Pasado el resacón electoral, a los partidos les toca sacar lecciones de lo ocurrido el domingo. Jorge Azcón cumplió su palabra: convocó elecciones, pero no hay quién se crea que dio ese paso esperando perder dos escaños. El PP erró en su cálculo electoral y ahora dependerá todavía más de Vox. Azcón aboga por buscar un mínimo común programático que les permita a ambos entenderse, pero, si no fueron capaces de hacerlo cuando los de Abascal estaban más débiles, ¿qué posibilidades hay de que Vox esté dispuesto a ceder ahora que ha duplicado sus escaños?
En la calle Génova tienen que aprender la lección de cara a las generales y asumir que, a corto plazo, no van a recuperar a esos votantes que se han ido a Vox. ¿A qué electorado podrían entonces atraer? Al moderado, pero eso no se consigue radicalizando el mensaje. Feijóo ha entendido que el voto de cabreo, el de desahogo, no va a ir a su partido, por mucho que intente plantear que ellos sí que tienen un discurso constructivo, pero, o cambian de rumbo, o será difícil que superen los 137 escaños obtenidos en 2023.
Pedro Sánchez cree que su partido puede ir de derrota en derrota en las autonómicas hasta la victoria en las generales, pero los ciudadanos han dejado claro que ya no creen en sus políticas y que una nueva oportunidad de revalidar la coalición actual es una quimera. Ya no hay muro que valga. Hay una teoría que sostiene que el líder socialista pretende dejar colocados a sus más fieles en los territorios para resistir cuando pierdan el gobierno y seguir controlando el PSOE, pero, si por algo se caracterizan los partidos, es por el cainismo, y siempre habrá un Bruto dispuesto a apuñalar al César al que hoy adoran como si fuera un dios.
Vox está ahora mismo en una situación imparable y la gran duda es hasta qué punto están dispuestos a desgastarse en la gestión de los problemas de los españoles en las distintas autonomías porque, una cosa son las propuestas fáciles y grandilocuentes, y otra la realidad que puede frustrar ese supuesto halo de autenticidad que rodea a los de Abascal. El problema, además, es hasta qué punto un partido que rehúsa acudir a cualquier acto institucional, que no asiste ni al funeral de las víctimas de Adamuz, y que ningunea al rey, quiere reformar el sistema o acabar con él (que se pongan a la cola, que en el Congreso hay ya muchas formaciones empeñadas en eso).
Del resto, qué decir, Sumar casi no suma, y Podemos, el que iba a barrer fascistas, no ha podido ni superar a Alvise.
Ante este panorama, Gabriel Rufián sigue empeñado en conformar una coalición de izquierdas para hacer frente “a lo que viene”, dice, pero, ¿qué puede llevar a un andaluz, por ejemplo, a votar una candidatura en la que esté un independentista catalán o uno vasco que siempre han dejado claro que sólo les importan sus territorios?
La próxima parada será el 15 de marzo en Castilla y León, y no parece que el panorama vaya a cambiar mucho, pero Sánchez seguirá mirando para otro lado y creyendo, de verdad, que él es el único freno de la ultraderecha, aunque en cada elección los españoles se empeñen en decirle lo contrario.
