20.º Aniversario

Natascha Kampusch: 3.096 días secuestrada y veinte años dando explicaciones

Tenía diez años cuando Wolfgang Přiklopil la encerró en una habitación sin ventanas y 18 cuando consiguió huir. Este 23 de agosto se cumplen veinte años de una liberación que despertó muchas sospechas

Natascha Kampusch
El secuestro de Natascha Kampusch, con tan sólo diez años, conmocionó a toda una generación
Efe/KiloyCuarto

Cuando Natascha Kampusch llamó a la ventana de una vecina el 23 de agosto de 2006, llevaba ocho años y medio desaparecida. Estaba pálida y muy delgada. Acababa de cumplir 18 años. “Soy Natascha Kampusch”, dijo. La mujer, una jubilada de 71 años, avisó a la policía. Una cicatriz, sus documentos y las pruebas de ADN confirmaron poco después su identidad. Antes de encontrar ayuda, había atravesado jardines pidiendo auxilio a varias personas que la ignoraron.

Este domingo se cumplen veinte años de aquella huida. Sin embargo, escapar no significó recuperar inmediatamente la libertad. Cuando comenzó a hablar, muchos desconfiaron de su relato. Parecía demasiado serena, se negaba a revelar algunos detalles íntimos, describía a su secuestrador como un ser humano y llegó a llorar al conocer su muerte.

RSC02 VIENA (AUSTRIA), 06/09/2006.- Una mujer sigue por televisión la entrevista de la cadena austriaca ORF a Natascha Kampusch en Viena, Austria, hoy, miércoles 6 de septiembre. Natascha estuvo secuestrada durante más de ocho años y recuperó la libertad hace dos semanas. EFE/Roland Schlager ***SE PERMITE LA PUBLICACION DE ESTA FOTOGRAFIA SOLO PARA NOTICIAS QUE MENCIONEN LA ENTREVISTA A NATASCHA KAMPUSCH EN LA CADENA DE TELEVISION "ORF" DEL 6 DE SEPTIEMBRE DE 2006 Y LOS REPORTAJES EN RELACION A ESTE CASO DE GRAN INTERES PUBLICO. OBLIGATORIO CREDITO: "ORF".***
RSC02 VIENA (AUSTRIA), 06/09/2006.- Una mujer sigue por televisión la entrevista de la cadena austriaca ORF a Natascha Kampusch en Viena, Austria, hoy, miércoles 6 de septiembre. Natascha estuvo secuestrada durante más de ocho años y recuperó la libertad hace dos semanas. EFE/Roland Schlager

La sociedad esperaba un monstruo sin matices y una víctima aterrorizada. Como Natascha no se ajustaba por completo a ese guion, comenzaron las preguntas: ¿por qué no había escapado antes?, ¿por qué sentía compasión por su captor?, ¿estaba contando toda la verdad? Después de sobrevivir a 3.096 días de cautiverio, tuvo que demostrar que había sufrido de la manera correcta.

La mañana en que desapareció

El 2 de marzo de 1998, Natascha salió de su casa en Viena para ir al colegio. Tenía diez años y acababa de discutir con su madre. Durante el trayecto observó una furgoneta blanca. Junto a ella se encontraba Wolfgang Přiklopil, un técnico de comunicaciones de 35 años.

La niña percibió el peligro y pensó en cruzar la calle, pero continuó caminando. Přiklopil la introdujo en el vehículo y la condujo hasta su vivienda de Strasshof, a unos treinta kilómetros de Viena. Allí había construido bajo el garaje una habitación insonorizada, oculta tras una trampilla, una escalera y una puerta de acero disimulada por un armario. No tenía ventanas y medía unos metros cuadrados. Su existencia demostraba que el secuestro había sido preparado.

La policía inspeccionó centenares de furgonetas blancas, incluida la suya, pero aceptó su explicación de que utilizaba el vehículo para transportar materiales de construcción. Durante los primeros seis meses, Natascha no salió una sola vez de aquella habitación, iluminada artificialmente y acompañada por el ruido constante de un ventilador.

“Ahora me perteneces”

Přiklopil no buscaba únicamente retener a una niña. Quería fabricar una persona subordinada. Le aseguró que sus padres no la querían y que, desde entonces, le pertenecía. Intentó incluso cambiarle el nombre: debía llamarse Bibiana o Vivi. La obligaba a dirigirse a él como “Maestro”, aunque ella se resistía siempre que podía. El secuestrador fue desplegando los mecanismos propios del control coercitivo: aislamiento, vigilancia, amenazas, privación de alimentos y destrucción progresiva de la autonomía.

Afirmaba tener una pistola y explosivos y le advertía de que, si intentaba huir, mataría a otras personas antes de suicidarse. De ese modo, escapar dejaba de parecer una decisión individual. Natascha creía que cualquier intento podía provocar la muerte de quienes acudieran a ayudarla.

