En junio de 1940, Hitler pone Francia a sus pies. Ese mismo mes, el país galo firma el armisticio con Alemania. El III Reich sabe que Reino Unido no se va a rendir y decide que la única forma de ganar la guerra es acabar con la Unión Soviética, el verdadero enemigo ideológico del nacionalsocialismo y una fuente de recursos prácticamente ilimitada. El 31 de julio, Hitler les dice a sus generales: «Rusia debe ser liquidada. Primavera de 1941».
El 3 de abril de 1941, dos jóvenes fuman mirando el cielo de Budapest. Uno de ellos es judío; el otro, su mejor amigo, un húngaro de clase noble, será movilizado pronto para combatir junto a los alemanes y ser devorado por el hielo en la misma tierra que acabó un siglo antes con el mayor conquistador de todos los tiempos, con el permiso de Alejandro Magno y Pablo de Tarso. «Nos volveremos a encontrar, camarada», dice el húngaro. «Cuando el mundo sea libre», responde su amigo judío.
Así arranca El silencio de los justos, la nueva novela de Andrea Tomé.
Y hay algo extraordinariamente poderoso en esa escena. Mientras los grandes hombres de Europa deciden el destino de millones de personas sobre un mapa, dos muchachos comparten un cigarrillo y se prometen que volverán a verse. La Historia, con mayúsculas, avanza inexorablemente hacia la catástrofe. Ellos, entretanto, todavía tienen la esperanza de conservar su amistad. En esa distancia entre lo que sucede en los despachos y lo que se pierde en las calles reside buena parte de la grandeza de esta novela.
La Historia no es un decorado
Andrea Tomé ha escrito una novela histórica de más de seiscientas páginas que nos conduce hasta uno de los episodios más oscuros de la Segunda Guerra Mundial: la ocupación alemana de Hungría en 1944 y la persecución sistemática de su población judía. Pero sería injusto reducir El silencio de los justos a otra narración sobre el Holocausto. Su ambición es mayor. La escritora gallega trata de comprender qué sucede con las personas corrientes cuando el mundo que conocen comienza a desmoronarse.
Uno de sus principales valores es el extraordinario trabajo de documentación que sostiene la ficción. Y no se trata de una investigación improvisada para ambientar una novela. Andrea Tomé, nacida en Ferrol en 1994, se ha formado en estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Nottingham y en Yad Vashem, y colabora como voluntaria con los Archivos Arolsen, una institución dedicada a preservar la memoria documental de las víctimas del nazismo.
Ese interés por la memoria histórica ya estaba presente en su trayectoria literaria. En El valle oscuro abordó la Segunda Guerra Mundial desde Okinawa, mientras que Las diurnas exploró la persecución de las mujeres acusadas de brujería en la Inglaterra del siglo XVII. Ahora vuelve a mirar hacia el pasado europeo con una historia en la que los acontecimientos reales y los personajes de ficción se entrelazan.
Lo interesante de este planteamiento es que la documentación histórica no funciona únicamente como una sucesión de fechas, nombres y acontecimientos. La política, las convicciones ideológicas, las diferencias sociales y las decisiones militares intervienen directamente en la vida de los protagonistas. La guerra deja de ser un escenario lejano y se convierte en una presencia que condiciona lo que pueden hacer, lo que deben callar y, sobre todo, a quiénes pueden proteger.
Dos amigos frente al abismo

Ádám Farkas y Jonatán representan el corazón emocional de El silencio de los justos. El primero pertenece a una familia aristocrática húngara y es oficial del ejército. El segundo es judío y debe abandonar su país ante una persecución que amenaza con destruir cuanto conoce. Sus caminos se separan, pero la amistad permanece como un vínculo entre dos mundos que la guerra se empeña en enfrentar.
Andrea Tomé encuentra aquí uno de los enfoques más interesantes de la novela: contraponer la intimidad de las relaciones humanas con la dimensión casi incomprensible de una tragedia universal. Porque resulta difícil imaginar el sufrimiento de millones de personas, pero es mucho más sencillo comprender el miedo a perder a nuestro mejor amigo. Y es precisamente esa identificación la que permite acercarse al horror desde una perspectiva profundamente humana.
Hay otra cuestión importante. La amistad de Ádám y Jonatán no existe al margen de las contradicciones políticas y sociales de su tiempo. Ambos pertenecen a realidades distintas, tienen obligaciones diferentes y deben enfrentarse a decisiones que jamás habrían imaginado durante su juventud. La guerra no solamente amenaza sus vidas: también pone a prueba sus principios.
