La cuarta temporada de Bridgerton ha vuelto a colocarse en la cima de las audiencias globales en Netflix, con cerca de 40 millones de visualizaciones en apenas cuatro días tras su estreno y liderando las listas en más de 80 países. Este dato no solo confirma el poder de atracción de la serie, sino que invita a reflexionar sobre el papel de las narrativas femeninas en el entretenimiento masivo contemporáneo: por qué una ficción centrada en amores, deseos y alianzas sociales en una sociedad patriarcal del siglo XIX sigue capturando la atención de audiencias globales, y qué tipo de mujeres y relaciones están siendo representadas.
Desde su lanzamiento en 2020, Bridgerton se ha convertido en un fenómeno cultural, no solo por su éxito cuantitativo sino por su enfoque narrativo. La serie —basada en las novelas de Julia Quinn— propone una visión de la Regencia inglesa donde las mujeres no son meramente decorativas, sino protagonistas de sus destinos afectivos, políticos y sociales, aunque dentro de las limitaciones estructurales de su contexto histórico. La cuarta temporada continúa esta línea, centrándose en personajes como Benedict Bridgerton y Sophie Beckett, con intrigas románticas que, a pesar de sus tintes clásicos, dialogan con temas contemporáneos como la autonomía, el deseo y las restricciones impuestas por clase y género.
El impacto de Bridgerton no se mide solo en cifras de audiencia —aunque sus casi 40 millones de vistas en cuatro días dejan claro su alcance— sino en su capacidad de generar conversación sobre cómo se narran las vidas de las mujeres en pantalla. En un mercado saturado de productos que a menudo reducen a las mujeres a roles secundarios o estereotipados, la serie ofrece héroes femeninos con agencia, aspiraciones y conflictos propios que no giran exclusivamente en torno a un hombre o a la maternidad. Incluso cuando su ingrediente central es el romance, lo hace desde la perspectiva de personajes femeninos complejos cuyos deseos y decisiones cuentan tanto como los de sus contrapartes masculinas.
Este éxito plantea preguntas interesantes para el análisis feminista de la ficción televisiva: ¿por qué una serie de época, con todos sus convencionalismos, puede llegar a ser uno de los productos culturales más vistos del planeta? Parte de la respuesta puede estar en cómo Bridgerton combina elementos tradicionales —baile, trajes, jerarquía social— con una sensibilidad moderna: el valor del consentimiento, la exploración de identidades diversas y la crítica sutil a las expectativas sociales sobre el género y la reputación. Esta mezcla, aparentemente ligera, se convierte en un factor clave para su gran resonancia en audiencias que esperan ver reflejadas, aunque sea en clave histórica, las preguntas y tensiones del presente.
Además, el fenómeno Bridgerton pone en evidencia la importancia de audiencias mayoritariamente femeninas en la configuración del mercado audiovisual. Un producto tan influenciado por la experiencia sentimental de sus protagonistas atrae no solo por los elementos de producción —vestuario, música, puesta en escena— sino por cómo valida emocionalmente las trayectorias de mujeres que buscan representación más allá de clichés. Es decir, no solo se consume entretenimiento, sino una forma de reconocerse: mujeres con deseos, conflictos internos y capacidades para definir su destino.
No obstante, no se puede perder de vista que Bridgerton también opera dentro de convenciones narrativas que, aun cuando las reinterpretan, no rompen todos los moldes. La serie sigue siendo romántica por definición y, a veces, se apoya en arquetipos reconocibles que pueden reforzar certezas casi folklóricas sobre el amor “destinado” o la “redención” a través de la relación de pareja. El reto para futuras temporadas —y para la producción audiovisual en general— es ir más allá: explorar cómo el amor y el deseo pueden coexistir con otras formas de realización personal, profesional o intelectual, especialmente para personajes femeninos.
Desde esta perspectiva, el éxito de Bridgerton no es solo un fenómeno de consumo, sino una oportunidad para pensar cómo las historias de mujeres en pantalla pueden ampliar horizontes. Que una serie ambientada en el siglo XIX arrase en el siglo XXI dice tanto de las expectativas de las audiencias como de las posibilidades de la ficción: aún hay sed de personajes femeninos que no existan únicamente para servir a tramas ajenas, sino para sostenerlas.
Finalmente, en el debate feminista sobre representación y poder cultural, el caso de Bridgerton invita a reflexionar sobre lo que significa tener historias protagonizadas por mujeres que atraen a millones: no solo cuántas personas las ven, sino qué tipo de imágenes, deseos y vidas están siendo transmitidas y reconocidas. El desafío, para la industria y para las creadoras, es seguir ampliando el catálogo de narrativas femeninas que no solo entretengan, sino que también cuestionen y enriquezcan nuestra comprensión de género y sociedad.
