En las últimas semanas, los medios de comunicación internacionales han informado acerca de la brutal y despiadada respuesta articulada por las autoridades iraníes frente a las protestas iniciadas hace poco más de un mes. En un primer momento, las movilizaciones surgieron como una expresión de descontento ante la grave crisis económica que atraviesa el país. Sin embargo, rápidamente evolucionaron hacia una exigencia política más concreta: el fin del actual sistema político iraní.
En este breve lapso, parece haber escaso margen para la duda: el Estado iraní ha desplegado de manera sistemática toda su capacidad represiva con el objetivo de sofocar las demandas planteadas por su propia población. Como parte de su estrategia, el acceso a internet fue interrumpido a partir del 8 de enero, si bien es cierto que desde hace días han comenzado a detectarse fisuras en este cerco informativo y, progresivamente, los episodios más sangrientos están saliendo a la luz. Así pues, durante este maquiavélico apagón tecnológico los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, así como el Comando de la Guardia Fronteriza del país han campado a sus anchas, actuado con plena impunidad y utilizando la fuerza contra quienes se manifestaban.

n este contexto de creciente inestabilidad interna, Estados Unidos parece haber encontrado la oportunidad perfecta para enviar hacia Oriente Medio el buque ‘USS Abraham Lincoln’ con el fin de “proporcionar seguridad y estabilidad en la zona”. Así pues, el citado portaviones abandonó su ubicación anterior en el Mar del Sur de China para aproximarse a aguas iraníes. Los argumentos plasmados para justificar el desplazamiento del referido buque –escoltado, a su vez, por otros– no sólo han girado en torno a la represión ejercida por Irán, sino también en relación con los desafíos que su programa nuclear representa. En aquel momento, el mandatario norteamericano Donald Trump indicó que una “armada masiva” se aproximaba al país árabe, alertando sobre la posibilidad de actuar “con rapidez y furia” si así fuera necesario. Este movimiento, como es lógico, ha desatado muchas especulaciones acerca de la posibilidad de que Estados Unidos lleve a cabo un ataque armado contra Irán en un futuro próximo.
Por el estrecho de Ormuz
Ante el despliegue naval realizado por Estados Unidos, el gobierno iraní anunció la realización de ejercicios navales con fuego real en el estrecho de Ormuz. Conviene indicar que este corredor marítimo –que conecta el mar del Golfo Pérsico con el Golfo de Omán hasta abrirse al mar Arábigo– constituye una vía estratégica por la que se transporta alrededor del 20% del petróleo mundial procedente de cinco países que figuran entre los principales productores globales: Irak, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y, por supuesto, Irán. Consecuentemente, tras la advertencia de Teherán, Washington no tardó en lanzar la correspondiente amenaza.

La Casa Blanca debió ser plenamente consciente del impacto que un eventual cierre de este estrecho tendría sobre la economía global, y que –fundamentalmente– dichos Estados afrontarían serias dificultades para exportar su “oro negro”. Ello, con toda probabilidad, redundaría en un aumento de los precios, así como en una perturbación de los mercados internacionales. Además, es preciso señalar que aproximadamente una quinta parte del gas natural licuado transita por el estrecho de Ormuz. Así pues, un enfrentamiento en la zona generaría también una crisis energética. Ante un escenario de amenazas y chantajes cruzados, marcado por una fuerte presión militar, Irán optó finalmente por suspender las maniobras previstas. De hecho, esta decisión fue adoptada “casualmente” tras los vuelos realizados por las fuerzas de Estados Unidos en las inmediaciones de su ámbito aéreo.
Reunión en Estambul entre Estados Unidos e Irán
En estos momentos, existe una tensa calma. Según diversas fuentes, este viernes tendrá lugar un encuentro entre Estados Unidos e Irán en Estambul y todo apunta a que se abordarán cuestiones relativas al programa nuclear iraní. Está prevista la participación del diplomático iraní Abbas Araghchi y de Steve Witkoff en calidad de enviado presidencial especial de la Casa Blanca para Oriente Medio. Asimismo, se espera la presencia de mediadores regionales, así como de Jared Kushner (asesor y yerno de Donald Trump). En todo caso, cabe señalar que encuentros a este nivel han tenido lugar con anterioridad; sin embargo, en esta ocasión, los países de la región afectada parecen estar redoblando sus esfuerzos para garantizar la celebración de la cita con el objetivo de presumiblemente evitar una posible confrontación militar.

