Machismo

El #MeToo antes del #MeToo: la historia de Hollywood que Weinstein hizo visible

Las mujeres del #MeToo hicieron visible un Hollywood oscuro que nadie quería aceptar y lograron que el hombre que durante años pareció intocable, haya acabado condenado a 15 años de prisión

La historia del movimiento #MeToo.
La historia del movimiento #MeToo.
KiloyCuarto

Durante décadas, Hollywood convivió con sus secretos. Se guardaban en el sofá de un despacho convertido en una prueba de acceso, en habitaciones de hotel funcionando como oficinas improvisadas y sobre todo en hombres que tenían poder suficiente para abrir o cerrar una carrera. El llamado casting couch, la práctica de exigir favores sexuales a cambio de una oportunidad profesional, tenía incluso un nombre que lo convertía en parte del paisaje. Una expresión casi cómica para describir una relación de poder con consecuencias muy reales.

Harvey Weinstein no inventó ese sistema. Tampoco fue el primero en utilizar el poder de Hollywood para someter a mujeres que dependían de él. Pero su caída convirtió una sucesión de historias conocidas, silenciadas o apenas susurradas en corrillos de barrios periféricos de Los Ángeles en una conversación mundial.

El pasado miércoles, casi nueve años después de que las primeras denuncias contra el productor cambiarán Hollywood, Weinstein volvió a escuchar una sentencia en un tribunal de Nueva York: 15 años de prisión por agredir sexualmente en 2006 a Miriam Haley, entonces asistente de producción de televisión. Weinstein, de 74 años, mantiene su inocencia y ha anunciado que recurrirá. Es la segunda vez que recibe una condena por este caso. La primera, de 2020, fue anulada en 2024 por el Tribunal de Apelaciones de Nueva York, que consideró que el juicio había admitido testimonios sobre conductas que no formaban parte de los cargos. En el nuevo proceso, un jurado volvió a declararlo culpable de un delito sexual contra Haley.

La sentencia devuelve a Weinstein a la actualidad con una historia que empezó mucho antes de que el movimiento #MeToo se convirtiera en etiqueta. Pero no nos hagamos tontos, Weinstein no creó el #MeToo.

El #MeToo nació once años antes

Tarana Burke, activista y trabajadora social, comenzó a utilizar “Me Too” en 2006 mientras trabajaba con jóvenes supervivientes de violencia sexual, especialmente chicas y mujeres de comunidades racializadas. Su intención no era crear un eslogan para las famosas ni una campaña contra los hombres poderosos. Era más sencillo y, a la vez, más profundo. Su intención trataba de decirle a una víctima que no estaba sola. Se trataba de trasladar empatía y la posibilidad de encontrar una comunidad a las mujeres que habían padecido abuso.

Manifestantes gritan a las afueras del Broadway Theatre en Broadway, en el Broadway Theatre, el 20 de febrero de 2020 en la ciudad de Nueva York.
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Fue el 5 de octubre de 2017, cuando The New York Times publicó la investigación de Jodi Kantor y Megan Twohey en la que varias mujeres relataban décadas de acusaciones de acoso y agresión sexual contra el productor Harvey Weinstein. Días después, The New Yorker publicó nuevos testimonios. Weinstein, uno de los hombres más poderosos de la industria, el Mogul que había construido desde Miramax un imperio asociado a películas como Pulp Fiction, Shakespeare in Love y Chocolat era acusado de abuso sexual. Las acusaciones se multiplicaron. Ashley Judd, Gwyneth Paltrow, Rose McGowan y muchas otras mujeres contaron sus experiencias. Algunas eran estrellas. Otras no tenían ningún poder dentro de Hollywood. El denominador común no era la fama, sino la desigualdad.

El 15 de octubre, Alyssa Milano pidió en redes sociales a las mujeres que habían sufrido acoso o agresión sexual que escribieran “Me too”. Milano no había inventado la expresión. La había recuperado de Burke y contribuyó a convertirla en una herramienta de participación masiva. En cuestión de horas, miles de mujeres comenzaron a utilizarla. No hacía falta ser actriz, bastaba con reconocerse en las palabras de otra mujer.

Burke ha insistido en que no quería que el movimiento quedará reducido a Weinstein. “Podemos hablar de Harvey Weinstein hasta la saciedad”, explicó, pero también habría que preguntar qué estructuras han permitido que un hombre como él prosperarán. “El problema”, según sostiene, “tiene que ver con el poder y el privilegio”. El #MeToo nació para cuestionar el sistema que durante años había permitido que determinadas personas estuvieran protegidas por su posición o por la dependencia profesional de quienes las rodeaban.

