Con la llegada del invierno, la escena se repite en hogares y oficinas. Mientras unas personas piden subir la calefacción, otras aseguran que la temperatura es más que suficiente. Esta discrepancia cotidiana tiene una explicación científica. Según diversos especialistas, las mujeres tienen más frío que los hombres no por una cuestión subjetiva, sino por diferencias biológicas que influyen directamente en la forma en la que el cuerpo regula el calor.
El enfermero Jorge Ángel ha explicado recientemente en redes sociales por qué las mujeres tienen más frío que los hombres, desmontando la idea de que se trate de una simple manía o de una menor tolerancia al frío. La clave está en cómo funciona el organismo y en los mecanismos fisiológicos que intervienen en la regulación térmica.
Diferencias corporales que explican por qué las mujeres tienen más frío que los hombres
Uno de los factores principales que explican por qué las mujeres tienen más frío que los hombres es la composición corporal. De forma general, los hombres suelen tener una mayor proporción de masa muscular, mientras que el cuerpo femenino presenta un mayor porcentaje de tejido graso.
La masa muscular genera calor de manera constante, incluso cuando el cuerpo está en reposo. Este metabolismo más activo permite mantener una temperatura corporal más elevada. Por eso, quienes tienen más músculo tienden a conservar mejor el calor y a notar menos el frío ambiental.
El papel del tejido graso en la sensación térmica
Aunque pueda parecer contradictorio, el hecho de que las mujeres tengan más grasa corporal también explica por qué las mujeres tienen más frío que los hombres. La grasa actúa como un aislante natural que protege los órganos vitales, pero esa protección tiene un efecto secundario.
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El calor se conserva principalmente en el núcleo del cuerpo, dejando en segundo plano las extremidades. Manos y pies se enfrían antes, lo que intensifica la sensación de frío periférico. De ahí que muchas mujeres sientan frío en dedos, pies o nariz incluso cuando la temperatura general no es especialmente baja.
Las hormonas y la circulación sanguínea
Más allá de la estructura corporal, las hormonas desempeñan un papel clave en por qué las mujeres tienen más frío que los hombres. Los estrógenos, predominantes en el organismo femenino, influyen en la circulación sanguínea y en la respuesta del cuerpo ante el frío.
Estas hormonas favorecen una vasoconstricción más rápida en zonas como manos, pies, orejas o nariz cuando baja la temperatura. Este mecanismo reduce la pérdida de calor en los órganos esenciales, pero provoca que las extremidades se enfríen con mayor facilidad, aumentando la percepción de frío.
Un mecanismo de protección, no una desventaja
Desde el punto de vista evolutivo, el hecho de que las mujeres tienen más frío que los hombres responde a un sistema de protección muy eficaz. El cuerpo prioriza el mantenimiento de la temperatura en órganos vitales, aunque eso implique sacrificar el confort térmico en otras zonas.

Este diseño biológico explica por qué muchas mujeres recurren a capas extra de ropa, guantes o calcetines gruesos incluso dentro de casa durante el invierno. No es una exageración, sino una respuesta natural del organismo.
¿Por qué el frío se nota más en oficinas y espacios cerrados?
La explicación de por qué las mujeres tienen más frío que los hombres también ayuda a entender los conflictos habituales en espacios compartidos. Muchas oficinas mantienen temperaturas pensadas para cuerpos con mayor masa muscular, lo que deja a parte de la población en una situación de incomodidad térmica.
Diversos estudios han señalado que los estándares de climatización se basan en modelos masculinos, lo que refuerza la sensación de frío en mujeres durante los meses de invierno, incluso cuando la calefacción está encendida.
No es percepción, es biología
Los especialistas insisten en que sentir más frío no es una cuestión psicológica. Que las mujeres tienen más frío que los hombres es una realidad respaldada por la fisiología, la composición corporal y la influencia hormonal.

Comprender estas diferencias permite relativizar debates cotidianos y adaptar mejor los espacios compartidos. Al final, no se trata de quién tiene razón al subir o bajar la calefacción, sino de reconocer que el cuerpo no responde igual en todas las personas.
