la provincia. El Baba se refugió en Gijón con sus enemigos pisándole los talones, con recompensa de por medio: “50.000 euros para quien dé con esta rata”, difundieron en redes sociales junto al rostro de Manuel Salazar. Tuvo la suerte de que lo encontrara antes la Guardia Civil.

Entre rejas, al Baba le han comunicado en estos dos años las tres muertes de su clan. La de su padre, su madre y una de sus hermanas. La amenaza que él lanzó, y decidió cumplir, a la que es hoy su exmujer le ha salido cara. De su matrimonio, le queda un hijo en común. Un Salazar Moriña. Aunque si nada frena esta secuencia criminal es imposible saber la deriva de este enfrentamiento. Cuál será la siguiente víctima. De momento, los Moriña han abandonado la barriada del Rocío al igual que hicieron los Salazar tras el incendio de su bloque, en Torrejón. Dos años después, se está produciendo una réplica de aquel exilio, a la inversa.
“Ni Huelva está segura ni cogemos toda la droga”
La evolución es totalmente impredecible. Si el tiroteo del domingo pilló a todos por sorpresa, ahora es imposible prever cuál será la magnitud de la respuesta. El líder de los Salazar está en prisión, pero los asesinos de su familia siguen en libertad. La Guardia Civil ha ampliado la búsqueda fuera de Huelva, tanto hacia Sevilla como a Portugal. Horas después del suceso, el incendio de una moto en un pinar de Isla Cristina desataba las alarmas. Algunos testigos recuerdan perfectamente a dos hombres huyendo a la carrera, monte a través. Entre la hojarasca, los agentes de Policía Judicial de Huelva recogieron y embolsaron como prueba una Ak-47 que analizan si es la empleada en el triple crimen.
De aquellos barros estos lodos. “Esto no es puntual. Hace un mes y medio, hubo un enfrentamiento entre agentes de Antidroga y unos narcotraficantes que los ametrallaron desde una furgoneta”, apunta Lavilla. Para el portavoz de la AUGC en Huelva, esa sensación de impunidad es fruto de la falta de medios y formación: “En la provincia, no llegamos a 1.400 efectivos destinados de los que no todos están operativos y, en lo mollar, en el músculo operativo, necesitaríamos un refuerzo de al menos 500 agentes más sobre el terreno. Todas las unidades están bajo mínimo”, sentencia especialmente molesto con el discurso de María José Rico: “La subdelegada de Gobierno ha dicho que Huelva es una provincia segura y se ha jactado de la droga que cogemos, cuando todo el mundo sabe que apenas se coge un 10 por ciento de todo lo que entra”. Es la misma queja que trasladan sindicatos de Policía Nacional que también operan en la zona. Entre unos y otros se reparten un territorio cada vez más tomado por un narcotráfico armado en el que, por si fuera poco, ahora se cuela esta guerra entre clanes que en otro tiempo fueron familia.

