Adolfo Blanco, además de ser el alma, vida y corazón de los míticos cines Verdi, productor boutique, distribuidor de qualité y exhibidor caviar, es una bellísima persona, humilde y atenta. Esto lo digo yo porque me apetece, porque además es así, porque le conozco, porque le he tratado personal y profesionalmente sin ninguna cuita y porque siempre que se lo he pedido me ha ayudado, aconsejado y acompañado, sin pedir nada a cambio, por supuesto. Además, es capaz de, en sus apretadísimos viajes a Madrid – visitas a los cines, reuniones, preestrenos, negociaciones-, echar dos horas una tarde de invierno tomando un café con un chaval random, hablando solamente de cine, pero no como un importante productor, sino como cinéfilo, envenenado por el viaje de luz de un chiquillo salido del Cinema Paradiso de Aranda de Duero.
Adolfo Blanco es consejero delegado y fundador de A Contracorriente Films, el nombre mejor puesto para una empresa de cine, con vocación total, que nació en el peor momento de la crisis y se hizo cargo, además, de unos cines en estado de derrumbe. Con su buque rompehielos, ha producido algunos de los filmes españoles y europeos más importantes de los últimos años, gracias en gran parte, a su olfato de viejo cinéfilo. “Tengo pocas balas en mi revólver, así que intento que sean de plata”, suele decir. Además, con esta misma compañía trae a nuestro país esas películas que son el solomillo del bocata del cine. Por no alargarme y para que no me regañe cuando lea esto, que lo hará, concluyo diciendo que es una de las personalidades más importantes, queridas e influyentes de la industria cinematográfica europea.

Pero Adolfo tiene un secreto. Que pocos conocen. Un superpoder oculto, rara joya en nuestra industria: Adolfo Blanco ama el cine. Lo ama de verdad, con nocturnidad y alevosía. El cine como opción fundamental. El vigor le viene de joven, mientras se “colaba” en los cines de su familia, allá por tierras del Cid y el visionado de La jauría humana de Arthur Penn le atravesó el alma. Cuando en 2018 subió a recoger el Goya a la mejor película por la preciosa La librería (Isabel Coixet), no soltó ninguna soflama quejicosa, ni letanía sectorial. Y mira que pudo, aunando él, como nadie, toda la cadena de valor del audiovisual: producción, distribución y exhibición. El suyo fue un discurso evocador, poético y precioso, de amor al cine.
Adolfo, como todos los que palanquean y tensan el mundo, además de hablar, hace.
Porque ahora resulta que los Verdi, sus amados Verdi, una referencia entre las salas de exhibición tanto en Barcelona como en Madrid, cumplen 100 años, como la madre de Carlos Saura. Y claro, Adolfo no lo iba a celebrar así como así. Por supuesto, él y su gente han preparado el estándar que cualquier cumplesiglos merece: Libro Conmemorativo del Centenario, con epílogo de otro milagro llamado Albert Serra, el estreno del largometraje documental La vida es Verdi, coproducido por Coixet, otra amiga de la casa, una exposición fotográfica que recorre la historia del propio cine y su entorno en Barcelona, proyecciones gratuitas para escolares (ojalá esto fuera una asignatura obligatoria), un ciclo de películas cosidas al ADN de los Verdi como El nombre de la rosa o Mi hermosa lavandería, y unas cuantas cosas más.

Pero el verdadero milagro se ha materializado sin aspavientos, sin pintar la manzanita. Adolfo, con su superpoder fílmico, ha logrado domeñar al destino, esa cosa que se empeña en suceder a pesar nuestro y que casi siempre es imparable. En una era en que los cines de las grandes ciudades, más bien en todas, incluidas capitales de provincia que copian lo peor de sus hermanas mayores, cierran como en un dominó tenebroso y abren resplandecientes comercios de cristal, en su mayoría supermercados, Adolfo y todo su equipo se han subido a la chepa del tiempo y las “tendencias de consumo” -ese oxímoron-, y lo han descabezado, completando la metáfora perfecta. Coincidiendo con su siglo de vida, donde antes había un supermercado, abrirán ahora dos nuevas salas. Has leído bien: cierra un súper y abren dos cines Verdi, doscientas butacas de precioso terciopelo ‘lynchiano’ a estrenar.
Algo completamente inédito, poético y premonitorio. Ojalá, Adolfo, este milagro cinematográfico que has completado se convierta en tendencia y la bruja del Oeste del cine borre con su soplo las cenizas del tiempo, y vuelvan a resplandecer las fachadas de los cines, neón, espuma y sueños.
Larga vida a Adolfo Blanco. Larga vida a los Verdi. Larga vida al cine.
