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De musas a magnates: cómo las actrices han tomado el control del relato

Margot Robbie encarna una transformación profunda en Hollywood: las estrellas ya no solo interpretan historias, ahora las producen, las financian y deciden qué voces llegan a la pantalla

De musas a magnates: cómo las actrices han tomado el control del relato
De musas a magnates: cómo las actrices han tomado el control del relato. Montaje: kiloycuarto

Durante décadas, el sistema de estudios construyó un star system donde las actrices eran rostro, cuerpo y promoción. El poder real —presupuesto, guion, montaje final— estaba en otras manos. En los últimos diez años ese equilibrio ha comenzado a desplazarse. Una nueva generación de intérpretes ha entendido que la única forma de modificar la representación femenina en pantalla pasa por intervenir en el origen de los proyectos. No basta con aceptar o rechazar papeles: hay que crearlos.

En ese nuevo mapa de poder, Margot Robbie ocupa una posición estratégica. En 2014 fundó LuckyChap Entertainment junto a Tom Ackerley y Josey McNamara. Lo que comenzó como una pequeña productora se ha convertido en una de las compañías más influyentes del Hollywood contemporáneo. Su objetivo declarado era sencillo: desarrollar historias centradas en mujeres, escritas y dirigidas por mujeres, sin reducirlas a arquetipos. El éxito global de Barbie no solo confirmó la viabilidad económica de esa apuesta, sino que consolidó a Margot Robbie como productora capaz de negociar de tú a tú con los grandes estudios.

Antes de ese fenómeno cultural, LuckyChap ya había respaldado proyectos como I, Tonya —que redefinió la narrativa de la caída mediática femenina— o la serie Maid, centrada en la precariedad y la violencia económica. La lógica es clara: historias complejas, protagonizadas por mujeres que no buscan ser ejemplares sino humanas. Margot Robbie no abandonó su faceta interpretativa; la amplió. El control creativo pasó a formar parte de su estrategia profesional.

Reese Witherspoon, la gran precursora

Ese movimiento no es aislado. Reese Witherspoon fue una de las pioneras en entender que la falta de papeles interesantes tenía una solución empresarial. En 2016 consolidó Hello Sunshine, productora y plataforma de contenidos enfocada en narrativas femeninas. De ahí surgieron títulos como Big Little Lies o The Morning Show, proyectos que demostraron que el público estaba dispuesto a consumir historias protagonizadas por mujeres adultas, con conflictos laborales, maternidades ambivalentes y ambiciones complejas. En 2021 vendió la compañía por una cifra cercana a los 900 millones de dólares, confirmando que la apuesta no era solo cultural, sino financieramente sólida.

Reese Witherspoon es productora pero también intérprete en 'Big Little Lies'
Reese Witherspoon es productora pero también intérprete en ‘Big Little Lies’

También Nicole Kidman ha desarrollado una intensa actividad como productora ejecutiva. A través de Blossom Films ha impulsado series y películas que amplían la representación femenina en géneros tradicionalmente dominados por hombres, desde el thriller psicológico hasta el drama político. Kidman ha declarado en múltiples ocasiones que su compromiso consiste en trabajar con una directora mujer cada 18 meses. Más allá del gesto simbólico, la decisión tiene impacto estructural: crea oportunidades laborales en una industria donde las directoras siguen siendo minoría en grandes presupuestos.

Zendaya, al frente de la Gen Z

La generación más joven ha asumido esa dinámica como algo natural. Zendaya, con apenas treinta años, figura como productora ejecutiva en proyectos como Euphoria y en varias adaptaciones en desarrollo. Su influencia no se limita al guion o al reparto: interviene en el diseño estético, la construcción de personajes y la estrategia de lanzamiento. La figura de la actriz-productora ya no es excepcional; es parte del nuevo contrato profesional.

Este desplazamiento de poder responde también a cambios en el mercado. Las plataformas de streaming han multiplicado la demanda de contenidos y han fragmentado la audiencia. En ese contexto, las productoras lideradas por actrices ofrecen una marca reconocible y un público fidelizado. La estrella no es solo un rostro promocional: es una garantía de coherencia temática. La identidad artística se convierte en línea editorial.

La transformación tiene también implicaciones narrativas. La presencia de actrices en la producción modifica la manera en que se escriben los personajes femeninos. Los conflictos ya no giran exclusivamente en torno al romance o al apoyo al héroe masculino. Aparecen tramas sobre ambición, fracaso, deseo, maternidad conflictiva o poder económico. No se trata de construir heroínas perfectas, sino de ampliar el rango de representación.

El movimiento coincide además con una mayor conciencia sobre desigualdades salariales y dinámicas de poder en la industria tras el auge del movimiento #MeToo. Convertirse en productora implica controlar presupuestos, negociar contratos y decidir equipos. Es una forma de autonomía que va más allá de la visibilidad.

Hollywood no ha abandonado sus inercias, pero el mapa se ha reconfigurado. Las actrices que antes esperaban llamadas ahora desarrollan proyectos desde cero. Margot Robbie no es una excepción carismática, con el estreno de Cumbres borrascosas a las puertas, sino el síntoma más visible de una mutación estructural: la transición de musa a magnate, del cuerpo en pantalla a la firma en los créditos de producción.

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