A Virginie Despentes le cuesta escribir. Lo dice ante el patio lleno de La Casa Encendida, al comienzo de un texto preparado para recordar los veinte años de Teoría King Kong. Le angustia decir tonterías, parecer estúpida, provocar un escándalo. También ser juzgada por los suyos. “Me cuesta por la ansiedad de que se monte un escándalo y también de ser juzgada y atacada por las personas que considero mi familia política”. La autora de uno de los ensayos que más han contribuido a extender el vocabulario feminista comienza hablando de su miedo a tomar la palabra.
La confesión acompaña una intervención que lee en castellano, un esfuerzo que después reconoce ante el público: es la primera vez que escribe y lee un texto en esa lengua. El encuentro, integrado en el ciclo Una posibilidad de escritura política, vuelve sobre un libro publicado en 2006, escrito desde la experiencia de la violación, la prostitución y la exclusión de los modelos de feminidad aceptables. Dos décadas después, Despentes examina qué ha cambiado para las mujeres que hablan y qué ocurre cuando el espacio conquistado se convierte también en un lugar de vigilancia.
En el contrato original, recuerda, el ensayo llevaba un título más explícito: Violación, prostitución, pornografía. La acogida editorial fue tibia. “Cuando entregué Teoría King Kong al tipo de la editorial francesa, me dijo seriamente que la palabra feminista ya no le interesaba a nadie. Menos mal que insistí”.

Entonces arrastraba la recepción de Fóllame, la película que había situado su trabajo en el centro de una disputa sobre sexo, violencia y legitimidad cultural. “Con esta película fuimos tratadas como las sin papeles de la cultura”. Al disponerse a escribir el ensayo, esperaba recibir el mismo trato: críticas insultantes, entrevistas despectivas y hostilidad en los debates. “Todo estaba permitido con una mujer joven que escribía sobre sexo”. Tenía lectoras, pero aquel respaldo carecía del prestigio que conceden las instituciones.
La gestación de Teoría King Kong está atravesada por las lecturas y los encuentros que ampliaron su idea del feminismo. Despentes recuerda la dificultad para conseguir determinados libros, la circulación de ejemplares entre amigas y el impacto de descubrir a autoras y activistas que defendían los derechos de las trabajadoras sexuales. Quería acompañar el ensayo con un documental sobre feminismo prosexo y una película pornográfica. Finalmente rodó Mutantes.
Durante aquel viaje a Estados Unidos entrevistó a Margo St. James, activista por los derechos de las trabajadoras sexuales. Al llegar a su casa encontraron una gran bandera estadounidense. Era la época de la guerra de Irak. Después de la entrevista preguntaron por ella: su hijo estaba destinado allí como soldado. Despentes escuchó un discurso patriótico con el que discrepaba, dentro de una conversación con una mujer cuya trayectoria le interesaba.

Hoy, sostiene, aquel encuentro habría podido frustrarse antes de empezar: una fotografía en Instagram, una advertencia sobre sus posiciones políticas, la sospecha de estar dando espacio a alguien inconveniente. “No tenías que justificarte para hablar con una mujer con quien no estabas de acuerdo. Ser correcta no era un objetivo en sí mismo”. Echa de menos la incertidumbre que permite conocer a alguien sin exigirle de antemano una coincidencia completa.
Tampoco idealiza los debates de entonces. Recuerda la dureza de los enfrentamientos sobre prostitución y pornografía y su resistencia a aceptar una única sexualidad legítima para todas las mujeres. Escribir el ensayo respondía a sus “ganas de romper con un feminismo que veía como un convento con reglas estrictas”. Reivindicaba la posibilidad de experimentar, equivocarse y cambiar.
Mientras rodaba Mutantes se enamoró de la mujer que llevaba la cámara. Al regresar a Francia comprendió el alcance de aquella experiencia. Los mandatos de ser buena amante, esposa o madre, organizados alrededor de la aprobación masculina, habían perdido parte de su poder. “Fue un alivio extremo. No me lo esperaba porque no sabía cuánto me pesaba ser tan mala heterosexual”. Sitúa esa transformación en el mismo periodo en que escribía el libro: “Salí de la heterosexualidad al mismo tiempo que salí del silencio”.