El casting couch es un ejemplo del abuso de poder

La expresión lleva décadas circulando por Hollywood. Su longevidad revela cómo la industria asimila una práctica abusiva sin necesidad de llamarla abuso. Como han señalado historiadores y periodistas especializados en Hollywood, los problemas relacionados con el poder sexual de los ejecutivos de los estudios son tan antiguos como el propio sistema de estudios. Louis B. Mayer, Harry Cohn, Jack Wagner y otros jefes de los grandes estudios han quedado asociados en testimonios y relatos históricos a una cultura en la que el poder masculino podía extenderse mucho más allá de las decisiones artísticas.

Durante décadas, el relato se utilizaba contra ellas. ¿Por qué había acudido a aquella habitación? ¿Por qué había aceptado reunirse con el productor? ¿Por qué no denunció inmediatamente? ¿Por qué volvió a trabajar con él? ¿Por qué aceptó el papel?

NEW YORK (United States), 23/09/2026.- Harvey Weinstein appears in Manhattan Supreme Court for sentencing for the 2006 sexual assault of former television production assistant Miriam Haley in New York, New York, USA, 23 September 2026. Weinstein was convicted of a first-degree criminal sex act against Haley in a 2025 retrial after New York’s highest court overturned his 2020 conviction. Prosecutors are seeking a 20-year prison sentence; the charge carries a maximum of 25 years. (Nueva York) EFE/EPA/STEVEN HIRSCH / POOL
Harvey Weinstein comparece ante el Tribunal Supremo de Manhattan para la lectura de su sentencia por la agresión sexual cometida en 2006 contra la ex asistente de producción televisiva Miriam Haley.
EFE/EPA/STEVEN HIRSCH

Esas preguntas forman parte de lo que los investigadores denominan rape myths (los mitos de la violación), creencias falsas o estereotipadas sobre la violación y sus víctimas. Entre ellas está la idea de que una víctima “real” debe denunciar inmediatamente, resistirse físicamente o encontrarse con un agresor desconocido en un lugar peligroso. Cuando esas expectativas se aplican a un entorno laboral, el poder puede quedar oculto detrás de una apariencia de consentimiento.

Un estudio experimental realizado con 907 participantes examinó precisamente cómo elementos asociados al casting couch, como el retraso en denunciar o el hecho de que la actriz consiguiera o no el papel, podían afectar al juicio de quienes debían valorar una acusación de violación. Sus resultados mostraron que los prejuicios sobre las víctimas podían influir en la percepción de los casos. La investigación no demuestra que todos los jurados actuasen de la misma manera, pero sí apunta a un problema más amplio sobre cómo las ideas culturales sostienen comportamientos que pueden contaminar la manera en que se interpretan los testimonios de las víctimas.

Weinstein se convirtió en el rostro más reconocible de esa estructura. Y también en uno de los pocos hombres situados en la cima de Hollywood que han acabado enfrentándose a condenas penales por delitos sexuales.

Antes de Weinstein estuvo Bill Cosby

Durante años, Cosby había sido “El papá de América”, la figura paterna de The Cosby Show. Las acusaciones contra él eran anteriores a #MeToo, pero adquirieron una nueva dimensión en 2014, cuando Hannibal Buress escribió un monólogo en el que se refería a Cosby como violador. Su presentación se volvió viral y, como consecuencia, aparecieron decenas de mujeres con relatos de agresiones y abusos. El caso Cosby fue un precedente importante porque mostró la fuerza de la acumulación de testimonios contra un hombre famoso y querido por el público. En 2018 fue condenado en Pensilvania por drogar y agredir sexualmente a Andrea Constand. En 2021, el Tribunal Supremo de Pensilvania anuló la condena por una cuestión de garantías procesales relacionada con una promesa hecha años antes por un fiscal. La decisión determinó que, dadas aquellas circunstancias, Cosby no podía ser procesado de esa manera.

En 2026, un jurado civil de California declaró a Cosby responsable de drogar y agredir sexualmente a Donna Motsinger en 1972 y concedió a la demandante 59,25 millones de dólares en daños.

Bill Cosby en la conferencia de gobernadores en Washington D.C. Jesse Jackson se cubre la cara mientras se ríe de un chiste que cuenta Cosby.
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Por aquel tiempo también se habló de James Franco, pero su historia debe mantenerse separada de las de Weinstein y Cosby. En 2018, varias mujeres lo acusaron de comportamientos sexuales inapropiados o explotadores, entre ellos hechos relacionados con Studio 4, la escuela de interpretación que había fundado. Dos antiguas alumnas, Sarah Tither-Kaplan y Toni Gaal, presentaron sendas demandas por utilizar la promesa de audiciones y oportunidades profesionales para presionar a alumnas a participar en escenas sexuales y desnudos.

Franco negó las acusaciones, pero en 2021 alcanzó un acuerdo civil con ellas sin admisión de responsabilidad. Su caso pertenece al mismo clima de denuncia que se extendió por Hollywood después de Weinstein y, desde entonces, Franco es un paria en Hollywood.

