La DANA de octubre de 2024 dejó más de 230 muertos en Valencia y unas imágenes que no hemos olvidado. En Turís se registraron hasta 772 litros por metro cuadrado en una jornada y 185 en una hora. Dos años después, las precipitaciones de la DANA Adam despiertan la misma inquietud. ¿Puede repetirse una catástrofe semejante?
“Es comprensible que exista preocupación después de lo ocurrido en Valencia en octubre de 2024. Cuando una sociedad vive una tragedia de esas dimensiones, es lógico que aumente su sensibilidad ante situaciones meteorológicas similares. Pero creo que debemos diferenciar entre tener miedo y ser conscientes de los riesgos a los que estamos expuestos”, explica a Artículo 14 Rubén Murga Fernández, ingeniero de Montes y director de Basotec. Su respuesta a la posibilidad de que vuelva a producirse una catástrofe semejante es clara: “Existe, evidentemente, pero sería poco riguroso intentar establecer cuándo o dónde se va a repetir una situación como la de Valencia”.
Según explica, una DANA no tiene por qué terminar en una inundación destructiva. Las consecuencias dependen también del estado de los cauces, la planificación territorial, las construcciones en zonas inundables y la capacidad de respuesta de las administraciones. “Las DANAs no son fenómenos nuevos ni todas tienen consecuencias catastróficas. Forman parte de nuestra dinámica atmosférica y se han producido históricamente en España, especialmente en el entorno mediterráneo. Lo que sí sabemos es que el cambio climático está modificando las condiciones en las que se desarrollan algunos fenómenos meteorológicos extremos, favoreciendo que determinados episodios de precipitaciones puedan alcanzar una mayor intensidad”.
Las lluvias pueden ser más violentas
Las investigaciones realizadas después de la tragedia valenciana respaldan esta preocupación. En febrero de 2026, la revista Nature Communications publicó un estudio dirigido por Carlos Calvo-Sancho que reconstruyó las condiciones meteorológicas de octubre de 2024 mediante simulaciones de alta resolución. Los científicos concluyeron que el calentamiento provocado por la actividad humana intensificó aproximadamente un 21% las precipitaciones acumuladas en seis horas, incrementó un 19% el volumen de agua caída sobre la cuenca del Júcar y amplió un 55% la superficie afectada por lluvias extremas.

Otro análisis, realizado por World Weather Attribution en noviembre de 2024, estimó preliminarmente que las lluvias diarias extremas en el centro y sureste de España son un 12% más intensas y el doble de probables que en un clima preindustrial. Una tercera investigación, publicada en marzo de 2026 por científicos del Barcelona Supercomputing Center, reveló que las elevadas temperaturas del Mediterráneo y del Atlántico Norte contribuyeron a intensificar las precipitaciones de aquella DANA.
Murga considera que estos conocimientos deben servir para mejorar la preparación, no para alimentar el miedo. “No debemos caer en el alarmismo, pero tampoco en el negacionismo. El cambio climático es una realidad respaldada por la ciencia, y nuestra obligación, especialmente desde el ámbito de la protección civil, es adaptar la prevención y la gestión de emergencias a esa realidad”.
Veinte kilómetros pueden cambiarlo todo
Uno de los principales problemas es la dificultad de determinar con precisión dónde descargarán las tormentas más violentas. “Una diferencia de apenas 20 o 30 kilómetros puede hacer que una localidad registre precipitaciones extraordinarias mientras otra relativamente cercana reciba cantidades mucho menores. Esto ocurre especialmente cuando se desarrollan tormentas intensas, organizadas o prácticamente estacionarias sobre una determinada zona”.
Aunque los modelos meteorológicos permiten anticipar situaciones peligrosas, todavía existen incertidumbres importantes sobre su localización exacta. “Desde el punto de vista de la gestión de emergencias -continúa el experto-, esta incertidumbre es muy importante. No podemos esperar a saber con absoluta precisión dónde va a descargar una tormenta para comenzar a adoptar medidas preventivas”.
Valencia ofrece el mejor ejemplo. AEMET había identificado la posibilidad de una DANA varios días antes de la catástrofe y emitió avisos conforme se aproximaba el episodio. Sin embargo, el mensaje masivo de alerta a los teléfonos móviles de la población valenciana no llegó hasta las 20.11 horas del 29 de octubre, cuando numerosas localidades ya estaban inundadas. Para Murga, esta es una de las principales lecciones que deben extraerse de lo sucedido. “No basta con disponer de buenos sistemas de predicción meteorológica. Es imprescindible que esa información se transforme en decisiones preventivas y operativas con suficiente antelación”.
Considera que tenemos profesionales extraordinariamente preparados y sistemas de predicción y vigilancia que han mejorado muchísimo durante las últimas décadas. “Pero la gestión de una emergencia requiere algo más: coordinación entre administraciones, procedimientos claros, capacidad de anticipación y una comunicación rápida y comprensible con la población».
El peligro de construir donde puede llegar el agua
La vulnerabilidad del territorio es, en su opinión, otro de los grandes desafíos. Los daños no dependen exclusivamente de las precipitaciones, sino también de la configuración de las cuencas y de la ocupación de espacios inundables. “Por ejemplo, no es lo mismo que se registren 100 litros por metro cuadrado en una zona poco vulnerable que en una cuenca con barrancos, áreas urbanizadas, infraestructuras críticas o población expuesta. Las consecuencias pueden ser radicalmente diferentes”.

La revisión del PATRICOVA, presentada por la Generalitat Valenciana el pasado 15 de octubre, refleja la dimensión del problema. La nueva cartografía amplía un 61,2% la superficie identificada como inundable en las zonas estudiadas, que pasa de 27.162 a 43.779 hectáreas. Esto no significa que la peligrosidad haya aumentado en esa proporción durante los últimos dos años, sino que ahora se reconocen áreas que no quedaron contempladas. Murga insiste en que la gestión del territorio y el mantenimiento de los cauces son fundamentales para reducir las consecuencias de las avenidas. La urbanización de zonas expuestas puede convertir una precipitación extrema en una emergencia de grandes dimensiones.
La población también desempeña un papel decisivo. Saber cómo actuar cuando llega una alerta puede salvar vidas. “Debemos mejorar nuestra cultura de autoprotección. La población tiene que saber qué hacer cuando recibe un aviso, conocer los riesgos de su entorno y comprender que determinadas conductas, como atravesar zonas inundadas, circular por pasos inferiores o acercarse a cauces y barrancos durante una avenida, pueden tener consecuencias fatales”.
El experto recuerda que las medidas preventivas no deben desacreditarse cuando finalmente la tormenta resulta menos grave de lo anunciado. ”La incertidumbre forma parte de la meteorología y adoptar medidas preventivas que después resulten no haber sido necesarias no significa necesariamente que se haya actuado mal”.
Murga resume el desafío frente a la lluvia con un recordatorio: “El objetivo no puede ser evitar que se produzcan fenómenos meteorológicos extremos, porque eso no está en nuestra mano. Nuestro objetivo debe ser conseguir que, cuando se produzcan, sus consecuencias sobre las personas sean las menores posibles”.

