Ayer vi “Hamnet” en la última sesión de un cine, el único momento para el que quedaban butacas libres. Había leído la novela en su momento, conmovida no solo por la potencia del duelo que narra (en los últimos años han surgido varias novelas sobre el tema, muchas de ellas inolvidables) sino también por la forma en la que la autora, Maggie O’Farrell, aborda la novela histórica, muy acorde a cómo yo la concibo. La película, ya lo sabemos, es siempre otra cosa: música, y fotografía, y actores que se desgarran, que enamoran o que estorban en la imagen mental ya creada. Aquí Agnes (la conocíamos como Anne, según las crónicas) encarna más emoción y menos magia, es más madre y menos animal de carga.
A partir de ahí, la película se instala en una aspereza deliberada. La vida rural en un paisaje amable, casi idílico, encadena una sucesión de trabajos físicos, de cuerpos exhaustos, de partos repetidos y de una economía doméstica sostenida con el huerto y el corral, las manos y la costumbre. La cámara insiste en lo elemental —la tierra, los animales, la sangre— como si quisiera recordarnos que la historia, antes de ser literatura, fue siempre materia.
Esa materialidad atraviesa el retrato de las mujeres. Siempre embarazadas, siempre criando, abordan la vida con una mezcla de saber, de rivalidad y resignación. Los conocimientos botánicos de Agnes, tan centrales en la novela, aquí pierden parte de su aura mágica para convertirse en algo más incómodo y más verdadero: conocimiento práctico, oral, adquirido por necesidad. Saber qué planta calma un dolor o baja una fiebre la convierte menos en hechicera, que en una enfermera imprescindible.
La educación de las hijas se mueve en ese mismo territorio ambiguo. No hay acceso a una formación reglada, no hay posibilidad real de ascenso intelectual. Hay transmisión oral, observación, pedagogía de lo cotidiano. La falta de formación femenina no es una carencia individual, sino estructural, y la película la sugiere con claridad, aunque sin subrayados. Imposible no pensar en Virginia Woolf y en aquella hipotética hermana de Shakespeare: igual de dotada, igual de sensible, condenada al silencio por no haber nacido hombre.
Es cierto que hablamos de dos caracteres completamente opuestos —el hijo del guantero, con un don excepcional y la hija de la bruja, con otras cualidades igualmente excepcionales— pero nada, nunca, hubiera colocado a Agnes en la posición de convertirse en escritora. No carece de inteligencia o de mundo interior, pero porque su talento no solo no es el que el sistema reconoce sino que se encuentra en el mismo límite de la condena. Él puede marcharse, probar fortuna, fracasar y volver a intentarlo. Ella no lo desea: pero ni siquiera hubiera podido contemplar esa posibilidad.
La película toma una decisión clara respecto al marido. Pasa de puntillas por su marcha, le concede una dulzura y un espacio que la novela no le daba, quizás más tolerable para el público general que la versión escrita. El hombre de la pantalla es más comprensivo, más tierno, casi disculpable. Su ambición aparece como algo natural, incluso necesario. La distancia con Agnes se suaviza, se vuelve melancólica, menos hiriente que en el texto de O’Farrell.
Al reducir el conflicto conyugal, la película desplaza el foco hacia otra fractura más profunda: la imposibilidad de conciliar dos formas radicalmente distintas de estar en el mundo. En el de Agnes solo se admite aquello que es libre y salvaje, incluso con el precio exigido del dolor y la pérdida. No hay términos medios. Por eso no cabe su marido en él; por eso solo caben sus sueños, su talento brutal, su ambición no menos brutal. Agnes no domestica la vida, la acepta en su violencia. Él, en cambio, necesita ordenarla, convertirla en palabras, darle forma.
El duelo ocupa el centro emocional del film, pero no hay en él aprendizaje redención. La muerte del hijo no transforma a los personajes en versiones mejores . Los quiebra, los destroza, los aleja. El dolor no se sublima: se repite, se enquista, se vuelve cotidiano. “Hamnet” no ofrece una promesa de sentido o de consuelo, solo la necesidad de seguir respirando.
Quizá por eso la película resulta incómoda. No idealiza el pasado ni embellece la pobreza. Tampoco convierte a Agnes en heroína ni en mártir. La muestra intensa, contradictoria, a ratos áspera. Antipática, cansada. Le devuelve un cuerpo cansado, una maternidad feroz, una inteligencia sin recompensa. La novela resultaba dolorosa, pero deslizaba la daga y el veneno entre la poesía. En la película no tenemos dónde escondernos.
“Hamnet” ofrece, entre otras muchas cosas, una metáfora de la distancia que existe entre lo telúrico y la manera en la que intentamos domesticarlo. Entre la tierra y la palabra. Entre quienes sostienen la vida y quienes la transforman en relato. Y ahora que las mujeres podemos, por fin, ser ambas cosas ¿qué deseamos contar?
