El acento histórico en la polémica entre Uclés y Reverte: “La investigación es diferente a la opinión”

La historiadora Mónica Ruiz Bremón analiza el choque entre ficción, memoria y método histórico a raíz de la polémica entre David Uclés y Arturo Pérez-Reverte sobre cómo narrar la Guerra Civil española

La controversia entre Arturo Pérez-Reverte y David Uclés a propósito de cómo se está narrando hoy la Guerra Civil española ha reabierto un debate de fondo que trasciende lo literario. En el centro de la discusión se cruzan planos distintos —ficción, memoria, opinión e investigación histórica— que a menudo se confunden en el espacio público. ¿Puede exigirse neutralidad a una novela? ¿Debe un historiador partir de un posicionamiento ético previo? ¿Hasta qué punto la cercanía temporal del conflicto condiciona nuestra forma de interpretarlo?

Para abordar estas preguntas desde el rigor académico, conversamos con la historiadora Mónica Ruiz Bremón, especialista en mundo antiguo, además de miembro del Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos, directora técnica de Museos Militares del Ministerio de Defensa y profesora de Arqueología en la Universidad Complutense de Madrid. Su distancia profesional respecto a los conflictos contemporáneos le permite observar la polémica con una perspectiva poco habitual: la del oficio del historiador entendido como disciplina, método y responsabilidad intelectual. En esta entrevista, Ruiz Bremón defiende la diferencia entre investigar y opinar, reflexiona sobre la memoria democrática, la polarización actual y el papel de las nuevas generaciones ante un pasado que sigue siendo incómodo.

Reverte vs Uclés - Cultura
Un montaje con imágenes de archivo de Arturo Pérez-Reverte y David Uclés.
Artículo14/EFE

A raíz de la polémica, David Uclés decidió no acudir a unas jornadas sobre la Guerra Civil. ¿Qué opinión le merece esa decisión?

Mi punto de partida es muy claro: soy historiadora. David Uclés no lo es y, según él mismo ha explicado, no pretendía hacer historia, sino escribir una novela. Desde ese punto de vista, es perfectamente legítimo que decida no acudir a encuentros que no le interesan o que escriba desde el tono y el posicionamiento que considere oportunos. Mi mirada será siempre distinta porque parte del oficio del historiador. No puedo decir si me parece bien o mal; simplemente pertenece a otro plano.

¿Cree que hoy es posible debatir serenamente sobre la Guerra Civil?

Creo que el problema fundamental es la cercanía. Yo trabajo con el mundo antiguo, y eso me da una libertad enorme: nadie discute a Tutmosis III ni se generan polémicas encendidas sobre la Guerra del Peloponeso. La Guerra Civil española, en cambio, sigue estando muy cerca en términos históricos, familiares y emocionales. Esa cercanía es la clave de la intensidad del debate y de la dificultad para encontrar una base común desde la que conversar.

Desde el punto de vista historiográfico, ¿existe realmente la neutralidad o siempre se investiga desde un marco ético previo?

Ningún historiador debería partir de un marco ético previo. Eso iría en contra de la esencia de la Historia como disciplina científica, aunque sea humanística. El procedimiento correcto es documentar primero, acudir a las fuentes primarias y secundarias, reconstruir el puzle más completo posible y, solo después, interpretar. La interpretación es inevitable porque todos tenemos una formación, una biografía y un contexto, pero lo que no podemos hacer es invertir el orden: primero opinar y luego investigar. Eso puede hacerlo un novelista o un ciudadano; un historiador no.

Mónica Ruiz Bremón, durante su entrevista con Artículo 14
Mónica Ruiz Bremón, durante su entrevista con Artículo 14
Javier Cuadrado

En la polémica se enfrentan, de algún modo, dos modelos narrativos: uno trágico y despolitizado y otro épico y militante. ¿Qué riesgos ve en cada uno?

Como novelista —porque aquí hablo desde el terreno de la ficción— yo me inclinaría por el modelo trágico. El otro corre el riesgo de convertirse en crónica o en panfleto. Cada autor elige su estilo. Pérez-Reverte tiene una vocación más cronística y exhaustiva; Uclés se declara desde el inicio situado y toma partido. Ambos están en su derecho, pero juegan en registros distintos.

¿Hasta qué punto la literatura, el cine o las redes sociales han condicionado más la memoria colectiva que la historiografía?

Muchísimo. El trabajo del historiador rara vez llega al gran público. Lo que cala son las novelas, las películas, las canciones, la televisión y hoy, sobre todo, las redes sociales. El historiador serio sigue trabajando entre archivos y documentos, que es donde están los datos incontestables, pero su impacto social es menor.

¿Es compatible una memoria democrática que identifique víctimas y verdugos con una narrativa que subraye el sufrimiento compartido?

No solo es compatible, sino necesario. En una guerra civil hay víctimas en ambos lados. El sufrimiento puede aparecer antes, durante o después del conflicto, y en algunos casos prolongarse durante años. Negar ese sufrimiento compartido es absurdo. De la misma manera, ni la historiografía de posguerra ni algunas lecturas actuales deberían centrarse exclusivamente en un solo lado del dolor.

¿Qué papel deberían desempeñar las nuevas generaciones en la construcción del relato sobre la Guerra Civil?

Siempre recuerdo una frase de Tucídides: la Historia es una adquisición para siempre. Las nuevas generaciones no deberían actuar como jueces ni como partes, sino conocer en profundidad lo que ocurrió, cómo empezó, por qué y cómo terminó. Aprender de ello desde la distancia histórica.

La ciudad de las luces muertas - Cultura
Portada de la novela ‘La ciudad de las luces muertas’, de David Uclés.
Destino

¿Cómo influye el contexto político actual en las interpretaciones del pasado?

Influye mucho. Vivimos un tiempo en el que parece obligatorio posicionarse en todo y encajar a las personas en categorías cerradas. Eso no favorece ni la investigación ni el diálogo. Iniciativas como las jornadas que han generado esta polémica deberían ser normales, y sin embargo se han vuelto excepcionales.

Hasta hace poco parecía existir un consenso amplio sobre la Transición. ¿Cree que se está erosionando?

Hablaré aquí más como ciudadana que como historiadora. Creo que ese consenso existió y que la Transición fue un esfuerzo común extraordinario, reconocido internacionalmente. En muchas familias hubo historias cruzadas, de un lado y de otro, y se logró un punto de reconciliación. Cuestionarlo ahora me parece un retroceso.

¿Por qué cree que hay relativamente pocas mujeres especializadas en el estudio de la Guerra Civil?

Hay muchas historiadoras excelentes en la universidad y en la academia. Mi intuición —y es solo una intuición— es que las mujeres tendemos a alejarnos de la guerra como objeto de estudio, quizá porque sabemos que históricamente somos quienes más la hemos sufrido. Pienso a menudo en Andrómaca, en la Ilíada, suplicando a Héctor que no vaya a la guerra: él será recordado como héroe, pero ella y su hijo acabarán muertos o esclavizados.

¿Le ha supuesto dificultades ser mujer en el ámbito académico?

No, en absoluto. Como investigadoras somos muy rigurosas y extremadamente exhaustivas. En archivos, bibliotecas e investigación histórica hay mujeres extraordinarias. La seriedad en el trabajo nunca ha sido un obstáculo; al contrario, ha sido una fortaleza.