Entrevista

La ingeniera que permite caminar a niños con enfermedad neuromuscular

Elena García Armada es la creadora del primer exoesqueleto pediátrico. Recuerda cómo una niña llamada Daniela cambió el rumbo de su carrera y convirtió la robótica en una herramienta que transforma vidas

Elena García Armada, creadora del primer exoesqueleto pediátrico
Elena García Armada, creadora del primer exoesqueleto pediátrico
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Cada 23 de junio, el Día Internacional de la Mujer Ingeniera recuerda que la innovación también tiene nombre de mujer. En España, Elena García Armada (Valladolidad, 1971), ingeniera industrial, investigadora y creadora del primer exoesqueleto pediátrico del mundo, ha conseguido que una tecnología nacida en un laboratorio permita a niños con enfermedades neuromusculares ponerse de pie y dar sus primeros pasos.

El origen de esa revolución científica nació de una niña llamada Daniela cuando los padres llegaron hasta su laboratorio buscando una respuesta. Su hija había quedado tetrapléjica tras un grave accidente de tráfico y nadie podía ofrecerles una solución que le permitiera volver a caminar. La investigadora se preguntó si existía en algún lugar del mundo un exoesqueleto infantil capaz de ayudarla. La respuesta fue desalentadora. Ni existía ni había nadie desarrollándolo.

El germen de todo

Aquel vacío terminó cambiando su propia vida. Hasta 2009, García Armada había centrado su trabajo en exoesqueletos para los trabajadores de la industria pesada. Su fascinación por la ingeniería venía de la infancia. “Desde pequeña siempre tuve curiosidad por entender cómo funcionaban las cosas. Me gustaba construir, desmontar y aprender experimentando”, nos cuenta. Aunque también le atraían las bellas artes, heredó de sus padres esa inclinación técnica y el gusto por explorar. Más adelante, gracias a un tío investigador del CSIC, descubrió el mundo de la robótica y quedó fascinada por la posibilidad de que una máquina pudiera reproducir movimientos inspirados en la naturaleza.

Danela prueba el exoesqueleto pediátrico en la sede de Aspace. EFE Juan Herrero
Danela prueba el exoesqueleto pediátrico en la sede de Aspace. EFE Juan Herrero
EFE Juan Herrero

Conocer a Daniela modificó por completo la manera de entender su profesión. “Comprendí que la tecnología adquiere una dimensión completamente distinta cuando deja de ser solo un reto técnico y se convierte en una herramienta para cambiar la vida de las personas”, explica. Hasta entonces, su trabajo había estado orientado a mejorar procesos industriales, buscando eficiencia y rendimiento. De repente, cada decisión de diseño dejó de ser únicamente un problema de ingeniería para convertirse en una oportunidad de devolver autonomía, experiencias y calidad de vida a un niño.

También cambió su forma de medir el éxito. “Dejé de preguntarme únicamente si una tecnología funcionaba y empecé a pensar qué impacto real podía tener en quien la utilizaba y en su familia”. La determinación de Daniela y de sus padres terminó de convencerla de que existía un campo en el que la ingeniería podía producir un beneficio extraordinariamente tangible. Fue entonces cuando decidió dedicar su carrera a desarrollar tecnología con el propósito de abrir posibilidades allí donde hasta entonces no existían.

Elena García Armada

Tres años después, aquel empeño dio sus primeros frutos. Daniela consiguió ponerse en pie y dar sus primeros pasos con un prototipo desarrollado por el equipo de García Armada. Aquella escena continúa siendo uno de los recuerdos más intensos de su trayectoria. “Todo el esfuerzo y todos los retos cobraron sentido”, reconoce. Aquel primer dispositivo acabaría convirtiéndose en el germen del primer exoesqueleto pediátrico del mundo y abriría una nueva etapa para la robótica asistencial.

Impacto en la vida del niño

La investigadora explica que el impacto de estos dispositivos va mucho más allá del movimiento. “Que un niño pueda verse de pie, caminar, interactuar y descubrir el mundo desde la misma altura que cualquier otro tiene un enorme efecto físico, emocional y también en su desarrollo personal”. En una etapa decisiva del crecimiento, esas experiencias fortalecen la confianza, la motivación y la relación con el entorno.

