En Pasapalabra hay derrotas que no suenan a fracaso, sino a esos finales que se te quedan pegados a la garganta. El duelo entre Manu y Rosa se había convertido en un pulso tan igualado, tan fino, que por momentos parecía diseñado para que ganaran los dos. Pero en este programa el bote solo tiene un dueño.
Los laureles y los 2.716.000 euros, el mayor bote de la historia del concurso, se los llevó la coruñesa. Y ese dato, además de agrandar la gesta, volvió a poner sobre la mesa una idea que ya es casi un fantasma recurrente en Pasapalabra: el llamado síndrome de Orestes, esa especie de maldición que castiga al concursante que más tiempo resiste.
Pasapalabra y una deportividad que también hace historia
La imagen más comentada, sin embargo, no fue solo la cifra del bote, sino la reacción del derrotado. En Pasapalabra, Manu asumió la victoria de su compañera con una deportividad que sorprendió por su calma. “La vida es así, pero continúa”, le dijo a Roberto Leal, como quien acepta que el destino del concurso no siempre premia la resistencia.
Porque perder el bote en Pasapalabra no es únicamente quedarse sin dinero: es convivir con la “espinita” de haber estado tan cerca que duele. En un enfrentamiento de tanto nivel, Manu encajó el golpe sin gestos de rabia ni reproches, consciente de que el relato ya estaba escrito y de que a él le tocaba el papel más ingrato.
El síndrome de Orestes: cuando aguantar más no garantiza el bote en Pasapalabra
El síndrome de Orestes funciona, en el fondo, como una paradoja que Pasapalabra repite cada cierto tiempo: el concursante más longevo no siempre es quien se lleva el premio final. Le ocurrió a Orestes, que llegó a 360 programas, pero vio cómo Rafa conquistaba el bote habiendo estado 197 tardes.
Y la historia volvió a calcinarse con otro caso ya instalado en la memoria del público de Pasapalabra. Moisés llevaba 245 programas cuando Óscar se llevó el bote en su programa 157. No es solo una estadística: es un patrón que alimenta la leyenda del concurso y esa sensación, tan humana, de que el esfuerzo no siempre se premia en el momento justo.
Manu y el récord: la cara amarga de Pasapalabra
Esta vez, Pasapalabra suma un capítulo especialmente llamativo porque Manu deja el récord histórico de permanencia en 437 programas, una cifra que por sí sola habla de constancia, nervios de acero y una regularidad casi imposible. Pero el récord vino con su reverso: ver cómo Rosa se adelantaba en la gesta del bote en su día 307, llevándose el mayor premio mientras él quedaba, de nuevo, a las puertas.
En Pasapalabra, ese contraste es el que dispara la conversación del día siguiente: ¿vale más aguantar cientos de tardes o acertar en el instante exacto? Manu ya tiene el reconocimiento de la resistencia, pero el síndrome de Orestes lo coloca en una lista que nadie quiere encabezar: la de quienes lo rozan todo y, aun así, se quedan sin el bote.