No es posible anticipar lo que va a suceder en estos días, máxime cuando la historia del diálogo nuclear entre Irán y Estados Unidos ha estado marcada por profundos altibajos. En todo caso, conviene recordar que las últimas reuniones se produjeron el año pasado y quedaron suspendidas tras los ataques perpetrados por Israel en territorio iraní, lo que mermó tanto la fuerza nuclear como el potencial militar ofensivo del país atacado. Meses antes, las negociaciones entre Washington y Teherán parecían avanzar de manera prometedora hasta el punto de que la adopción de un nuevo acuerdo parecía ser una cuestión inminente. El pacto previamente existente, el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por sus siglas en inglés), fue adoptado en el año 2015 bajo la Administración de Barack Obama y dejó de ser operativo tres años después cuando Donald Trump proclamó la retirada unilateral de su país, tildando el referido instrumento como el “peor de la historia”, pese a ser respaldado por países europeos, China y Rusia.
Es evidente que el ataque israelí tuvo un efecto inmediato sobre el diálogo que mantenían Estados Unidos e Irán. La maniobra bélica fue justificada por las autoridades israelíes ante la amenaza de que los científicos iraníes pudieran desarrollar armamento nuclear. Sin embargo, al comenzar la ofensiva, el primer ministro israelí animó a la población iraní a actuar contra su propio régimen político. El nombre de la misión, “León Ascendente”, fue interpretado como un posible indicio de que las actuaciones militares aspiraban, en realidad, a propiciar un cambio de gobierno que conllevara el regreso del Shah de Persia; el león, símbolo histórico de la monarquía iraní, parecía evocar su figura tradicional. Teherán a la luz de los hechos, consideró que las conversaciones con Washington resultaban inoperantes y las rondas posteriores fueron finalmente canceladas.

Consecuentemente, las negociaciones del año pasado dibujaron un horizonte alentador hasta que Israel decidió intervenir. En todo caso, Irán enfrentaba una situación compleja: la salida de Estados Unidos del JCPOA llevó a la Casa Blanca a aplicar sanciones que provocaron la escasez de productos internos, la devaluación de la moneda iraní y la caída de las exportaciones de petróleo. Al concluir el primer mandato de Donald Trump, se intentó revertir esta tendencia. Sin embargo, nuevas medidas punitivas fueron implementadas. El colapso económico de Irán parecía ser cuestión de tiempo y, finalmente, se produjo. A continuación, la población se rebeló y las autoridades iraníes recurrieron a la fuerza extrema. En ese momento, Estados Unidos encontró la oportunidad perfecta para acercar sus fuerzas militares a la región y lanzar las correspondientes amenazas; un hecho paradójico, dado que gran parte de la crisis padecida se originó con motivo del bloqueo y las sanciones, si bien la reacción iracunda del gobierno iraní fue lo que le ha permitido implicarse.
Mientras tanto, en las calles de Irán, la población clama por sus derechos, aunque quienes se sienten a negociar –a buen seguro– no los tendrán en consideración. Los encargados de buscar una solución no podrán sus ojos en las consecuencias de la represión interna iraní. Los ojos de la comunidad internacional permanecerán fijos en Estambul, donde –lamentablemente y con toda seguridad– prevalecerán los intereses como el petróleo, el estrecho de Ormuz y el desarrollo nuclear de Irán. Nadie dirigirá su mirada hacia la población iraní. Estados Unidos utilizará la sangrienta represión como un pretexto para ejercer presión máxima sobre Teherán. Irán, por su parte, se aferrará a la supervivencia del régimen y empleará el pulso diplomático como herramienta para aliviar sanciones y ganar margen estratégico. Los ojos de todos deberían posarse sobre las calles de Irán que, poco a poco, se tornan cada vez más oscuras al igual que sus ciudadanos que resultan cada vez más invisibles.