La transformación alcanza igualmente a quienes acompañan al niño. “Para las familias, presenciar esos momentos, muchas veces impensables hasta entonces, supone una emoción difícil de describir. No se trata únicamente de ver caminar a un hijo; es volver a abrir posibilidades, recuperar expectativas y descubrir nuevas formas de participación y autonomía en la vida cotidiana”. Ese cambio genera ilusión, fortalece la implicación en el proceso terapéutico y modifica incluso la dinámica familiar.

Sin embargo, desarrollar una innovación de este tipo ha sido solo una parte del camino. García Armada reconoce que el verdadero desafío comienza cuando la tecnología debe salir del laboratorio y llegar a los hospitales. “El mayor obstáculo no suele estar en el desarrollo tecnológico, sino en todo lo que rodea su incorporación a la práctica clínica”. Demostrar la seguridad, la eficacia y el beneficio real para los pacientes exige años de investigación, ensayos y validaciones. Después llegan los complejos procesos regulatorios propios de cualquier dispositivo médico y, finalmente, otro reto igualmente importante: conseguir que los hospitales integren esa tecnología, formar a los profesionales y adaptarla a los circuitos asistenciales. “Es un proceso largo y exigente, pero imprescindible para que la innovación llegue de verdad a quienes la necesitan”.

Robots cada vez más dinámicos

Mirando al futuro, la investigadora está convencida de que la inteligencia artificial transformará profundamente la robótica asistencial durante la próxima década. Imagina sistemas capaces de adaptar la ayuda en tiempo real según la evolución del paciente, ofreciendo tratamientos mucho más personalizados. También prevé una integración cada vez mayor con los datos clínicos, permitiendo un seguimiento continuo tanto dentro como fuera del hospital. “La robótica dejará de ser una tecnología estática para convertirse en un acompañamiento dinámico del paciente”, resume.

Cuando estudiaba Ingeniería Industrial jamás imaginó que acabaría recorriendo este camino. Su objetivo entonces era adquirir una buena formación y comprender el funcionamiento de los sistemas. Lo que sí recuerda haber tenido desde el principio era la convicción de que la ingeniería podía servir para crear tecnología útil y mejorar la vida de las personas. “Más que un plan preconcebido, ha sido un camino construido a partir de oportunidades, decisiones y encuentros que han ido dando sentido a esa vocación inicial”.

Los reconocimientos internacionales que ha recibido en los últimos años son motivo de orgullo para todo el equipo, especialmente porque proceden de ámbitos científicos, tecnológicos, sociales e institucionales muy diferentes. No se atreve a valorar un premio concreto por encima del resto. “El verdadero reconocimiento es comprobar que nuestro trabajo se entiende y se valora por el impacto que tiene sobre la vida de las personas. Todos los premios tienen un significado común: confirmar que vamos en la dirección correcta”.

Igualdad de oportunidades para su uso

Ese propósito sigue guiando también su mayor sueño. García Armada aspira a que la robótica asistencial deje de ser una tecnología excepcional y pueda incorporarse de forma habitual a los sistemas sanitarios. “Hoy el acceso sigue siendo limitado. Mi deseo es que ningún niño deje de beneficiarse de ella por el lugar donde vive o por motivos económicos. La innovación debe convertirse en una herramienta de igualdad de oportunidades para la infancia.”

El modelo Atlas 2030 del CSIC, el primero del mundo. EFE/ Kiko Huesca
El modelo Atlas 2030 del CSIC, el primero del mundo. EFE/ Kiko Huesca
EFE/ Kiko Huesca

Mientras ese futuro llega, su equipo continúa dando pasos para hacerlo posible. El objetivo inmediato pasa por obtener la certificación europea de EXPLORER MB, un exoesqueleto de uso personal pensado para acompañar a los niños en su vida cotidiana. Seguirán perfeccionando el dispositivo, consolidando la presencia de ATLAS 2030 en Europa y avanzando en la internacionalización de una tecnología que nació pensando en una única niña y que hoy aspira a cambiar la vida de miles.

Esta misma semana, tres niños con discapacidad han podido dar sus primeros pasos gracias a las pruebas de este exoesqueleto pediátrico que se están llevando a cabo en el centro “Cromo Somos” de Badajoz. Al preguntarle a García Armada qué siente cada vez que un niño consigue ponerse en pie, habla desde la emoción. “Desde el punto de vista personal es algo difícil de describir. Científicamente supone la confirmación de que la tecnología funciona en el mundo real. Pero, sobre todo, saber que ese avance transforma la vida del niño y también la de su familia es la mayor recompensa y lo que me anima a seguir adelante”.

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