La novela adquiere así una dimensión moral que trasciende la supervivencia. ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por alguien a quien queremos? ¿Qué responsabilidad tenemos frente al sufrimiento de los demás? ¿Y qué significa hacer lo correcto cuando las leyes, las instituciones y los gobiernos han dejado de distinguir entre la justicia y la barbarie?
El hombre que salvó a miles de judíos
La tercera gran figura de El silencio de los justos es Ángel Sanz Briz, el diplomático español que pasó a la historia como el «ángel de Budapest». Su intervención permitió proteger y salvar a más de cinco mil judíos húngaros durante la ocupación nazi, una hazaña que lo convirtió en uno de los grandes ejemplos de resistencia humanitaria de la Segunda Guerra Mundial.
Lo fascinante de su presencia es que introduce una forma de heroísmo muy distinta de la que habitualmente asociamos con las novelas bélicas. Sanz Briz no necesita empuñar un fusil ni dirigir un ejército. Sus armas son los documentos, la diplomacia, la perseverancia y la capacidad de utilizar los estrechos márgenes de actuación que le proporciona su posición.
Frente a una maquinaria burocrática diseñada para organizar el exterminio, aparece un hombre que utiliza la burocracia para salvar vidas. Es una contradicción tan poderosa que apenas necesita artificios literarios. Y constituye, probablemente, una de las ideas más valiosas que propone la obra: incluso en las circunstancias más terribles, las decisiones individuales pueden tener consecuencias extraordinarias.
La historia de Sanz Briz se entrelaza con la de los dos amigos y con una misión relacionada con la difusión del Informe de Auschwitz, uno de los testimonios fundamentales para dar a conocer el funcionamiento del sistema de exterminio nazi. De esta manera, la novela conecta las decisiones de los gobiernos, la resistencia frente al nazismo y los esfuerzos de quienes trataron de impedir que el silencio se convirtiera en cómplice del horror.
Una novela monumental que también quiere ser adictiva

El otro gran acierto del planteamiento de Andrea Tomé es su voluntad de construir una historia que no dependa exclusivamente de la importancia de los acontecimientos narrados. Porque el rigor histórico, por sí solo, no garantiza una buena novela. Se puede conocer perfectamente una época y ser incapaz de convertirla en literatura.
El silencio de los justos busca precisamente ese equilibrio. La separación de los protagonistas, las distintas líneas argumentales y la carrera contrarreloj para conseguir que determinadas pruebas lleguen a conocerse proporcionan un impulso narrativo que acerca la obra al territorio del thriller histórico.
La escritura de Tomé se apoya, además, en una combinación de escenas íntimas, conversaciones y acontecimientos históricos que permite cambiar de escala constantemente. De una despedida entre dos jóvenes pasamos a las consecuencias de una decisión militar. De una amistad particular, al destino de miles de desconocidos. Y de un gesto de ternura, a una Europa consumida por la violencia.
Ese contraste ayuda a que la dimensión histórica no ahogue la narración. La novela puede permitirse ser extensa porque su propuesta no consiste únicamente en reconstruir un periodo, sino en desarrollar varias vidas sometidas a una presión creciente. La incertidumbre, el peligro y los dilemas morales se convierten así en los grandes motores de la lectura.
Cuando salvar una vida significa salvar el mundo
Tal vez lo más hermoso de El silencio de los justos sea la idea que late detrás de su argumento. Hemos dedicado bibliotecas enteras a estudiar a los hombres que provocaron las guerras, pero todavía nos queda mucho por contar sobre quienes trataron de impedir sus consecuencias. Los grandes nombres de la Historia suelen pertenecer a generales, dictadores y conquistadores. Sin embargo, en los momentos más oscuros también hubo personas que decidieron ayudar a otras, aun sabiendo que podían perderlo todo.
Andrea Tomé coloca esas decisiones en el centro de su novela y propone una manera distinta de aproximarse a la Segunda Guerra Mundial. El interés está en quienes encontraron razones para preservar la vida cuando todo a su alrededor parecía organizado para arrebatarla.
Quizá por eso resulta tan significativo regresar a aquellos dos muchachos que fumaban bajo el cielo de Budapest en abril de 1941. Ninguno de ellos podía imaginar lo que estaba a punto de suceder. Tampoco sabían cuánto podría costarles cumplir aquella promesa. Pero todavía eran capaces de imaginar un futuro en el que volverían a encontrarse.
Eso es lo que distingue a El silencio de los justos: una novela sobre una época en la que la barbarie parecía haber vencido, pero en la que todavía quedaban personas dispuestas a creer que el mundo podía volver a ser libre.

