Un siglo de Marilyn Monroe: la estrella que cambió para siempre la imagen de las mujeres en Hollywood

En el centenario de su nacimiento, se revela mucho más compleja que el mito de la rubia platino: actriz brillante, productora pionera y una de las primeras que desafió el poder de los estudios en la industria del cine

Un siglo de Marilyn Monroe: la estrella que cambió para siempre la imagen de las mujeres en Hollywood
Un siglo de Marilyn Monroe: la estrella que cambió para siempre la imagen de las mujeres en Hollywood

El 1 de junio de 1926 nació Norma Jeane Mortenson en Los Ángeles. Cien años después, Marilyn Monroe sigue siendo una de las imágenes más reconocibles del siglo XX. Su vestido blanco levantado por el aire en una rejilla del metro, sus labios rojos, su melena platino y aquella mezcla de fragilidad y sensualidad continúan formando parte del imaginario colectivo global. Sin embargo, reducir a Monroe a esa imagen es ignorar una de las transformaciones más profundas que vivió Hollywood durante la década de los cincuenta: la irrupción de una mujer que comprendió antes que nadie cómo funcionaba la maquinaria que la convertía en objeto de deseo y que decidió utilizarla a su favor.

Durante décadas, la historia oficial del cine presentó a Marilyn como una víctima perfecta: la estrella vulnerable, la mujer rota, la rubia ingenua atrapada por su propia fama. Esa lectura comenzó a cambiar con fuerza en los últimos años, especialmente tras los debates abiertos por el movimiento #MeToo, que permitieron revisar la manera en que Hollywood construyó, explotó y castigó a muchas de sus actrices. Hoy Monroe aparece cada vez más como una figura pionera en la lucha por la autonomía femenina dentro de una industria diseñada por hombres y para hombres.

Marilyn Monroe y su vestido icónico

Su ascenso fue tan meteórico como improbable. Procedente de una infancia marcada por la inestabilidad, los hogares de acogida y los orfanatos, Norma Jeane comprendió muy pronto que la apariencia era una moneda de cambio fundamental en Hollywood. Tras iniciar una carrera como modelo, los estudios descubrieron un rostro capaz de atraer todas las miradas. Fue entonces cuando nació Marilyn Monroe, un nombre cuidadosamente diseñado para sonar como el de una estrella de ficción.

La industria encontró rápidamente el papel que quería para ella: la rubia explosiva, divertida, aparentemente ingenua y sexualmente irresistible. Películas como Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba o Con faldas y a lo loco la convirtieron en una celebridad planetaria. Su talento cómico era extraordinario. Su capacidad para dominar la pantalla, incluso compartiéndola con actores de enorme prestigio, resultaba evidente. Sin embargo, los estudios seguían empeñados en verla únicamente como un cuerpo.

Ese fue precisamente el conflicto que definió su carrera. Mientras Hollywood la encerraba en personajes superficiales, Monroe estudiaba interpretación con enorme disciplina, leía literatura, se interesaba por el arte, la política y el psicoanálisis. Una fotografía tomada por la legendaria fotógrafa Eve Arnold en 1955 la mostró leyendo el complejo Ulises de James Joyce en un parque infantil. La imagen sorprendió a quienes preferían pensar que aquella mujer no podía ser inteligente. Monroe pasó gran parte de su vida intentando desmontar ese prejuicio.

Cartel cinematográfico para el estreno de la película Con faldas y a lo loco (1959), protagonizada por Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon.
Cartel cinematográfico para el estreno de la película Con faldas y a lo loco (1959), protagonizada por Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon.

Lo verdaderamente revolucionario llegó en 1954. Harta de que los estudios decidieran qué películas hacía, cuánto cobraba y qué imagen debía proyectar, fundó su propia productora. Puede parecer una decisión habitual hoy, cuando actrices como Reese Witherspoon, Margot Robbie o Nicole Kidman producen sus propios proyectos. En los años cincuenta era una auténtica declaración de guerra.

Marilyn Monroe exigió mejores contratos, salarios más altos y personajes con mayor profundidad dramática. Se negó a aceptar papeles que consideraba indignos y desafió públicamente a productores que hasta entonces habían ejercido un control absoluto sobre las estrellas. Aquella decisión cambió para siempre la relación entre las actrices y los grandes estudios.

Paradójicamente, cuanto más poder ganaba, más hostil se volvía parte de la prensa hacia ella. Los mismos medios que celebraban su belleza comenzaron a describirla como inestable, complicada o poco profesional. Son términos que aún hoy siguen apareciendo con frecuencia cuando una mujer desafía las expectativas impuestas. Monroe quedó atrapada en una contradicción profundamente moderna: era admirada por millones de personas y, al mismo tiempo, constantemente cuestionada por ejercer su propia voluntad.

Marilyn Monroe en El príncipe y la corista - Cultura
Fotograma de ‘El príncipe y la corista’ (1957).
Warner Bros.

Su vida privada tampoco escapó a esa lógica. Sus matrimonios con Joe DiMaggio y Arthur Miller fueron diseccionados públicamente. Sus problemas de salud mental y su dependencia de medicamentos se transformaron en espectáculo mediático mucho antes de que existiera la cultura digital contemporánea. Cada crisis personal alimentaba un relato que parecía empeñado en convertirla en tragedia.

Su muerte, el 4 de agosto de 1962, con apenas 36 años, consolidó definitivamente el mito. Las teorías conspirativas vinculadas a la familia Kennedy, las especulaciones sobre las circunstancias de su fallecimiento y la fascinación permanente por su figura acabaron eclipsando durante décadas a la actriz real. Dos años después, Andy Warhol transformó su rostro en una de las imágenes fundamentales del arte pop, convirtiéndola en símbolo universal de la fama contemporánea.

Pero el verdadero legado de Marilyn Monroe no está únicamente en las fotografías, los carteles o las reproducciones infinitas de su rostro. Su importancia reside en haber demostrado que una mujer podía comprender perfectamente los mecanismos de poder que la rodeaban y enfrentarse a ellos, incluso cuando parecía imposible ganar.

La película 'Jungla de asfalto', de 1950
La película ‘Jungla de asfalto’, de 1950

Mucho antes de que Hollywood comenzara a hablar de igualdad salarial, de representación femenina o de control creativo, Marilyn Monroe ya estaba planteando esas batallas. Mucho antes de que existieran los discursos contemporáneos sobre la cosificación de las mujeres, ella ya experimentaba en primera persona la tensión entre ser admirada y ser reducida a una imagen.

Un siglo después de su nacimiento, la influencia de Marilyn Monroe sigue apareciendo en lugares donde quizá no siempre se la busca. Está en las actrices que producen sus propios proyectos, en las intérpretes que negocian sus contratos desde posiciones de poder y en quienes se niegan a aceptar personajes escritos únicamente desde la mirada masculina. También está en una filmografía que resiste mejor que muchos de los prejuicios que la acompañaron en vida. Con faldas y a lo loco continúa figurando entre las mejores comedias de la historia del cine; Los caballeros las prefieren rubias redefinió la figura de la rubia en la cultura popular; y su decisión de fundar Marilyn Monroe Productions alteró para siempre la relación entre las estrellas y los estudios de Hollywood.

Quizá por eso, cien años después, Marilyn sigue siendo mucho más que la mujer del vestido blanco. Fue una actriz extraordinaria, una celebridad moderna antes de que existiera el concepto de celebridad moderna y una de las primeras mujeres que entendió que el talento, por sí solo, no bastaba: también había que disputar el control de la propia historia.

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