Marilyn Monroe

Pero mucho antes de #MeToo, Marilyn Monroe ya nos había explicado la mecánica de la industria. Marilyn Monroe escribió el célebre artículo “Wolves I Have Known” (“Los lobos que he conocido”) para la edición de enero de 1953 de Motion Picture and Television Magazine. En el origen del texto estaba su voluntad de revelar los distintos tipos de hombres, “lobos”, como ella los llamaba, con los que se había encontrado durante sus años en la industria y algunos incluso antes de entrar en ella. “Hay muchos tipos de lobos. Algunos son siniestros, otros son simplemente buenos vividores que intentan conseguir algo a cambio de nada y otros hacen de ello un juego”, explicaba.

Monroe conducía al lector por sus experiencias con distintos depredadores de Hollywood que se aprovechaban de una joven que intentaba abrirse camino en la industria. Del primero decía que “debería haberse avergonzado de sí mismo, porque estaba intentando aprovecharse de una simple cría”.

La mayoría de los lobos a los que Marilyn Monroe se refería trabajaban en la industria del entretenimiento o se movían a su alrededor. Tenía una opinión muy concreta sobre ellos: “En Hollywood tenemos que trabajar horas extra para burlar a los lobos. Y es que lobos de todas las variedades llegan de cerca y de lejos para atrapar a las Caperucitas Rojas del cine”.

Monroe dejaba claro que, si los lobos que había conocido antes de alcanzar la fama le parecían malos, estaba muy equivocada. Aquellos hombres “eran aficionados vulgares comparados con los que conocí después de que mi nombre empezara a aparecer en las columnas de cine y en las revistas para fans”.

Al recordar aquellas experiencias, Monroe entraba en una clasificación más precisa de los distintos tipos de lobos: los fraternales, los paternales y los insistentes. Contaba el caso de un conocido director que se fijó en ella durante una fiesta y consiguió acorralarla en un dormitorio de la planta superior. Por suerte, Monroe logró escapar a escondidas, para desesperación de él. “Golpeó la puerta y suplicó que solo quería hablar conmigo”. El lobo paternal con el que Marilyn Monroe se encontró en Hollywood era un agente que proclamaba que quería, irónicamente, protegerla de otros lobos. En una época en la que apenas podía pagar el alquiler, él le prestó dinero. Cuando Monroe le pidió que pusiera el acuerdo por escrito, él accedió, pero después enmarcó el documento y lo colgó en su despacho porque quería que “todos los hombres de la ciudad supieran que me pertenecías”.

El lobo fraternal, por el contrario, era un guionista que se acercó a Monroe hablando con ella de su carrera. Aquel hombre, cuyo nombre nunca mencionó, le daba consejos como “no dejarse ver demasiado a menudo en los clubes nocturnos y no salir nunca con playboys”. Le prestaba libros y durante bastante tiempo no intentó nada con ella. Eso cambió cuando una noche la invitó a cenar en su casa mientras su mujer estaba fuera.

La denuncia de Marilyn Monroe sobre los distintos lobos de Hollywood fue solo el principio. Durante buena parte de su carrera habló abiertamente contra este comportamiento y reconoció que ella misma seguía formando parte de aquella cultura tóxica. En su autobiografía inédita, My Story, escribió: “Sabes que cuando un productor llama a una actriz a su despacho para hablar de un guion, eso no es lo único que tiene en mente. He dormido con productores. Mentiría si dijera que no”.

Monroe continuó denunciando la omnipresencia del acoso sexual y de la cultura tóxica que rodeaba a las mujeres en Hollywood. Defendió con firmeza a otras mujeres y también a sí misma en aquellas situaciones, especialmente en los últimos años de su carrera. “Dicen que soy un reclamo para los silbidos, puede ser, pero me encuentro continuamente con hombres que no se detienen ante un silbido. He aprendido a manejarlos a todos”. La actriz conoció el Hollywood de los estudios y de los hombres que controlaban el acceso a las películas. En My Story, sus memorias, escribió sobre aquellos hombres. “Hollywood es, a mis ojos, un burdel abarrotado, una noria con camas para caballos”. Las mujeres del #MeToo hicieron visible ese Hollywood. Y Weinstein, el hombre que durante años pareció intocable, ha acabado condenado a 15 años de prisión por uno de los casos que hicieron visible aquella estructura.

Quizá la última palabra no pertenece a Weinstein. Pertenece a las mujeres que dejaron de aceptar que el sofá, la habitación de hotel o la promesa de un papel fueran el precio de entrada a Hollywood. A las que hablaron cuando nadie se atrevía y a las que encontraron en otras mujeres la empatía para luchar a su lado.

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