De la pantalla a la cama y de la cama a la muerte: cómo la asfixia sexual se ha convertido en una práctica normalizada

La pornografía, la falta de educación afectivo-sexual y la normalización de la violencia están cambiando los límites de lo que algunos entienden como sexo

Cómo la asfixia sexual se ha convertido en una práctica normalizada
Cómo la asfixia sexual se ha convertido en una práctica normalizada
KiloyCuarto

Hay prácticas sexuales que han dejado de parecer extremas para convertirse, poco a poco, en algo cotidiano. La estrangulación, a menudo denominada asfixia o “choking” en los contenidos sexuales, es una de ellas. El problema aparece cuando una conducta que implica presionar el cuello, dificultar la respiración o reducir el flujo sanguíneo hacia el cerebro empieza a presentarse como un gesto más dentro de una relación sexual.

Noemí Álvarez Boyero, psicóloga especializada en agresiones sexuales, advierte de que “estamos siendo testigos de un aumento de este tipo de prácticas desde hace años”. Y sitúa una parte del problema en el entorno cultural en el que están creciendo los más jóvenes: “La naturalización de conductas violentas en el sexo aparece debido a diferentes fenómenos”.

La cuestión no es únicamente que exista la práctica, sino que pueda llegar a incorporarse a una relación sin una verdadera negociación previa, sin conocer sus riesgos y, en ocasiones, dando por hecho que la otra persona quiere aquello que se está haciendo.

Una práctica con consecuencias que pueden ser irreversibles

La estrangulación no es una práctica inocua. La presión sobre el cuello puede provocar pérdida de conocimiento, lesiones neurológicas y otras consecuencias graves. En los casos extremos, puede causar la muerte.

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Un estudio publicado en Archives of Sexual Behavior en 2024, realizado con 4.702 australianos de entre 18 y 35 años, encontró que el 57% había experimentado alguna vez estrangulación durante el sexo y el 51% había estrangulado a una pareja. La investigación también detectó que la exposición a la pornografía y las normas sociales estaban relacionadas con una percepción más positiva de esta práctica.

No significa que estos datos puedan trasladarse directamente a España, pero sí sirven para observar una tendencia estudiada internacionalmente: la práctica está dejando de ser marginal entre determinados grupos de población joven.

Y existe otra cuestión especialmente delicada: el consentimiento. “Primero tiene que existir efectivamente un consentimiento explícito”, explica Álvarez. Pero añade una advertencia fundamental: “nadie puede consentir su propia muerte o una lesión grave”.

El porno como primer profesor de sexo

En España tampoco existen cifras oficiales que permitan decir cuántas estrangulaciones sexuales se producen, cuántas terminan en lesiones o cuántas muertes están relacionadas directamente con ellas. Las estadísticas del Ministerio del Interior clasifican los delitos sexuales por tipologías, edad y sexo, pero no incluyen una categoría específica para esta práctica.

Lo que sí permiten comprobar los datos españoles es que los menores ocupan un lugar especialmente relevante dentro de las estadísticas de violencia sexual. En 2023, el 42,6% de las victimizaciones por delitos contra la libertad sexual correspondieron a menores, según el Ministerio del Interior. En el caso de las agresiones y abusos sexuales, los menores representaron el 40,1%.

A esto se suma la edad cada vez más temprana de contacto con la pornografía. Un estudio de Fad Juventud señala que el 45% de los jóvenes de 16 a 29 años tuvo su primer contacto con el porno entre los 12 y los 15 años y que uno de cada cuatro lo hizo antes de los 12. Ocho de cada diez consideran que acceder por primera vez fue fácil.

Para Álvarez, esa exposición temprana tiene consecuencias en la manera de interpretar la sexualidad: “Cuanto más pequeñita es la persona a la que exponemos a este tipo de contenido, con mayor probabilidad va a ocurrir el fenómeno de desensibilización”.

La psicóloga explica que el cerebro puede acostumbrarse a imágenes violentas cuando se repiten constantemente. Y el problema se agrava cuando esas imágenes se convierten en uno de los primeros referentes sexuales.

“Corremos el riesgo de estar dejando en manos de este tipo de contenido pornográfico la educación sexual de los más pequeños”, advierte. El propio estudio de Fad recoge que el 31% de los jóvenes considera que la pornografía puede generar fantasías sexuales en las que se ejerce o recibe violencia.

Cuando el “sí” no significa comprender el riesgo

Uno de los principales problemas está en confundir consentimiento con conocimiento. Que una persona acepte una determinada conducta no significa necesariamente que conozca sus consecuencias físicas ni que pueda prever hasta dónde llegará.

La pornografía tampoco suele mostrar la conversación previa que debería existir en una relación sexual. No aparecen la negociación, los límites ni la posibilidad de detenerse. “No se muestra ningún tipo de negociación”, señala Álvarez. Lo que aparece en pantalla, explica, es una práctica que se realiza y una respuesta de aparente placer por parte de la persona que la recibe.

Ese guion puede generar una peligrosa asociación: si la pantalla muestra violencia y la presenta como excitante, algunos jóvenes pueden terminar interpretándola como una parte normal de las relaciones sexuales.

“Esto también lleva mucho engaño”, sostiene la especialista. Y recuerda que las consecuencias no siempre aparecen inmediatamente. En consulta, explica que ha encontrado personas que después de determinadas experiencias desarrollan rechazo hacia el sexo, pérdida del deseo o incluso respuestas violentas que ellas mismas no comprenden.

Educación sexual antes de que llegue la pantalla

La respuesta, para la psicóloga, no pasa únicamente por hablar de riesgos sexuales. Hay que empezar mucho antes. “La educación sexual no es solo educarnos en prácticas sexuales o en prevenir prácticas de riesgo”, explica. También implica enseñar afectividad, respeto, empatía y cuidado.

Porque antes de aprender qué es el sexo, los niños ya están aprendiendo qué significa querer a otra persona. “Lo que los niños ven en casa. Ya estamos instaurándoles esta idea de cómo es el afecto. Y la idea de que el afecto sobre todo tiene que ser respeto”, apunta.

Y ahí está quizá la cuestión central. La estrangulación sexual no aparece de la nada. Se introduce en un contexto en el que la violencia puede presentarse como deseable, excitante o incluso romántica. Las prácticas de dominación y sumisión pueden existir dentro de determinadas relaciones sexuales, pero Álvarez insiste en que requieren “negociación, consenso y sobre todo confianza”.

 

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