Marta, monja de clausura: “Somos autónomas y vivimos de vender cosmética”

Marta, monja de clausura de 29 años, explica cómo sobreviven y qué ocurre en un país donde se cierran hasta veintidós monasterios al año

Marta (monja de clausura) - Sociedad
Captura de pantalla de Marta durante el programa.
YouTube

España sigue siendo un país de clausura, aunque la palabra suene a otro siglo. Aquí se concentra aproximadamente un tercio de los monasterios de vida contemplativa del mundo: alrededor de 710 siguen abiertos. Pero la foto está cambiando rápido y, en ese cambio, hay una palabra que no se asocia a hábito y reja, pero que describe mejor que ninguna la supervivencia diaria de muchas comunidades: autónomos.

Un mapa que se encoge año tras año

En apenas una década, el número de monjas ha caído con fuerza: de más de 10.000 a una horquilla actual que se mueve entre 7.300 y 7.500. Detrás de esa cifra hay cierres constantes: se calcula que bajan la persiana entre 20 y 22 monasterios cada año por falta de vocaciones y por envejecimiento. La vida contemplativa, además, es mayoritariamente femenina —en torno al 95%— y muchas comunidades dependen ya de vocaciones procedentes de África, América Latina y Asia.

Ese contexto explica por qué hoy la conversación no va solo de espiritualidad, sino de sostenibilidad. Mantener un monasterio no es barato: es un edificio enorme, a menudo histórico, con gastos fijos que no entienden de silencio ni de oración. Y ahí, otra vez, aparece la realidad de los autónomos.

Cotizar, producir y vender para sostener la clausura

Lejos del cliché de la limosna, muchas monjas funcionan como pequeñas empresas. Están dadas de alta y cotizan en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA). En otras palabras: son autónomos. Y su economía se apoya en lo que producen y venden: repostería, artesanía, cosmética e incluso servicios digitales.

Los autónomos
Un edificio de la Agencia Tributaria en Madrid.
Shutterstock

El problema es que la lista de gastos es igual de larga. Hay que pagar agua, luz, internet, alimentación, mantenimiento… y, sobre todo, asumir el coste de edificios monumentales con recursos muy limitados. Calentar un monasterio de piedra del siglo XVI puede alcanzar los 3.000 euros al mes en pleno invierno. La clausura puede ser austera, pero no es gratis; por eso la lógica de los autónomos se impone aunque el entorno sea el de siempre.

Marta: vocación temprana y una vida compartida con tres generaciones

Marta tiene 29 años y cuenta que la vocación le llegó con 16, durante unas vacaciones familiares. Fue en un monasterio benedictino donde descubrió cómo viven y cuál es su espiritualidad a través de la regla de San Benito. Lo describe como un flechazo. “Fue un amor a primera vista”, relata en YouTube a David Jiménez.

Sus padres lo aceptaron sin objeciones, pero el camino no fue corto ni fácil. Marta pasó por aspirantado, postulantado, noviciado, votos temporales y, finalmente, profesión solemne. “Rendirse hubiera sido lo fácil”, afirma, “pero descubrí que el Señor me llamaba a esto”. Una decisión íntima, sí, pero enmarcada en una realidad muy concreta: una comunidad que, además de rezar, tiene que funcionar como autónomos para sostenerse.

Cosmética como tabla de salvación y un canal para “naturalizar” la clausura

Hoy convive con diez monjas que van de los 21 a los 95 años, incluidas hermanas de Nigeria. Su rutina combina oración, trabajo en cocina, elaboración de dulces y cosmética. Y un canal de YouTube que abrió con un propósito claro: “Naturalizar nuestro oficio y mostrar que las monjas somos normales y felices”. También, sin decirlo así, mostrar la trastienda de los autónomos dentro de un monasterio.

Gran parte del presupuesto de estas comunidades procede de las pensiones de jubilación de las hermanas mayores, que suelen ser bajas: alrededor de 700 u 800 euros al mes. Lo que no cubre la pensión lo completan las ventas, y ahí la cosmética se ha convertido en una vía decisiva para muchos conventos.

Los dulces siguen siendo importantes, pero son un mercado estacional y muy competitivo. La cosmética permite diversificar y sostener ingresos durante más meses. Su propuesta se diferencia por el uso de ingredientes de sus propios huertos, por evitar químicos agresivos y por una elaboración lenta que choca con la lógica industrial. Es, en esencia, un modo de vida que se adapta: clausura por dentro, autónomos por fuera.

Y hay un detalle que desmonta otra idea extendida: los monasterios, en su mayoría, no reciben dinero procedente de la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta, porque ese dinero se dirige a las diócesis para el culto y el clero secular, no a la clausura. Por eso, dicen, viven literalmente de lo que venden. Como tantos autónomos en España, con la diferencia de que su escaparate está al otro lado de una reja.

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