Recuerda una mesa en un apartamento de Belleville y una jornada de lluvia en julio. Allí encontró el comienzo del ensayo y la posición desde la que quería hablar. Eso no hizo fácil la escritura. Relatar la violación la dejaba expuesta. Abordar la prostitución le provocaba rabia ante el juicio de mujeres que, a su entender, desconocían la urgencia de trabajar por dinero. “La rabia no es algo que te ayuda a escribir, te ahoga”. Las heridas de la recepción de Fóllame seguían presentes cuando intentaba escribir sobre pornografía.
El aniversario llega después de años de testimonios públicos sobre violencia sexual. Despentes recoge la pregunta que le trasladó una escritora al presentar una novela sobre incesto: para qué ha servido hablar tanto si quienes denuncian siguen encontrando rechazo. Comprende el desaliento, pero su respuesta es firme: “Ha cambiado el mundo”.
Evoca el #MeToo como la aparición de “un ejército de gargantas abiertas”, una acumulación de vulnerabilidades que producía dolor y fuerza al mismo tiempo. La posibilidad de reconocerse en otras mujeres alteró la experiencia de quienes hasta entonces habían sobrevivido sintiéndose casos aislados. En ese recorrido destaca la huelga feminista española de 2018, que considera especialmente inspiradora para Francia, y el crecimiento de las lecturas feministas.
Su relación con las redes contiene esa misma ambivalencia. Durante la pandemia descubrió en TikTok a jóvenes que formulaban discursos de una precisión y una radicalidad que la sorprendían. También observó cómo aprendían a evitar ciertas palabras y a ocultar sus cuerpos para conservar sus cuentas. “Cuando aprendes a comunicar en territorio enemigo, no inventas palabras. Estás demasiado preocupada en sobrevivir”.
A esa presión añade el hostigamiento: el de la extrema derecha y el que se produce entre feministas. Describe cuentas que desaparecen, conversaciones reducidas a consignas y una circulación de la rabia que castiga los matices. «Nos hacemos desaparecer las unas a las otras. La regla de las redes sociales es acabar con las redes».
La preocupación por quién controla los espacios de expresión alcanza también a los libros. Despentes explica que ha cancelado los actos que tenía previstos en Francia por el aniversario, como protesta por el control de su editorial por un millonario al que sitúa en la extrema derecha. Denuncia la concentración de medios y sellos editoriales y habla de los intentos de organizar una respuesta colectiva de escritores. «No molestar a la extrema derecha se ha convertido en Francia en deporte nacional».
Cuando se abre el turno de preguntas, propone recursos que necesitan tiempo: reunirse, poner el cuerpo, conversar y leer. La lectura permite entrar en contacto con un pensamiento ajeno sin la obligación de resolverlo en una frase. Frente a las interrupciones y los reclamos del entorno digital, un libro ofrece una continuidad que valora incluso con humor: «No te piden dinero a la página tres».
También quiere ampliar el alcance del consentimiento. Pregunta qué capacidad real tenemos para aceptar o rechazar las condiciones económicas y laborales en las que vivimos. Entre sus intereses actuales menciona los relatos sobre incesto y violencia sexual contra la infancia, además de la relación entre madres e hijas: qué se transmite, qué se reprocha y qué margen tuvieron las mujeres de generaciones anteriores para vivir de otra manera.
Desde el público, una mujer sorda explica que Teoría King Kong la ayudó a sentirse menos sola y reclama un feminismo atento a las barreras que atraviesan su experiencia. Su intervención devuelve la conversación a los efectos concretos de un libro: reconocer una violencia, encontrar palabras para nombrarla, descubrir a otras personas con quienes compartirla.
El encuentro termina con la lectura de un texto de Despentes escrito en 2020, traducido y leído por su compañera, Tania. En él vuelve sobre la vigilancia interior, la exigencia de pureza y la facilidad con la que se reproducen las formas de autoridad que se pretendía combatir. «Escuchar sinceramente es lo que más necesitamos aprender a hacer». Veinte años después de Teoría King Kong, la autora sigue buscando las condiciones para que alguien pueda hablar. Y para que, cuando lo haga, encuentre a otro dispuesto a quedarse escuchando.
