Opinión

Lluvia

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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La lluvia repiquetea en la claraboya de la escalera. Es un sonido familiar desde que ha empezado este 2026 y que algunos días sustituye a mi despertador. En otras casas, sin embargo, la lluvia se ha convertido en una amenaza y han tenido que abandonarlas con lo puesto. Por lo visto, las sucesivas borrascas que atraviesan la península emigran hacia el sur, como las aves a África. Y ya no son anónimas. Tuvimos a Kristin que nos dejó el primer borrón de nieve del año, y esta última que lleva el nombre de un genio: Leonardo. Este Leonardo, en cambio, más que crear ha venido para destruir, se ha llevado por delante tramos de carreteras que han tenido que cortar y miles de casas desalojadas en Andalucía y Extremadura, donde el agua salía hasta por los enchufes —concretamente en Grazalema que ha sido la zona cero de la borrasca —. Lo íntimo se ha convertido en territorio hostil. Lo doméstico ya no es refugio.

Mientras leo todas estas noticias, la lluvia sigue insistiendo en la claraboya. Yo cierro una maleta para salir de viaje por carretera. Se me hace tarde. El tiempo no perdona. Solo que, desde hace semanas, el tiempo, el nuestro, es sobre todo meteorología. La agenda supeditada a un mapa de avisos. La DGT recomienda prudencia y no desplazarse más que lo necesario. Me preparo una taza de café gigante y compruebo en el móvil si mi ruta tiene algún incidente. El número de carreteras cortadas asciende vertiginoso. Leonardo se despide —dicen— y ya anuncian a Marta que nos traerá más agua, viento del que vuela tejados, ramas y cierra parques además de temporal marítimo. Somos animales de sol y tanta lluvia, tanto gris nos vuela el ánimo.

La lluvia tiene un peso simbólico que hemos expresado en el arte —sobre todo en el cine y la literatura—. No pocas veces ha sido presagio de pasiones y tragedias. La ciudad lluviosa se ha convertido en un símbolo pesimista y distópico, que produce una sensación de ahogo permanente. Pienso en la película Blade Runner. La lluvia ácida que cae sobre un Los Ángeles apocalíptico. Esa sensación de que algo aciago nos acecha se palpa en el ambiente. La escena del Rutger Hauer en la azotea es mítica, igual que sus palabras. «Los momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia». La lluvia es siempre un personaje más. Marca un ritmo y nos deja un sentimiento. La lluvia es melancólica, monótona, tenaz y monstruosa. Es un icono narrativo que cada día interpretamos y que no nos deja indiferente. La lluvia oscila entre la esperanza y el desastre. Entre la vida y la muerte. Es antagónica.

Aplazo el viaje, pero para muchos la preocupación es cómo secar la casa, qué han podido salvar y si la próxima borrasca les dará tregua.

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