El cautiverio alternaba momentos de aparente normalidad con episodios de extrema crueldad. Přiklopil le proporcionaba libros, una radio o acceso ocasional a la televisión, pero también la golpeaba, humillaba, afeitaba su cabeza, restringía la comida y la obligaba a trabajar. A los 16 años pesaba alrededor de 38 kilos. Debía cocinar, limpiar y colaborar en las obras de la casa, en ocasiones con muy poca ropa. Cualquier gesto podía desencadenar un castigo y devolverla al sótano.

La alternancia entre concesiones y violencia constituía otra herramienta de dominación. En semejantes circunstancias, un plato de comida o unas horas en la superficie podían parecer favores extraordinarios. Natascha siempre protegió los detalles sexuales de su secuestro. En sus memorias reconoció haber sufrido abusos, pero se negó a convertir su intimidad en espectáculo.

NAT28 VIENA (AUSTRIA), 9/9/2010.- La joven austríaca Natascha Kampusch posa durante la presentación de su autobiografía, "3.096 días", en Viena, Austria, hoy, jueves 9 de septiembre de 2010. Los 3.096 días del título son los ocho años de su secuestro -del 2 de marzo de 1998 al 23 de agosto de 2006-, en los que pasó de los 10 a los 18 años encerrada bajo tierra a merced de Wolfgang Priklopil, que se suicidó el mismo día que la chica logró escaparse. EFE/Roland Schlager
NAT28 VIENA (AUSTRIA), 9/9/2010.- La joven austríaca Natascha Kampusch posa durante la presentación de su autobiografía, “3.096 días”, en Viena, Austria, en septiembre de 2010. Los 3.096 días del título son los ocho años de su secuestro -del 2 de marzo de 1998 al 23 de agosto de 2006-, en los que pasó de los 10 a los 18 años encerrada bajo tierra. EFE/Roland Schlager

Táctica para sobrevivir

Přiklopil no buscaba amor, sino propiedad. En ocasiones, ella se comportaba como una niña más pequeña y pedía que le contara cuentos o la arropase. Era una forma de adaptación, igual que aprendió a interpretar los cambios de humor de su captor, anticipar el peligro y utilizar sus debilidades. Leyó, estudió y discutió con él. Se aferró a esos pequeños actos de resistencia para conservar su voluntad. También trató de comprenderlo, una capacidad que después sería utilizada contra ella. Pero entender a Přiklopil no significaba justificarlo. Era una herramienta para sobrevivir.

No podía odiarle a todas horas porque durante años fue el único ser humano con el que tuvo contacto y la única fuente de comida, información y acceso al exterior. La dependencia impuesta explica la ambivalencia que muchos interpretarían después como una anomalía. Con el paso del tiempo, Přiklopil comenzó a permitirle salir de la casa. La llevó a comer, a comprar e incluso realizó con ella algún viaje. Estas salidas alimentaron una de las preguntas más repetidas: ¿por qué no pidió ayuda?

Natascha estaba convencida de que él llevaba armas, podía detonar explosivos o matar a cualquiera que interviniera. Carecía de documentación, dinero y experiencia del mundo adulto y permanecía bajo vigilancia constante. Sabía, además, que un intento fallido tendría consecuencias terribles. En algunas ocasiones trató de llamar la atención y durante años estudió posibles vías de escape. Esperaba una oportunidad que no condujera de inmediato a la muerte.

Síndrome de Estocolmo

La oportunidad llegó el 23 de agosto de 2006. Natascha limpiaba con una aspiradora la misma furgoneta blanca en el jardín cuando Přiklopil recibió una llamada telefónica. El ruido le obligó a alejarse unos metros. En cuanto quedó fuera de su campo de visión, ella soltó la aspiradora y echó a correr. Atravesó jardines, saltó vallas y recorrió unos doscientos metros hasta encontrar una puerta abierta. Entonces comprendió que las bombas con las que la había amenazado no existían. La llamada a la policía se registró a las 13.04. Horas después, Přiklopil se arrojó delante de un tren. Había repetido que nunca permitiría que lo capturasen con vida. Su muerte dejó muchas preguntas sin respuesta y evitó la celebración de un juicio. Toda la atención recayó entonces sobre Natascha.

La joven lloró al conocer la noticia y pidió que no se redujera a su secuestrador a una caricatura. Su reacción se atribuyó de inmediato al llamado síndrome de Estocolmo, una etiqueta utilizada para explicar la vinculación emocional que puede surgir en situaciones de dependencia extrema. Pronto aparecieron insinuaciones sobre lo que supuestamente ocultaba, el dinero que podía ganar o las razones por las que no había escapado antes. En 2010 publicó 3.096 días y posteriormente Diez años de libertad. También ha trabajado en televisión y promovido proyectos contra el acoso y la violencia digital.

Compró la casa de Přiklopil para impedir que se convirtiera en un lugar de peregrinación, aunque el sótano permanece sellado. No fue un gesto sentimental, sino una forma de recuperar el control sobre el escenario de su cautiverio. Natascha tiene hoy 38 años y ya ha vivido más tiempo en libertad que encerrada. Ha contado que, cuando tenía 12 años y permanecía en aquella habitación sin ventanas, imaginaba que una mujer de 18 acudiría algún día a rescatarla. Aquella mujer llegó. Era ella misma.