Opinión

José Luis Torrente y el Papa de Sorrentino

Nueva película de Santiago Segura
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Se acuerda uno a la perfección de cómo llegó a su vida José Luis Torrente, el héroe clásico español reflejado en un espejo cóncavo perpetrado por Santiago Segura. En 1999, cuando el 19 días y 500 noches de Sabina, como un año después de su estreno en cines, mis padres compraron en formato VHS Torrente, el brazo tonto de la ley, en la imprenta Fernández de Daimiel –que, por lo que veo y celebro, sigue existiendo–. Subestimaron la ruindad del personaje, su descarada y descacharrante vileza. Yo tenía diez años y los recuerdo riéndose de una forma muy diferente a como lo hacían cuando veían películas de, qué sé yo, Paco Martínez Soria: en sus carcajadas explosivas había superioridad moral –lógico–, pero también algo semejante a la culpabilidad.

Porque en todos nosotros, incluidos Sarah Santaolalla y Hermann Tertsch, habita, en mayor o menor medida, un José Luis Torrente infame, inevitable y humanísimo.

Mis padres escondieron el VHS de Torrente I en una alacena, proscrita del mueble donde guardaban el resto de películas. Yo la tenía perfectamente localizada y, cuando estos salían de casa, la veía en secreto sin excesiva dificultad. Sabedores de mi afición al personaje, se dieron por vencidos muy gustosamente y, en 2001, cuando se estrenó Torrente 2: Misión en Marbella, fuimos en familia al cine. No los he visto reír tanto con otra película. Rotundos lagrimones brotaban de sus ojos cuando Cuco, el personaje de Gabino Diego, estampaba un coche contra una farola, o cuando a Jesús Bonilla le daba un patatús tras enterarse de que su mujer, en vez de estar cosiendo con unas monjas, era puta: “Puta, pero reputa. Ahora, de las buenas. No vea usted cómo la chupa”.

No miento cuando digo que habré visto Torrente 2 más de veinte veces en toda mi vida. Mis mejores amigos pueden acreditar que me sé algunos pasajes de memoria. Todos tenemos nuestras perversiones, en fin.

El pasado sábado, Segura publicó en sus redes sociales un tíser, o como se diga, en el que aparecían algunos adjetivos empleados por la crítica, sea lo que sea la crítica, para calificar entregas anteriores –“soez”, “zafia”, “mal escrita y peor dirigida”, etcétera–, y anunciar Torrente presidente, que verá la luz “sólo en cines” el 13 de marzo, y cuyas entradas saldrán a la venta un mes antes. Hace un par de meses, en El Hormiguero, se negó a hablar de su nueva criatura: “No quiero hacer ni tráiler, ni cartel ni nada”. El cineasta me recordó a Lenny Belardo, el maravilloso Papa de Sorrentino encarnado por Jude Law. En uno de los primeros capítulos de The Young Pope, la jefa de marketing le propone al pontífice ficticio ser un escaparate andante, y este invoca a Salinger, a Kubrick, a Banksy y a Daft Punk, los más “importantes” en sus respectivas áreas, que tienen en común una cosa: ninguno de ellos ha sido visto antes. “Esta hay que verla”, dijo Segura ante Pablo Motos. Pues eso.

No veo la hora de que llegue el 13 de marzo. Aguardo la fecha como las cazadoras de rebajas ansían el 7 de enero. Veré Torrente presidente pasando de filtraciones, vacunado de indignaciones neuróticas de pitiminí, con el espíritu presto a la risa y la curiosidad morbosa y catártica de encontrar símiles con la realidad nuestra. Porque, ya digo, estimado lector: amén de en Ábalos, Ayuso o Rufián, en usted también habita un José Luis Torrente, y cuanto más lo niegue, mayor es. Hágame caso y celébrelo. Y recuerde, con Max Estrella, que las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

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